Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

viernes, 12 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 009

Perplejos, Toni y yo nos miramos durante un momento; él extendió las manos inquiriéndome de qué habíamos hablado.

- No sabemos dónde estamos y no sabemos si nos van a ayudar.
- Y, ¿por qué se ha ido? ¿Ha ido a buscar a alguien? ¿Ayuda, tal vez?

Me encogí de hombros.

Hice un intento de salir al exterior y comprobé que la mujer no insistió en barrarnos el paso. Dado que aquello era así, salí y un fuerte sol matutino me cegó durante unos instantes. Cuando la vista se acomodó empecé a hacerme la idea de dónde estábamos: aquello era una aldea o poblado de estilo árabe, con casas de adobe o barro que el soplido de un lobo feroz famélico derrumbaría sin esfuerzo. La calle, si así se le había de llamar, donde se encontraba la chabola en la que estábamos era ancha, de unos cinco o seis metros, pero aún así, llamarla calle era aventurado, porque las casas no seguían un orden urbanístico y, ni mucho menos, arquitectónico. Era un pueblucho construido de tal manera, que parecía que aquella gente estaba allí de paso.

Las calles eran de tierra con profundos socavones y pedruscos. Difícilmente un vehículo de ruedas podría circular por ellas. En conjunto, la aldea podría llegar a tener una cincuentena de casas, setenta a lo sumo, algunas muy juntas entre sí, algunas más separadas, sin saber si se trataba, esta distribución, de algún tipo de jerarquía. Niños escasamente vestidos, descalzos y sucios correteaban de aquí para allá, al igual que ovejas y gallinas, que compartían el espacio sin apenas molestarse. Aquel pueblucho era pobre, extremadamente pobre, pero de la mirada de los niños no se deducía tristeza alguna. Había alguna construcción que se podía denominar edificio, dado que se podían observar en ellos detalles como azulejos, ventanas, madera o zócalos, todos ellos muy ajados por el paso del tiempo, y seguramente debían ser construcciones con alguna finalidad. Aunque como mucho tenían dos plantas, se podía observar que la gente del poblado entraba y salía de ellas.

La gente, la gente… La mayoría de los hombres vestía el camisón largo de tela claro, blanco o beige, e iban cubiertos con turbante oscuro y velo, a modo de bufanda, que luego caía por delante. Sólo se les veía los ojos. Y el velo... el velo era azul. Alguna mujer iba de aquí para allá portando cántaros en los que, supuse, llevaban agua o iban a cargarlos en algún pozo cercano. También ellas llevaban velo. Escudriñé a continuación el espacio donde se ubicaba esa población y los alrededores. Observé que en algún sitio, al otro lado del poblado, sobresalían unas palmeras que se intuían hermosas, aunque no podíamos contemplarlas por entero, dado que algunas edificaciones nos las tapaban. Si había palmeras, debía haber agua, por lo que era segura la presencia de pozos en los alrededores. Primera necesidad básica cubierta: había agua. A continuación exploré buscando los límites de la aldea y me decepcionó ver que el paisaje no se parecía en absoluto al paisaje donde aterrizamos o donde, más bien, dejamos la Cessna no sabíamos en qué estado. Es decir, no sabíamos dónde estábamos ni dónde estaba la avioneta. La segunda necesidad básica, salir de allí corriendo, no estaba cubierta. Toni permanecía a mi lado, sujetando cada vez con más fuerza el HB-15, con semblante de temor, temor como el que se encuentra uno en un ambiente hostil. Desconocía si sus temores tenían relación consigo mismo o con el corazón que transportábamos, pero en aquellos momentos yo apostaba por lo segundo.

Al igual que había aparecido y desaparecido con total sigilo, el anciano que nos había recibido hizo acto de presencia otra vez, con ese rictus que mostraba su sonrisa aunque por sus palabras supe que no estaba riendo. Antes de que abriera la boca, le pregunté a mi compañero en un susurro:

- ¿Cuánto tiempo le queda a tu corazón?

Él me observó durante unos segundos y cayó en la cuenta de lo que le estaba preguntando. Echó una rápida ojeada a algún visor LCD del HB-15 y me miró con preocupación.

- Calculo que han debido pasar unas dieciséis horas desde la extirpación. Si es así, nos queda tiempo aún como conserva. Lo que temo es si el recipiente podrá esperar tanto tiempo.
- ¿El niño? –recordé con cierta amargura que me había comentado, al momento de despegar, que se trataba de un niño de siete años-. ¿Quién es? –inquirí con curiosidad viendo, por el rabillo del ojo, al anciano esperando impaciente que le hiciéramos caso-. ¿Gente acomodada?
- No lo sé. No lo conozco, pero sé que se llama Javier Bellver, que ha pasado muchas penurias hasta llegar aquí y que vive con muchas limitaciones.
- Y, ¿cómo sabes su nombre? Se supone que nunca te hablan sobre los detalles del recipiente.
- Me hicieron llegar un dibujo firmado por él. Luego te lo enseño –y dirigió su mirada al anciano para darle la palabra.

Hicimos silencio a la espera de que nos dijese algo, que nos abrigara la esperanza de que podíamos contactar con alguien para pedir auxilio y que nos recogieran. Pensé que quizá un helicóptero de la Guardia Civil española vendría a buscarnos y que, incluso, tendríamos que subir a él por una escalerilla de mano.

El anciano me dijo que alguien quería vernos. Que debíamos presentarnos ante quien había hecho acto de generosa hospitalidad y explicarle quiénes éramos. Se refirió a él como el Señor. Es decir, el Señor quería vernos. Como ya había adivinado antes, era inútil volver a preguntar dónde estábamos; era absurdo preguntar quién era ese Señor. Así que, sin más, le solté un:

- ¿Quiénes sois?

Me miró de arriba abajo, y su rictus sonriente se convirtió en una sonrisa iluminada y sincera.

- Tuareg

*- * - * - *

1 comentario:

  1. Ya estoy al día. La entrega de hoy me ha parecido un poco corta, pero no te lo tendré en cuenta, ya que has tenido un finde movidito y debes tener agujetas en los dedos...... Esto parece las series de la tele (aunque hay que esperar 1 semana en algunos casos!) o las antiguas novelas radiadas.... Espero impaciente el próximo capítulo.....

    ResponderEliminar