Nos pusimos mascarillas que Toni había extraído de su mochila –qué suerte de mochila, cualquier cosa que necesitábamos estaba allí dentro- y los tres hombres allí presentes nos pusimos alrededor de Omar. La primera orden fue para mí, que me había situado a los pies del enfermo:
- Ahí no vas a hacer nada, hombre. Sitúate delante de mi, al otro lado de Omar, y que Talil esté a tu lado. Si me has de dar algún instrumento, me lo pasas así, por detrás de la cabeza de Omar –ordenó Toni. No pude reprimir una risilla, porque no había podido escaquearme peor. Me sentí un poco rufián. Le di las instrucciones a Talil para que se ubicase a mi lado. Parecía entusiasmado de la experiencia que íbamos a vivir.
Explicar con detalle la operación podría provocarme mareos y desmayos y evitaría proseguir con esta narración, pero puedo constatar que tras la primera incisión y tras el primer hilillo de sangre, mis piernas empezaron a temblar y el tembleque siguió durante toda la operación, que se alargó algo más de cuatro horas, por lo que el lector podrá imaginar la tensión que sufrieron mis caderas, mis lumbares, mi espalda... Pero lo curioso del caso es que después de superar el primer trago, me fui animando, porque pude ver que Toni hacía y deshacía y cada vez sus acciones eran más bestias, y yo seguía aguantando sin desmayarme. Eso sí, con las piernas temblando; quizá fue este estado de tensión el que me protegió del descalabro, o quizá fue la coraza. Sí, la coraza. La coraza es eso que te pones delante de la vista o la cabeza que evita que pienses en otras cosas que te puedan afectar, y que te dejan la única visibilidad de lo que tienes delante de ti, y que una vez puestos, es fuerte y te protege de peligros potenciales como la distracción. Seguro que muchos lectores sabrán de qué hablo aplicándolo a las situaciones más amplias –y algunas, íntimas- a las que tenemos que enfrentarnos a diario.
La cuestión es, como digo, que a cada incursión con un bisturí –que ya, de por sí, era muy salvaje- seguía algo que indudablemente era más brutal, y así, hasta el infinito. Pero para mi sorpresa, Omar ni se inmutaba, ni se lamentaba, ni se quejaba... Quizá estaba ya muerto, pero me abstuve de preguntarlo, porque supuse que si moría, algún pitido saldría de alguno de los cachivaches y Toni detendría la operación. “¡Desfibrilador!”, gritaría en un último intento de salvarle la vida. Pero nada de eso ocurrió.
Observaba a Toni cada dos por tres, manteniéndome al tanto de su estado de ánimo, de sus palabrotas, de si silbaba o de si explicaba chistes, cosas que un médico normal haría durante una operación. Pero claro, ni Toni era normal ni aquella situación era normal, tampoco. Toni sufría por dentro y sus miradas, por encima de la mascarilla, proferían una tristeza que jamás olvidaré. Supuse que, por un lado, se enfrentaba de nuevo a un quirófano, o como quisiera que se llamara aquel antro. La última vez que hizo un trasplante, el paciente no salió con vida y Toni inició un proceso de autodestrucción: dejó la cirugía cardiovascular, dejó cualquier contacto con el mundo del paciente e se inició a la bebida sin rodeos. Alguien lo rescató del pozo en el que se encontraba y lo recuperó para la medicina con los transportes de órganos y el HB-15. Pero había otra cuestión en el fondo de sus ojos que me transmitía cuando nuestras miradas se cruzaban: Javier Bellver agotaba los latidos de su vida cada minuto que nosotros estábamos allí.
También me dediqué a observar al joven Omar, mientras Toni trajinaba. Poco sabía de aquel ser destinado a rey, ni de su pasado, ni de sus antepasados más directos... Nada. Sólo sabía que descendía de aquella valiente que atravesó el desierto en solitario pare fundar Tizi Lahij, aquel modesto poblado en medio de la nada, entre dunas y sin un entorno amigable, como era el desierto. Ciertamente, parecía frágil, pero suponía que eso era algo normal en su crítica situación. Era posible que llevara tiempo enfermo y que hubiese aguantado como la valiente Lajla, a que un giro inesperado teñido de fortuna revolviese su destino. También era posible que estuviera casado, pero no me pareció que nadie a su alrededor hiciera el papel de cónyuge preocupada por la vida de su marido. Lo que sí me llamó la atención desde el primer momento que le vi, fue el rostro de una persona inteligente, comprensiva pero implacable para impartir justicia y tomar las decisiones más comprometidas. Si alguien me preguntara si Omar sería capaz de lanzar a su pueblo contra una horda de invasores, invariablemente habría dicho que sí. Él era el descendiente legítimo de una estirpe de héroes y como un héroe se había comportado ante el trance más difícil de su vida: que un extranjero infiel le trasplantase un corazón en medio del inhóspito desierto.
Talil, en cambio, al que conocía ya como un hermano, mostraba la más siniestra de sus sonrisas, pero yo sabía que eso era un rictus y que realmente no reía, sólo sufría por el futuro de su raza, de su pueblo y de su historia. Definitivamente, Omar era el líder y Kamal era su segundo, un guerrero fiel que no descendía de la nobleza, pero con el que me gustaría sentirme en su grupo, en caso de problemas.
Había llegado a creer que la operación sería un caos pero transcurría tranquila y todo el peso lo llevaba Toni, haciendo que yo me sintiese más seguro a medida que pasaban los minutos, sin evitar, eso sí, el tembleque de piernas. Omar seguía dormido y tranquilo y confiaba que no despertase entonces, cuando en un alarde de valor, eché una ojeada al panorama que tenía ante mi –mi madre no se creería lo que yo estaba haciendo, seguro-. Contemplé el corazón de Omar palpitando serenamente en su alojamiento y un complejo entramado de arterias que llegaban a él desde múltiples ramificaciones. El escenario se me antojaba como el de una palmera con sus hojas saliendo hacia los lados desde un único núcleo central. La comparación no me supo a ridícula pues no en vano estábamos bajo unas de las palmeras que más belleza me habían mostrado en toda mi vida, las palmeras que daban nombre a aquel complejo hospitalario, por llamarlo de alguna forma más o menos digna. Embobado como estaba y no sé durante cuánto tiempo estuve en esa forma de paroxismo hipnotizador, volví a la realidad ante el gruñido de Toni:
- ¡Pinza!
En un primer momento no entendí a qué venía aquello pero cuando caí de la nube mis piernas se bloquearon tras un espasmo que conducía a la rigidez.
- ¿Ahora?- supliqué más que preguntar.
- ¡Pues claro, hombre! ¿Cuándo querrás hacerlo? ¿Mañana por la tarde?- comprobé que Toni estaba tensionado por el momento álgido de la operación.
Me dispuse a hacerlo y encomendé a los dioses, al mío y al de los Tuareg, pues sabía que en aquel momento ya no habría vuelta atrás. Mi mano temblorosa pinzó y para mi sorpresa el corazón de Omar siguió latiendo pero más desacompasadamente y cada vez más suave. No me percaté de los mecanismos que activó Toni pero al poco comentó de manera triunfante:
- ¡Funciona!
- Yo..., yo no veo que este corazón vaya muy bien... –balbucí temeroso e inquieto ante la alegría de Toni.
- En este momento están funcionando los dos. El suyo, que no durará mucho, y el otro, el del HB-15.
Describir cómo se llevo a cabo el intercambio me resulta imposible por tantas operaciones como Toni llevó a cabo en tan poco tiempo. Pero tras el mismo, pude observar como, al poco, el corazón de Omar, ya ubicado en el HB-15, dejaba de latir, poco a poco, desgastado, cansado. Muerto, seguramente. El HB-15 ya no podía hacer nada por él. En cambio, el corazón nuevo, seguía palpitando, fuerte, acompasado, con ganas de vivir. Era el triunfo de la técnica, el triunfo de las ganas de vivir. El triunfo de Toni, supuse, ante la contrariedad. Puedo decir que en una hora y media, Omar estaba de nuevo cosido y respirando, y sus constantes, parecían razonablemente normales. Desconocía cuándo despertaría y, sobre todo, cómo, pues los dolores por el trasplante serían descomunales, a los que se les tendría que sumar los de las costillas rotas, la herida... En fin, pensé que aquello ya estaba y respiré hondo para extraer todos mis malos presagios.
- Ahora viene lo más complicado y difícil –comentó Toni mientras se extraía los guantes de látex.
- Y ¿bien? –quise aclarar yo.
- Las primeras veinticuatro horas son críticas. Si las supera sus posibilidades de vivir aumentarán. Si pasa de las cuarenta y ocho, prácticamente estará salvado –susurró.
Pues sí. Yo que creía que estaba hecho y aún deberíamos sufrir durante al menos dos días. ¡Lo que me faltaba! Había superado una operación a corazón abierto sin desmayarme, había participado del momento crítico de la intervención, había colaborado en conseguir que Omar siguiera viviendo, y ahora aún debíamos esperar lo más difícil. ¡Mierda!
- Di a las mujeres que se encarguen de controlar las constantes y que si se enciende alguna de las luces del HB-15 que ahora están apagadas, que nos avisen inmediatamente –lanzó los guantes al suelo y se estiró, haciendo crepitar sus cervicales-. Me voy. Volveré en dos horas para ver cómo sigue.
Y se fue, como si tal cosa. Traduje las instrucciones a Talil y a las mujeres y me apresuré a seguir los pasos de Toni.
Bajo las palmeras me acerqué a él que seguía con su caminar un poco robotizado, supongo que a causa de la tensión y le cogí del brazo.
- Amigo, ¿te encuentras bien? –inquirí. Él se desasió suavemente y siguió caminando.
- No, no mucho. Estoy jodido.
Me detuve unos instantes y le seguí hasta la cabaña donde nos habían alojado al principio. Una vez dentro se estiró encima del improvisado catre donde despertamos tras el accidente, girado hacia la pared. Me acerqué y pude observar como casi de manera inmediata respiraba profundamente. Le llamé por su nombre, mas estaba dormido. En sus manos aferraba algo contra el pecho y, ante la curiosidad que me invadía, me aproximé más. Era un papel algo arrugado y con colores llamativos en una parte de él. Era el dibujo de Javier Bellver.
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sábado, 20 de febrero de 2010
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uhmm demasiado sencillo... a ver como se soluciona el asunto del niño Bellver, porque se soluciona no ?
ResponderEliminarDr. Marcus Welby
PD. Te has olvidado de los inmunodepresores, bueno seguro que el Tony los llevaba en la mochila por si acaso.
Pues yo he echado de menos el lupus..... que no sé que es, pero en House siempre sale..... Me alegro que no haya habido sang i fetge en la operación. Con la tensión del momento es suficiente. Veámos los próximos capítulos....
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