Empezaron las prisas. El rostro de Toni mostraba contrariedad ante los hechos, pero determinación. Me había dicho que ya puestos, si era lo que querían, haría el trasplante en el joven Tuareg, bajo mínimos y con ínfimas posibilidades de éxito. Yo sabía lo que suponía para Toni tener que volver al quirófano: una vuelta atrás, rememorar que un paciente suyo había fallecido en la mesa de operaciones, que había cerrado la puerta a seguir ejerciendo de cirujano cardiovascular. Me imaginé que todo aquello se agolpaba en su mente y le atormentaba. A mi no me preocupaba tanto la operación: únicamente habíamos accedido a lo que ellos querían. Podía salir bien o podía salir mal. Pero al menos lo habríamos intentado. No sé qué esperaban ellos, pero debíamos advertirles que la operación era de máximo riesgo y que había pocas posibilidades de éxito. Si ellos lo aceptaban, bien. Pero si no... Bueno, no sé si deberíamos advertirles o no, porque ahora las cartas ya estaban echadas.
Eché cuentas: si quedaban ocho horas y estábamos a media tarde, demorándonos mucho, la operación iba a ser nocturna. Por si no habían suficientes dificultades, dudé que en “Las Palmeras” tuvieran luz. Había un rayo de esperanza basado en mi inexperiencia en el tema. Suponía que cambiar un corazón a una persona era como cambiarle una válvula a la avioneta. Yo no era muy buen mecánico porque a menudo me sobraban piezas una vez ya había cerrado la tapa del motor. No quería ni pensar que nos sobrara alguna pieza en el joven Tuareg: “Y con esto, ¿qué hacemos?”, rumiaba en voz alta viéndome con un trozo de aorta en la mano. “¿Sobra? O, ¿tenemos que volver a abrir?”.
- Sería la hostia –me dije.
- Mira, Orozco –se me aproximó Toni con un papel doblado en la mano que desplegó minuciosamente. En él vi un dibujo de un niño pintado con colores, donde un niño –supuestamente el autor –estaba en el centro de un paisaje con dos escenas distintas: una oscura y tétrica donde unos pequeños animalejos rondaban como cucarachas y otra colorida y brillante, con montañas, ríos y luz, mariposas y pequeños corazoncitos flotando por doquier. A la derecha, una especie de firma con grafía de niño mostraba el nombre: “Xavier B.” -. Sabes de quién es, ¿no?
- Sí –murmuré entre dientes y con el ánimo desplomado –pero te aseguro que puede haber solución.
Toni lo dobló de nuevo y giró en redondo a revisar el contenido de su mochila.
- Vamos. Tenemos trabajo y la noche será muy dura –sentenció.
- No me cabe la menor duda –contesté.
Partimos hacia “Las Palmeras” con todo el material. Es decir, con los instrumentos clínicos de Toni, y mis pocas herramientas que yo llevaba encima para la avioneta, y que esperaba no tener que utilizar. Calculé que eran las seis de la tarde, más o menos.
- ¿Crees que me vas a necesitar allá dentro? –pregunté intentando descubrir si habría alguna posibilidad de que me escaqueara. No es que temiera el trabajo, pero es que al ver sangre igual me daba un síncope allí en medio. Ante tanta precariedad no quería ser una carga inútil.
- Cualquier ayuda será poca. Ya puedes ir invocando a tu dios y que ellos invoquen al suyo –dijo. Yo tragué saliva: no iba a evitar estar en la operación, yo, que cuando veo un pequeño tajo con sangre me mareo -. Haremos una lista de todo lo que necesitamos e iré apuntando substitutos a todo lo que falte.
- Ya –asentí yo.
- Miraremos de tener dos o tres mujeres que estén atentas al agua, que la hiervan, los trapos y todos los mínimos, que no nos falten.
- Ya, ya.
- Deberíamos saber si hay algún O positivo por aquí, porque nos faltará sangre.
- Bueno, igual sirvo yo. Me podéis tumbar en una camilla mientras me la sacáis.
- No, Orozco. Tú no sirves. En última instancia lo haríamos, pero tú me serás de más ayuda en la operación.
Tragué saliva. Me iba a costar caro haberme ido de la lengua con los Tuareg y haberle mentido a él después.
- Ya, ya. Y, ¿has pensado en la anestesia? ¿Cómo lo vamos a hacer?
- No lo sé. Lo único que hay de cierto es que le va a doler, y mucho.
A mi me temblaban las piernas de pensar en lo que se me venía encima. No sólo no soportaba ver sangre sino que, además, me impresionaba ver a alguien gritando de dolor.
Los preparativos fueron largos, un sinfín de ir y venir, acopiando material de toda clase. Nos abrieron la puerta de la izquierda, al final del pasillo de “Las Palmeras” donde descubrimos qué era lo que ellos llamaban quirófano. Cualquier sala de curas de cualquier CAP de España era infinitamente más aséptica que aquello. Había algún material, sí. Pero básicamente vendajes y potingues básicos como mercromina, alcohol... Una camilla en el centro, una mesilla auxiliar y poca cosa más. Con una iluminación lúgubre que provenía del exterior.
Toni situó todo el material que llevaba en la mochila en la mesilla auxiliar, depositando los artilugios uno a uno, ordenándolos, ajustándolos en altura, como si debiera pasar una revisión militar. Me tranquilizó lo que dijo:
- Podemos hacer una extirpación y un implante con este material. No te voy a dar detalles porque lo manejaré yo todo.
“¡Qué suerte!”, pensé yo. Lo que mencionó a continuación ya no me tranquilizó tanto:
- Tú limítate a hacer exactamente todo lo que yo te diga. Hay una cosa muy importante que tendrás que hacer, en el momento justo.
- ¿Ah sí? –pregunté sin estar seguro de querer saberlo.
- En determinados momentos te diré que cojas una pinza quirúrgica, como esta. ¿Ves? –me mostró unas pinzas con forma de tijeras alargadas-. Cuando te diga ¡pinza! Tienes que pinzar haciendo este gesto así: apretando y girando la pinza sobre sí mismo.
- Ya, ya. Pero, ¿qué tendré que pinzar?
- Arterias. Esto funciona como un empalme. Para extirpar el corazón enfermo, habrá un momento que deberemos desconectar la arteria y volver a conectar con el corazón sano. No te preocupes, es más complejo y el HB-15 lleva un mecanismo para poder hacer el cambio sin complicaciones. Habrá un momento que el paciente estará trabajando con dos corazones. Pero llegará la fase decisiva: yo cortaré una arteria y te diré ¡pinza!, y tú deberás pinzar como te he dicho, para que no se desangre. Cuando yo esté listo para el empalme te diré ¡fuera pinza! Y ya está.
“Sencillo”, pensé. Si no me daba el patatús antes, claro.
Las mujeres entraban y salían trayendo cosas que les iba traduciendo de las exigencias de Toni, y algunas debían colocarse directamente del suelo. Quizá la operación sería un éxito si el joven Tuareg no moría de ello; lo más seguro era que muriese de una infección, porque aquel quirófano improvisado era un desastre y poco higiénico.
En una de esas, se me acercó Talil y estuvimos charlando un rato. Le comenté que estaba preocupado porque no sabía con qué anestesiaríamos al joven, que no sé cómo se llamaba. Me indicó que su nombre era Omar y que no nos preocupáramos por la anestesia. Ellos poseían “cosas” que ayudaban para estos trances, incluida la ayuda de Alá. Eso significaba, si era cierto, que había un problema menos por resolverse. Pero lo realmente sorprendente fue lo que me confesó a continuación: debíamos hacer lo imposible para salvar al muchacho, a Omar, que era de vital importancia para el futuro del Tizi Lahij porque era un soberano descendiente directo de Lajla Abdillah y siempre había habido un descendiente directo de la heroína Tuareg al frente del poblado.
Ante mi asombro dejé al anciano de lado y me volví a Toni para comentarle las “buenas” noticias. Si había algún peligro por si el joven Omar se nos quedaba en medio de la faena, éste no lo habíamos calculado bien. La respuesta de Toni tampoco tuvo desperdicio:
- Tendremos que negociar.
- ¿Qué demonios quieres negociar? Si queda con vida, ¿que nos preparen una fiesta? Y si palma, ¿una muerte segura?
- No, hombre. Nosotros debemos plantearlo como que el favor lo hacemos operándole, no salvándole la vida. Pase lo que pase, queremos las personas suficientes disponibles para que te acompañen al lugar donde esté el avión, que te ayuden a arreglarlo para salir pintando de aquí.
- Ya –dije con cierto desdén -, y en caso de que el avión no pueda arreglarse, ¿tendremos un plan B?
- Pues que nos lleven a algún sitio para salir de aquí, en barco o lo que sea. Pero primero, lo que quiero es el avión.
Como percibí, Toni y yo no nos distanciábamos mucho a la hora de hacer planes realistas: arreglamos el avión y nos vamos pitando, y si no, pues nos vamos en otro medio. Parecía fácil, ¿no? El caso es que el desánimo me invadió al volver a recordar lo que íbamos a hacer en breve y Toni, que se mostraba inseguro con el resultado, estaba tranquilo. Yo no quería morir en manos de aquella gente y tan lejos de mi casa.
Trajeron al joven paciente, Omar, que casi no se tenía en pie y entre varias personas lo acomodaron en la camilla de las torturas. Era bastante atractivo pero parecía débil. Iba a empezar el baile y mientras Toni trajinaba con unas y otras cosas, él también permanecía tranquilo, con un semblante como cansado pero seguro de sí mismo. Me imaginé que estaría sedado, quizá, por algún potingue que le habrían dado antes. Toni se le acercó y le posó la mano en la frente con mucho cuidado, para captar si su temperatura era elevada y el muchacho lo miraba con ojos cansinos.
- Omar, esto te va a doler y mucho. Me han dicho que te van a administrar algo para dormir pero aún así, esta operación, llevada a cabo en un quirófano en condiciones, ya es complicada aunque con más medios es fácil. Por ejemplo, hay que romper alguna costilla y luego volverla a colocar y con los utensilios que tenemos aquí, será un poco duro –le decía Toni seguro de que Omar le entendía aunque yo dudaba que fuera así-. También hay posibilidades de que tu corazón no aguante –decía sin cambiar el tono de voz pero, a la vez, en un alarde de sinceridad entre médico y paciente fuera de lo común, quizá porque él no le entendía- o que aguante pero en el impasse de cambio de corazón, algo deje de funcionar en tu cuerpo.
Omar lo miraba serio pero con un rictus de confianza. Seguramente pensaba que Alá lo había puesto en buenas manos. En aquel momento Talil hizo acto de presencia acarreando una espectacular cachimba de color negro con motivos dorados y una manguera de color verde alrededor. ¿Aquello era la anestesia del pobre Omar? Desconocía qué le pondrían dentro, pero supuse de algo que lo dejara colgado durante las horas de operación; seguramente tendrían hierbas medicinales o algo así, supuse.
- ¿Pensáis que esto es un lugar para fumar? –rabió Toni, que intentaba mantener el lugar lo más aséptico posible-. ¿Queréis que nos pongamos todos a flipar aquí mismo en medio de la operación? –aunque preguntaba no esperaba respuesta inmediata, así que traduje.
Talil sólo contestó que aquello era una buena ayuda para Omar y lo repitió hasta tres veces, sin entrar en si era aséptico o no, sin entrar en si cogeríamos todos un colocón allí dentro o no. Fue inútil insistir. Quizá Omar moriría en nuestras manos, pero seguro que lo haría mientras todos reíamos a carcajada limpia, abrazados y cantando el “Juntos como hermanos”.
Toni, con su mirada fruncida mirando a Talil, dispuso el tensiómetro para tomarle la presión al joven príncipe pero éste le tomó del antebrazo y lo atrajo hacia sí y le susurró al oído algo que el propio Toni, estaba seguro de ello, no entendería. Yo sí que le entendí, porque lo dijo en árabe: “Sé que lo conseguirás. Alá es grande y te guiará”.
- Me da igual si es tu dios o el nuestro. Tú estate tranquilo y relájate –me sorprendió Toni como si verdaderamente lo hubiera entendido todo. Dudaba que Toni creyera en Dios o al menos que creyera en Él antes que en la medicina. Pero Omar le sonrió y acabó por darle dos palmaditas en el brazo.
La cachimba estaba preparada y humeaba dócilmente gracias al carbón al rojo que la calentaba. Le dieron la pipa a Omar que inhaló varias veces. Temí empezar a tener efectos alucinógenos pero, ni aquello olía tan mal, ni sentí ningún tipo de mareo. Por tanto, no me pareció probable que empezara a bailar una jota allí en medio. De momento, el tema iba bien si no nos mareábamos allí dentro aunque, también es cierto, si nos alegrábamos algo quizá relajaría la tensión del momento que, en mi caso, no era poca. Dudaba de que tuviera la suficiente fortaleza para no caer desplomado al primer hilillo de sangre.
Los minutos fueron pasando –llegué a creer que eran horas- y Toni fue preparando todo el instrumental, en silencio, con una mirada perdida y como preguntándose que para qué mimaba tanto aquellos cacharros si aquello que nos disponíamos a hacer, aparte de ser una barbaridad, iba a salir mal. Pero esa tensa espera llegó a su fin y con la mirada, me inquirió si estaba preparado. Yo asentí. Quise decirle que igual me mareaba y me desmayaba, pero no me dio la oportunidad, imaginando lo que yo pensaba.
Omar estaba inconsciente del todo y Toni lo verificó dándole unas palmaditas en la cara. Le conectó un par de cacharrillos más que, supuse, eran para monitorizar sus constantes vitales y nos dispusimos manos a la obra. Observé que el HB-15, aún habiendo perdido su estanqueidad, seguía funcionando y pude ver como un innumerable amasijo de cables pendía de él. Su pantalla de cristal líquido iba dando información que Toni verificaba tocando la frente a Omar, o el pulso, o palpándole el pecho.
- Listos- susurró Toni-. Ahora, has de negociar con ellos lo que queremos y además, necesito que se queden Talil y dos mujeres aquí, atentos a lo que les podamos pedir. Que no falte agua. Pero negocia con ellos antes de empezar.
- Muy bien, pero para negociar, ¿echamos a Kamal o no? Lo digo por si sólo he de discutirlo con el viejo –que era algo que me apetecía más, en lugar de tratar con un hombre que utiliza su cimitarra para negociar.
- Que esté Kamal –subrayó Toni-. Él debe ser quien adquiera el compromiso.
Empecé a chapurrear en árabe ante Kamal y Talil y las cosas salieron mejor de como esperaba porque aceptaron de inmediato y lo vieron muy claro. Cuando zanjamos el trato, me quedé pensativo. ¿Por qué razón era tan sencillo llegar a un acuerdo con aquellos hombres en aquellas circunstancias tan dramáticas? Porque, quizá, ellos habían puesto todas sus esperanzas en nosotros, lo cual aún hizo más dramática la situación. La cuestión era que en un par de días tendrían preparado un grupo de hombres con camellos, alimento y agua, que nos acompañarían al lugar del accidente, y pondrían a nuestra disposición todo el material que ellos pudieran proveernos, hasta que arregláramos el avión.
Kamal se retiró y quedamos presentes todos los que podríamos ayudar a Toni, es decir, que no había ninguna cimitarra en lontananza y podríamos llevar a cabo el encargo que teníamos delante.
viernes, 19 de febrero de 2010
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no puedes publicar capitulos mas largos???
ResponderEliminarjooooo, que angustiaaaaaa.....!!!!!!
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