Mis amigos estallaron de júbilo y alzaron los brazos en señal de victoria. Sólo quedaba revisar que no perdíamos carburante y que todo estaba en correcto funcionamiento. Todo menos los instrumentos que habían fallado en el viaje de ida, claro.
Quise probar la radio pero al momento de accionar el interruptor me detuve, porque algo me decía que no debía intentarlo. Caí por primera vez que seguramente nos habían dado por desaparecidos después de haber cometido graves irregularidades en el aeropuerto de Granada. Pensé que la única opción que tenía de salvar el pellejo y la licencia, era simular que la radio no funcionaba, porque no contesté a ninguno de los requerimientos que me hizo la torre el día del despegue temerario. De momento, no la utilicé y me reservé la opción de desconectarla antes de salir, para tener una excusa a la vuelta.
El motor estaba sorprendentemente intacto y sonaba suave. Quedaban un par de horas de sol y tocaba volver. Mis acompañantes estaban impacientes pero les advertí que al día siguiente deberíamos volver allí mismo para reparar el ala. Así que dejamos todo preparado para volver al día siguiente y acabar el trabajo. Antes de partir hacia Tizi Lahij observé los alrededores para dar con la posibilidad de un tramo horizontal para despegar. La zona donde estábamos no era de arena fina sino todo lo contrario, más bien dura y seca, aunque irregular. Si con aquel firme encontrábamos un tramo horizontal de doscientos metros habría muchas posibilidades de despegar.
El retorno a Tizi Lahij se me hizo muy pesado y sólo deseaba llegar para descansar. Ignoraba cómo le había ido a Toni dado que no teníamos con qué comunicarnos: los móviles habían agotado sus baterías y desconocía si allí había cobertura. Y desconocía cómo estaría Omar, pero mi optimismo andaluz no me permitía pensar que hubiera ido mal, sino que estaría como un roble, sí, como un carnerito recién salido de la panza de su madre. Le dí muchas vueltas durante el trayecto de vuelta al hecho de reparar las alas al día siguiente pues íbamos de chapuza en chapuza: ahora cambio un corazón en medio del desierto, ahora parcheo un ala y volvemos a volar. Sin duda los hados estaban de nuestra parte y eso me permitió reflexionar si también estaban de la parte de la gente de Tizi Lahij porque, aunque les había caído de la nada un corazón necesario para su líder, el recuerdo de sus casas, sus construcciones endebles, sus callejas o sus tiendas de campaña en medio del sinsentido de la dureza del desierto abatían mis pensamientos. Tampoco podía olvidar a Kamal, el lugarteniente, el segundo de a bordo, la persona que seguramente entraría en guerra por salvaguardar su territorio, a su gente y, sobre todo, a su príncipe.
Cuando finalmente llegamos, encontré a Toni en la choza y lo vi muy tranquilo y relajado, sentado contra la pared y con un batiburrillo de papeles y le inquirí que qué era todo aquello:
- Datos que he ido apuntando de la evolución de Omar
- Y, ¿bien?- apremié un tanto impaciente.
- ¡Oh! Está bien- contestó sin mirarme.- Está condenadamente bien. Aún no me creo que esté saliendo de esta. No sé si será la raza, el calor, la sequedad o qué, pero no salgo de mi asombro. Y ¿el avión?
- Necesitaremos otro pequeño milagro a base de chapucillas, ya sabes. Hemos arreglado la hélice y el motor arranca, aunque le ha costado. Ahora falta arreglar un ala, pero creo que volará, siempre y cuando encontremos un lugar más o menos llano para el recorrido. Si vuela, iremos directamente a la costa y la bordearemos hasta encontrar alguna ciudad donde aterrizar. Allí ya haremos los arreglos definitivos.
- Bueno –objetó Toni-, preferiría aterrizar en España.
Lo miré con aire de interrogación esperando alguna explicación adicional. Pero no la obtuve. ¿Cómo iba a tenerla con aquel genio descastado? Cambié de tema.
- No utilizaremos la radio. Incluso igual la estropearemos.
- Y ¿eso? –preguntó Toni.
- Tengo que inventarme alguna excusa para cuando volvamos. Recuerda que saboteamos el despegue de aquel Boeing, no hicimos caso de la torre y, en fin, nos saltamos todas las reglas habidas y por haber. Seguramente me retirarán la licencia, pero si pudiésemos demostrar que la radio no funcionaba...
- Por mi, vale –contestó volviendo a sus papeles. Era la típica reacción de Toni cuando no le interesaba hablar de un tema. Monosílabos o frases cortas.
Decidí distraerme con alguna cosa hasta que llegara el momento de cenar; aunque aquel era un pueblo poco favorecido, no tenía ninguna duda de que cenaríamos. Así que me di una vuelta por él para acabar de concretar con mis compañeros de Tizi Lahij la salida al avión el día siguiente. Por descontado, no encontré ninguna objeción y la gente estaba dispuesta a colaborar e, incluso, me mostraron el porexpán que tenían, procedentes del embalaje de algún electrodoméstico, misterio que al final de esta aventura quedó por resolver, porque no vi ningún atisbo de que la tecnología hubiera llegado a Tizi Lahij. Me pareció que alguno de aquellos trozos provenía de alguna televisión plana, pero no indagué más. Sólo me interesaba rellenar el quiebro del ala como fuera e irme de allí.
*- * - * - *
Rellenar el ala del avión nos llevó más tiempo del que había calculado pero el pegote quedó bien. Introdujimos el porexpán muy apretado y luego inyectamos una cola policarbonatada exterior para evitar fugas de bolitas blancas durante el vuelo. No me arriesgué a hacer una prueba pero sabía que iba a funcionar: aviones con menos recursos lo hacían a diario. Eso sí, finalmente aplicamos la cinta aislante porque uno de aquellos hombres me la tendía desde que comenzamos la reparación y la apliqué de una manera que pareció muy concienzuda y que de ella dependería el vuelo final.
Una vez reparado el ala les pedí a mis ayudantes que aguardaran para el trabajo más duro: desplazar el avión hasta un punto de despegue que nos diera un recorrido de bastantes metros. “Mi gozo en un pozo”, pensé cuando vi los ansiados doscientos metros que necesitaba, llenos de baches y socavones. Me dijeron que no encontraría nada mejor y que para ellos, aquél era un buen terreno para despegar, siempre con una sonrisa en la boca que mostraba sus irregulares dentaduras.
“Nos la jugaremos”, me dije a mí mismo. Así que dispuse a los hombres para empujar la Cessna hasta el inicio de esa pista irregular e improvisada. Y nos costó mucho trabajo y sudor. Una vez en su sitio, la frené y la falqué, no fuera que una tormenta del desierto la dejara otra vez en el lugar del accidente.
Listos. Pensé que si Omar evolucionaba favorablemente, quizá nos pudiésemos ir al día siguiente. Así que les dije que si eso era así, que los necesitaríamos de nuevo para llegar al avión a eso de las nueve de la mañana. Aunque yo ya conocía el camino, no quería arriesgarme a que las dunas cambiaran sus formas caprichosamente y nos perdiéramos en el desierto y aquellos hombres seguro que tenían claro cómo llegar hasta la Cessna.
*- * - * - *
- A las nueve me parece perfecto –contestó Toni a mi propuesta, ya en la choza.
- Nos acompañarán unos cuantos efectivos con camellos –intervine para aclararle que no podríamos demorarnos mucho –aunque yo pueda conocer el camino, será más seguro.
- Sí –me dijo sin mirarme.
Sus miradas perdidas, al horizonte o a una pared, a sus pies o sus manos me creaban destemplanza y desasosiego. Así que le indiqué que iría a despedirme de Omar si estaba para visitas.
- Puedes ir –contestó en una de sus frases minimalistas.
Desconocía si estaba preocupado o acongojado, pero era su estado natural, sobre todo en aquellos días en el poblado.
Pasé a ver a Omar que, aunque tenía aspecto macilento, sonreía, como la mayoría de la gente de Tizi Lahij. Intercambiamos palabra amables y le deseé que se recuperase pronto, de todo corazón, nunca mejor dicho.
Él me dijo que las palmeras que arreciaban contra el hospital, las más bonitas que había visto, a lo que yo estaba de acuerdo, le darían fuerza suficiente para tomar las riendas de los Tuareg. Yo le contesté que sí pero que la fuerza fundamental le llegaría del “omar”, palabra catalana que en castellano traducían como “olmedo”, árbol muy erradicado en Europa pero también de hermosa belleza y que, sin duda, también le acompañaría como símbolo toda su vida.
- Gracias –susurró Omar en las primeras palabras en castellano que oí en la aldea que no provinieran de Toni o de mí –pero la palmera late.
Me quedé pensativo mirando por el estrecho ventanuco desde el que se percibía la caída de algunos de los ramales de las palmeras que teníamos encima. “El latido de la palmera”, me dije, mientras me despedía agitando la mano y salía de allí sonriente. Aquel extraño juego de palabras sobre los olmedos lo había aprendido de mi amigo, “el catalán”. Me alejé satisfecho de acabar con los deberes hechos y me dirigí a cenar con la gente de Tizi Lahij y con Toni, la que sería nuestra última cena allí, que debería ser de despedida de toda aquella gente que, sin tener nada, nos lo dieron todo. A las nueve de la mañana del día siguiente, partiríamos hacia España, si es que la encontrábamos.
Después de la cena, donde se repartieron sonrisas y palabras amables en torno nuestro, llegamos a la choza donde estaban nuestras pertenencias y noté que todo estaba perfectamente recogido para nuestra partida. Toni se había apresurado para dejar todo listo. Me alegré pensando que él también tenía ganas de volver y los pequeños destellos de ilusión que podía mostrar mi amigo, en cuentagotas, eso sí, me daban la esperanza que algún día volviera a ser aquel joven activo y dicharachero que conocí y que ahora era una sombra en pena, encogido y con muchos miedos.
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lunes, 22 de febrero de 2010
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Volará el avión con un ala rellena de porexpán y un trozo de celo....? Sobrevivirá un joven con un corazón patchworkeado en medio del desierto...? Hay que creer en los milagros!
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