Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 016

A las dos horas, más o menos, vino Talil a buscarnos. Bueno, de hecho, venía a buscar a Toni para llevar a cabo una revisión de Omar y aquél me dijo que no hacía falta que les acompañara. Me ofrecí por si necesitaban algo, que me avisaran. Volvieron pronto y el único comentario de Toni fue un conciso “va bien”.

Talil se acercó y me dijo que nos esperaban esa misma noche para cenar, que habían preparado algo especial y que Kamal deseaba que lo compartiéramos con ellos. Tal ofrecimiento, siendo como éramos perros infieles, me pareció una manera interesante de agasajarnos, dado que nosotros no sabíamos si Omar sobreviviría la chapuza que le hicimos, pero ellos tampoco, y en tales circunstancias creí que el trato previo que teníamos con ellos iba adelante. Sólo anhelaba encontrarme la Cessna en buenas condiciones, con el tren de aterrizaje en buen estado y con el depósito de carburante intacto. La segunda parte de esto, una vez el avión en condiciones, era rezar por encontrar un espacio suficiente para despegar. Eso ya sería un segundo milagro. El primero era que Omar superara las cuarenta y ocho horas.

Entrada ya la noche nos dirigieron a la zona de las tiendas donde conocimos a Kamal, en el extrarradio de Tizi Lahij. Allí habían montado jaimas alrededor de un fuego donde estaban asando un cordero, a fuego lento. Unos hombres tocaban en el laud algunas notas que se me antojaban sin ningún tipo de compás, tal como recordaba haber oído en Marrakech. Toni y yo nos situamos –nos situaron- al lado de Kamal que nos ofreció unas vasijas con algún tipo de vino de la tierra. Igual era de importación, pero a mi me daba igual, porque creía que estábamos de celebración y era una ocasión inmejorable para catar aquel licor, por extraño que fuera.

Era té. Olvidé que el té era una bebida nacional en muchos lugares del mundo árabe. Ni por asomo podría ser vino. Y menos, de importación.

Toni actuaba como un autómata. Se bebió el té. Cuando le dijeron que comiera, comió. Cuando le dijeron que mirara las estrellas, oteó el horizonte. Parecía tan hipnotizado que si le hubieran dicho de bailar una sardana, lo habría hecho. Noté que su mente estaba en otro sitio, quizá implorando a su dios que el tal Javier Bellver tuviera, al menos, tanta suerte como nosotros, que nos libramos de una muerte segura en el avión, y que salvamos la vida de un príncipe porque llevábamos un corazón bajo el brazo en el momento oportuno. Quizá otro donante apareciera en su horizonte.

A todo esto, ya se sabe que los andaluces somos avispados y mi preocupación estaba ya centrada exclusivamente en el avión. Suponía que el Rocío o Lourdes, me era igual, se iban a hacer cargo de Omar y que salvaría el match-ball en el que se hallaba sumido. Así que introduje el tema a Kamal. Talil, que estaba en el lado opuesto, cómodamente repantigado en los cojines de la jaima se incorporó para escuchar. Les pregunté acerca de cómo y cuándo íbamos a tener preparado el grupo de hombres para ir a reparar el avión. Preguntado así, quedaba claro que nosotros ya habíamos cumplido con nuestra parte del trato y que esperábamos que ellos cumplieran la suya. Mientras tanto, Toni seguía con la mirada perdida hacia el desierto oscuro, que quedaba delimitado por un espacio donde aparecían las estrellas. Para mi sorpresa, porque aquel pueblo era un pueblo comerciante e imaginé que empezarían con los regateos, Kamal dijo que no habría problema; al día siguiente contaría con una docena de hombres, camellos y víveres para llevarnos a la zona del accidente y que pondrían a nuestra disposición herramientas que quizá podrían ayudarnos. Les pedí un par de cosas, por si las pudieran tener: tela vasta que podríamos utilizar si había algún ala maltrecha y cable o soga, para amarrar algún soporte de la misma, del tren o de la cola. Para mi sorpresa, dijeron que tendría lo que pedía. Creí entender que estaban agradecidos y llegué a considerar que si tenían un tesoro escondido, también nos los ofrecerían. Sólo esperé que no nos ofrecieran sus mujeres.

Llevábamos rato comentando y riendo cuando Toni se incorporó y dijo que iba a ver a Omar. No me pareció apropiado acompañarlo pues quizá nuestros anfitriones pudieran ver un acto de desconsideración, si aquella fiesta era en nuestro honor. Creí sufrir alguna especie de vértigo pensando en su vuelta. “Se ha complicado, está grave”. O “sufre convulsiones o espasmos”. Los minutos que iban a sucederse eran tensos para mí, mas no para Kamal y Talil y el resto de hombres y mujeres allí presentes, que estaban alegres porque su futuro se había recuperado con el corazón implantado a Omar. No podía poner en duda la profesionalidad desplegada por Toni en todo este asunto aunque al principio se resistiera. Pero un atisbo de duda me corroía pensando si Toni, a modo de venganza había optado por no ser tan profesional y hubiera dejado a Omar a merced de su destino, o si no había sido tan profesional en el procedimiento del trasplante. En unos instantes, apareció de nuevo.

- Va bien. Aunque su estado es crítico, está estable –dijo.

“¿Aún estaba crítico?”, pensé. Quería ser optimista no a cada hora, sino a cada minuto que pasaba sin que Omar sufriese convulsiones y sin sacar espuma por la boca. ¿Por qué tenía que estar crítico?

- La noche va a ser larga, Orozco, y mañana has de madrugar para ir a ver el avión –mencionó.
- ¿Es que no vas a venir? –inquirí preocupado.
- No puedo. Omar tiene que estar vigilado. Me quedaré por aquí haciendo turismo e iré a verle cada dos horas. Tú tienes una paliza mañana. Dos horas de ir, dos de venir, y el trabajo en el avión, que no será poco. Deberíamos descansar, aunque yo no dormiré mucho para ir a ver a Omar.
- Bien –dije, convencido que Toni ya había hecho la parte importante de nuestro trabajo allí y que ahora quedaba la mía-. Probemos el cordero y nos vamos. ¿Te parece?

Él no probó bocado, como era de esperar, aún con la tensión acumulada por la operación. Yo sí, y estaba delicioso, acompañado de aquel arroz pequeñín tan bueno, pasado por la sartén. Cuscús, supuse.

*- * - * - *

Me despertaron cuando aún no había salido el sol y partimos con doce hombres y dos niños. Fuimos en camello y confieso que no es nada cómodo ni estable; temí en más de una ocasión besar la fina arena del desierto. Aunque justo es reconocer que la gente de Tizi Lahij estaba más preparada de lo que me imaginaba: agua, comida –que no sabía en qué consistiría-, herramientas –ya veríamos si servirían de algo- y ropa para el desierto. Me vi envuelto por una chilaba tupida con la que creí que me iría a tostar, pero de eso nada; era la mejor protección que podría llevar. La emoción por saber en qué estado estaba la Cessna hizo que la ida se me hiciera muy corta, y el primer atisbo lejano de mi vieja amiga me dio un vuelco al corazón. Apareció en el horizonte con la cola muy levantada y pensé que estaba rota, pero no era así. La avioneta estaba apoyada sobre el morro. Aún sin haber llegado a su lado, empecé a evaluar los daños, que no serían pocos: hélice, seguro; motor, probable; tren de aterrizaje, mejor no pensar. Y eso sin poder ver el fuselaje, los cristales, las alas...

Cuando la alcanzamos, descabalgamos y pedí a mis compañeros que esperaran, que iba a ver cómo estaba todo. Asintieron complacidos pero para mi sorpresa empezaron a desenrollar cuerdas y las ataron fuertemente a la cola, para enderezar la avioneta. La gente árabe era así, y ya que habían ido hasta tan lejos para ayudarme, no era cuestión de pasarse todo el día a que yo decidiera qué debían hacer. Ante el temor de que dañasen más el aeroplano, me puse a dirigir la estabilización, mientras no perdía detalle de su estado.

La buena noticia era que el tren de aterrizaje estaba intacto: el vuelque del avión se debería a que habría tropezado con algún montículo, pero milagrosamente estaba bien. Una vez izado y en posición horizontal, entré en cabina para frenarlo, no fuera que tuviéramos un susto. Allí dentro, todo estaba desordenado, pero no había destrozos; ni tan siquiera los vidrios.

Fuera, había dos cosas que estaban peor: la hélice tenía daños importantes en un aspa y una de las alas estaba resquebrajada con dos grietas que harían imposible alzar el vuelo, con alto riesgo de partirse al coger velocidad. No podríamos desplazar el aeroplano hasta que no reparásemos el ala.

Di instrucciones para reparar el ala, que podría ser parcheada si llevábamos material adecuado. Después de arduas discusiones porque mi árabe tampoco era tan bueno como para saber cómo se llamaban las cosas, descubrí que llevaban entre sus herramientas una caja con una bovina de cable que estaba sujeta por porexpán. Les pregunté si tenían más de eso, de porexpán. Me dijeron que allí no, pero que en el pueblo sí, que había mucho. Eso era una buena noticia porque podríamos rellenar las grietas con porexpán y luego, como si se tratara de las más viles de las chapuzas, lo sujetaríamos con cinta aislante, que también tenían. El único problema es que eso no lo podríamos hacer hasta el día siguiente.

Nos centramos en la hélice y a base de alambres, cinta aislante y chapas de plástico de dudosa procedencia la enderezamos, le dimos forma y fortalecimos un poco más. Mucho ingeniero había en Tizi Lahij, porque nadie se estaba de dar su opinión y proponer la más disparatada de las chapuzas. Pero esa gente es así y su voluntad de ayudar era incuestionable. Es cierto que accedí a tales sugerencias porque tampoco teníamos mucho más con que reparar los daños. A última hora de la tarde la hélice estaba más o menos reparada, es decir, que tenía forma de hélice, y decidí que era el momento de probar el motor. Les pedí que se alejaran unos metros para evitar accidentes y me dijeron que sí. Pero no lo hicieron.

A los mandos, preparé los dispositivos para arrancar el motor y verifiqué que hubiera combustible. Para mi sorpresa aún había tres cuartas partes del depósito.

El primer intento provocó un sonoro eructo del motor, y una vaharada de humo negro surgió a través de las juntas del fuselaje. Optimista como soy, pensé que se debía a que parte del combustible habría anegado los inyectores. Así que lo intenté cuatro veces más, pero sin éxito. Así que me disponía a abrir el motor para ver qué podríamos hacer cuando me pregunté si un nuevo intento sería el de la suerte. Probé y el motor tosió cuatro veces seguidas pero un sonido me permitió creer que estaba a punto de arrancar, aunque finalmente no lo hizo. Estaba por la senda del éxito. Probé dos veces más y finalmente arrancó.

4 comentarios:

  1. Bueeeeeno, esto va cogiendo buena pinta. Sabes que libro me he comprado hoy? Tuareg, je, je, je..... para recordar viejos tiempos...

    Un beso.

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  2. Me alegro que el sitio promueva lecturas adicionales.
    Esta historia es ficticia y obra de la calenturienta mente del autor. Así que no está exenta de fallos.

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  3. hombre pues yo pensaba que era real...que fallos ? nadie es perfecto. Pero ademas si ya nos tienes en el bolsillo, somos tus fieles seguidores hasta el final.

    Por cierto Maite, sabes que a salido la continuación de aquel libro de la pirata Catalina Solis que me dejaste hace unos veranos, se llama Venganza en Sevilla, o algo así.

    Ken Follet.

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  4. Si Ken, ya la he visto y la compraré. Sólo que ahora tengo un poco de atasco con la trilogia de Publio Cornelio Escipión y un latido para la eternidad, ya sabes.....

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