Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

martes, 23 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 018

Acurrucado como estaba y durmiendo profundamente noté que algo o alguien me mecía. Abrí los ojos y volví a cerrarlos. Pero los empellones seguían. Abrí de nuevo los ojos al escuchar mi nombre.

- Orozco, Orozco. Que nos vamos ya.

Cuando caí en la cuenta que mi amigo intentaba despertarme vi que aún era de noche y me pareció que era muy pronto para levantarse del catre. Él estaba vestido y calzado para la marcha.

- Pero, ¿qué hora es? ¿No nos íbamos a las nueve? Es de noche aún...
- No, es un poco antes. Vamos. Levántate. Nos vamos ya.
- ¿Ya? Pero si ellos no estarán listos hasta las nueve –me refería a nuestros acompañantes.
- No nos hacen falta. Tú sabes el camino, has ido un par de veces y no ha habido tormenta del desierto. No habrán cambiado las dunas ni nada de eso –me replicó no sin cierto desasosiego en sus ojos, pero sin mirarme directamente a la cara.
- Y ¿a qué tanta prisa? –exigí saber.
- Creo que es mejor. No sabemos dónde estamos y no quiero contratiempos. No sé cómo despertará Omar y no quisiera estar aquí si algo va mal.
- Pues no me parece correcto, chico –contesté-. Según me dijiste, evolucionaba favorablemente...
- Oh, sí. Eso era cierto. Pero como cualquier trasplante, hay muchas posibilidades de rechazo y, si lo hay, deberá medicarse y aquí no tenemos nada. ¿Entiendes que sólo un milagro lo salvará? Lo único que puedo prometerte es que volveremos con medicinas para tratarlo. ¿Te parece bien?

Desconocía si debía creerle o no. No entendía esa actitud tan apremiante pero había adquirido un compromiso conmigo y supuse que iba a cumplirlo.

- Ea, pues. Si tanta prisa tienes... Pero no llevamos ni camellos.
- Sí, sí que tengo camellos. Lo tengo previsto.
- ¿Previsto? ¿Lo tenías planeado? ¿Dejaremos los camellos tirados en el desierto una vez nos vayamos?

Dejó pasar unos segundos meditando su respuesta pero sin mirarme aún en la cara.

- Bueno, siempre será mejor que queden unos camellos tirados que no nosotros en esta aldea. Y creo, Orozco, viejo amigo, que debemos salir de aquí pitando.

Accedí, como siempre hago en tales discusiones sin alcanzar qué íbamos a ganar saliendo antes. Recogí mis bártulos y le seguí calle abajo.

- Para salir en dirección al avión hay que ir en la otra dirección, Toni –aseguré sin acertar a entender a qué iba tan decidido.
- Antes, tenemos que despedirnos de alguien. No nos iremos a la francesa.
- Ah –supuse-, de Omar, claro.

Pero tampoco se dirigió hacia Las Palmeras, sino que se situó delante de una especie de vivienda que despedía un pobre alumbrado y combinaba la construcción de ladrillo con adobe. La única ventana no tenía ni cristal ni cortinas.

- Vamos, entra conmigo –me pidió

No estaba dispuesto a seguir discutiendo, así que entré con él. Aquel edificio era una mezquita y su interior estaba más cuidado que la fachada exterior. No era muy amplia, pero al fondo se alzaba una fuente y en un lateral una celosía cubría lo que podría ser una estancia para mujeres. Una alfombra de color hueso cubría buena parte del reclinatorio y allí había un hombre al que no identifiqué a la primera. Nos quedamos quietos al traspasar la entrada. Una imponente cimitarra descansaba a nuestra izquierda. El hombre estaba arrodillado y las palmas de sus manos en el suelo, la cabeza gacha. Al momento, aunque sólo lo veía de espaldas, identifiqué de quién se trataba. Era Kamal. Estaba con los primeros rezos de madrugada. No me pareció adecuado interrumpirle sus oraciones para despedirnos y creía que podíamos esperar a que acabara. Así se lo iba a comunicar a mi amigo cuando un cimbreo, un sonido igual al de una espada al desenvainar acudió a mi lado. ¡Zinnnnnng! Toni se había hecho con la cimitarra.

Tras ese sonido, Kamal alzó la cabeza pero no se volvió para saber quién estaba allí con él. Mantuvo la mirada al frente. Sabía perfectamente que éramos nosotros. Toni se dirigió decididamente hacia él y yo, que no acertaba a comprender nada, le seguí e intenté detenerle.

- Alto, Toni. ¿Qué crees que vas a hacer? –intervine.

Toni hizo caso omiso y a dos metros de aquel hombre se dirigió a él con un tono de voz amenazador:

- ¡Tú! Levanta. Te vienes con nosotros.

Kamal se volvió lentamente y alzó las manos en señal inequívoca de no querer entrar a luchar. Su cara, triste, denotaba que sabía que aquello iba a suceder. Intenté por todos los medios hacer cambiar de opinión a Toni, al que veía muy decidido y envalentonado.

- ¡Toni! –le grité –Te estás equivocando.

Él se volvió hacia mi blandiendo la imponente espada y su cara de niño mono y permanentemente preocupado mostraba, con sus ojos salidos y su mentón temblando, una esfinge que no supe interpretar si era de miedo o de locura.

- No te metas, amigo. No te metas –me dijo en un tono de voz muy bajo apuntando el arma a escasamente un palmo de mis narices. La miré pero no quise demostrarle temor.
- Tranquilo, viejo amigo. Tranquilo –le contesté viendo que su faz era más próxima a la locura-. Pero no sé por qué quieres que nos acompañe.
- Porque él es nuestro corazón. Su corazón me pertenece y voy a llevárselo a Javier Bellver. Kamal destruyó mi HB-15, y ahora él se va a convertir en mi nuevo HB-15. Tengo algo que acabar y lo acabaré. Sin duda.

No pude menos que quedarme petrificado ante tal declaración. Decididamente, había perdido la chaveta. Kamal, medio arrodillado y con las manos en alto atendía y creo que entendía lo que estábamos hablando. En su cara, en cambio, no había rastro de temor.

- Vamos, levántate. Que te vienes con nosotros –le ordenó a Kamal. El Tuareg así lo hizo y quedó a expensas de las órdenes de Toni, al cual parecía entender en castellano.

Salimos los tres de la mezquita y atravesamos tres calles hasta dar con tres camellos que estaban apostados cerca de la zona donde estaban las tiendas donde conocimos a Kamal. Tuve la certeza que Toni tenía todo aquello pensado desde hacía tiempo. Deduje que durante los dos días que estuve reparando el avión él había ido de aquí para allá ultimando su descabellado plan. La lógica me decía que aquella locura no se llevaría a cabo. Era imposible que Toni llegase al hospital con un corazón aún palpitante en sus manos; y mucho menos podía imaginarme a Toni llegando con Kamal bajo el brazo y dando instrucciones: “A ver, quítenle el corazón a este hombre e implántenselo al crío...”. Pero no tenía muchas más opciones porque también temí por mi vida: un hombre con los cables definitivamente cruzados era capaz de muchas cosas y más en aquellos parajes. En mi opinión, debía seguirle la corriente como a cualquier loco y esperar a que se me apareciera la primera oportunidad.

Ya montados en los camellos salimos hacia el avión por el camino que durante dos días me había aprendido. Al cabo de treinta minutos, Toni decidió desatar a Kamal para acomodarle en el camello, y le dio agua. ¡Dios! Pensaba que lo trataría a patadas, pero no, Toni era inteligente y debía cuidar y mantener su presa en condiciones. Tras volver a su camello le abordé:

- Toni, esto que estamos haciendo sabes que no tiene futuro. Esto es un secuestro y aunque no sé qué leyes hay en este territorio, si es que hay leyes, no me quiero imaginar cuando aparezcamos en España. Allí debe haber una búsqueda intensa de nuestro avión y, para cuando lo encuentren, nos estará esperando la Guardia Civil para apresarnos. ¿Es que no recuerdas lo que hicimos en el aeropuerto de Granada? Se preguntarán que qué hacemos con Kamal. ¿Qué piensas decirles?

Él se quedó pensativo mirando fijamente al frente.

- Ya improvisamos en España. Podremos hacerlo ahora.
- ¡Podremos hacerlo ahora! Él –dije, refiriéndome a Kamal- no es el culpable de toda esta historia. ¡Joder! ¿Es que no lo ves? Fui yo quien me fui de la lengua hablando con ellos diciéndoles lo que llevábamos encima y para qué era –declaré-. Utilízame a mí si quieres.

Aunque ofrecería toda mi resistencia a tal argumento, debía encontrar la manera hábil de ablandarle y hacerle dudar. Pero no lo conseguí.

Maldije cien veces haber dejado el avión reparado y preparado en aquella pista de despegue improvisada más cercana a una montaña rusa loca. Maldije cien veces porque acerté a ver que, en contra de cualquier previsión, todo funcionaría y despegaríamos, cuando lo que realmente me interesaba era que algo fallase. Pero si no fallaba nada, no podría disimular una avería. Toni no era estúpido. El estúpido era yo, que me había jugado mi futuro saliendo de Granada en medio de aquel huracán al hacerle caso.

Llegamos a las dos horas al lugar del avión. Toni descabalgó y observó la Cessna con cierta satisfacción. Su plan iba evolucionando según lo previsto.

- ¿Hay algo de ropa allí dentro? –preguntó sin mirarme.
- ¿Para qué la quieres? –inquirí sabiendo de antemano la respuesta.
- Para él.
- Sí, hay algo.

Obviamente Toni no quería que Kamal apareciese por España disfrazado de Tuareg. Eso aún provocaría más preguntas porque con su planta y aspecto despertaría muchas inquietudes.

Rebusqué y encontré algo de ropa que yo utilizaba cuando me desplazaba. En ocasiones salía con amigos en los lugares de destino y me cambiaba por algo más de vestir que lo que utilizaba habitualmente para volar. Una camisa sin cuello de finas y discretas rallas, y un pantalón claro de algodón. Supliqué que no fuera de la medida de Kamal, para poner más trabas, pero le quedaba que ni al pelo. La ropa era ancha, como a mi me gustaba y en su corpachón le quedó perfecto aunque quizá el pantalón necesitara algún centímetro más de largo. Kamal se extrajo el turbante y allí apareció un hombre realmente guapo, con ojos ligeramente rasgados y tez algo oscura por el sol. Una nariz grande, aguileña y de trazos afilados. Era la esfinge del guerrero. La faz del Señor Tuareg, al que no se le apreciaba atemorizado aunque sí sumiso. ¿Creía realmente que había perdido una batalla? Quizá algo más. La guerra, por descontado, no. Omar yacía a dos horas de allí en un desahuciado hospital pendiente su vida de un hilo pero, aunque Toni mencionara los rechazos, yo tenía una fe ciega en que iba a salir adelante y que se convertiría en el rey de aquella tribu.

Por mucho que deseaba que algo saliera mal para no poder partir de allí con Kamal, hice un alto para revisar el motor de la Cessna, paso obligado antes de cualquier vuelo. Estaba, como era de esperar, en perfecto estado. Claro, además lo había probado dos días antes. Pero me entretuve un rato a estudiar los cableados interiores por tal de descubrir un recoveco de difícil acceso donde poder averiar la radio. Y lo encontré, un poco alejado de la tapa del motor. Así que lo reseguí hasta que mis manos se perdieron de mi vista: había un pequeño tramo de cable que se alcanzaba con una simple ojeada, pero en el que mis manos podían operar. Corté el cable en cuestión con una pequeña navaja que llevaba siempre encima. Tragué saliva ante el temor de que me hubiera equivocado y reseguí el cable de nuevo desde el tramo visible. Pero no me había equivocado. La radio no iba a recibir corriente del alternador y por tanto, si llegábamos vivos, tendría una excusa para salvar mi licencia de piloto.

Entramos los tres en la avioneta y Toni volvió a atar a Kamal detrás de los asientos. No había mucho espacio, pero podía ir sentado, sin cinturón, eso sí. Confié en que el vuelo transcurriera sin turbulencias y me tranquilicé al pensar que ligado así, tampoco tendríamos turbulencias dentro de la aeronave.

Todos acomodados. Estudié el panel y comencé el proceso de arranque –el ritual, le llamaba yo-. La Cessna arrancó a la primera. Ahora venía lo importante: despegar de allí. Que no tuviéramos altímetro ni GPS, además de la radio que me había cargado, y con un ala en precarias condiciones y una hélice que no sabíamos si saldría despedida tras el primer temblor, no era tan importante como encarar aquel terreno yermo, desnivelado y con trampas ocultas al acecho.

Cuando el avión empezó a desplazarse todo en su interior se estremeció. Pasamos por innumerables socavones y agarré con fuerza los mandos. Los flaps estaban a tope para iniciar el vuelo cuanto antes y, a unos cien metros, la Cessna se despegó del suelo. Esperé no volver a contactar porque no sabía cómo respondería el avión, pero eso, sencillamente no ocurrió. Fuimos ascendiendo poco a poco, sin forzar la máquina y me concentré en buscar el mar, que no podría estar demasiado lejos. Lo encontré al poco, a nuestra derecha y me esforcé en seguir la línea de la costa hasta encontrar alguna población que me sonara, como Melilla, por ejemplo, lo cual nos demostraría que el huracán nos había llevado muy lejos.

El sol bañaba por completo el habitáculo y el día se presentaba inmejorable, presentando un cielo límpido y sin una brizna de viento que nos pudiera entorpecer nuestro avance.

Tal como había previsto, divisamos Melilla al poco y evitamos sobrevolarla decidiendo bordear el Cabo de Tres Forcas por temor a extraviarnos si atravesábamos la península del mismo nombre. Eso nos haría perder un poco de tiempo, pero nos aseguraríamos de que no nos interceptase nadie.

Después de tres horas de vuelo divisamos Ceuta y decidí atravesar el canal, no sin antes consultar a mi amigo-secuestrador si estaba de acuerdo.

- Valdría la pena pasar y dirigirnos a Granada. Conozco un aeródromo no controlado y poco vigilado y podríamos parar, poner algo de carburante y revisar las heridas de la Cessna.
- Como quieras –respondió sin dejar de mirar al frente y manteniendo la cimitarra entre las piernas y con la punta hacia abajo, esperando yo que no agujerease un poco más la avioneta.
- Además sé de un paso en el que no creo que ningún controlador aéreo se meta con nosotros.

Él ya no contestó más y me afané en dejar los parámetros del piloto automático para ocuparme un momento del rehén que llevábamos al fondo. Toni me siguió con la mirada para asegurarse de que no lo desataba. Le dí agua y Kamal trasegó sediento mientras un hilillo le caía por la comisura de la boca. Me miró entre sorprendido y agradecido. Aquello que estábamos haciendo era delito y no quería agravar la situación aunque, claro, la cimitarra que portaba Toni podría hacerme cambiar de opinión en cualquier momento.

Todo –menos lo de Kamal- estaba saliendo a pedir de boca y al cabo de un buen rato nos acercamos al aeródromo en cuestión. De hecho, más que un aeródromo, era una pista mal asfaltada y mal mantenida, un par de hangares en mal estado y un cobertizo que en algún tiempo haría las veces de improvisada torre de control pero que, ahora, estaba olvidada al abandono. Ya había utilizado esas instalaciones hacía años, cuando recién sacado el título de piloto realicé unas cuantas prácticas con un amigo. El aspecto era fantasmal y me recordaba a los pueblos abandonados del medio oeste americano. Sólo faltaban las bolas del desierto por allí rodando, pero no habían. Seguramente el último huracán se las había llevado.

Tomamos pista y las sombras de la Cessna se alargaban, lo que me indicaba que estaba cayendo el sol. Estaba cansado y aunque no controlaba el tiempo, sabía que habíamos pasado horas volando. Llevé la avioneta a la parte trasera de uno de los hangares para pasar lo más desapercibido posible. Sabía que los hangares aún eran utilizados y que seguramente encontraríamos algo de carburante en unos bidones que allí se guardaban; cuando iba con los amigos, allí medio llenábamos los depósitos para ir a volar a algún sitio. Quizá aún quedase.

2 comentarios:

  1. Vaya con el Toni, me esperaba alguna maniobra dado su caracter obsesivo, pero no que se llevara un corazón con piernas...a ver donde nos lleva el asunto.

    Miguel de Cervantes Saavedra

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  2. No sé que comentar.... me he quedado sin palabras.... se salvará el nuevo HB-15? Se salvará el pobre Omar?

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