Seguramente mi subconsciente trabajó a fondo mientras yo estaba sin conocimiento, pero creo recordar que le gritaba a Toni, desde mi avioneta algo así como “oye, catalán, no te interpongas en mi camino”, mientras él estaba pilotando un 747 que se me tiraba encima.
No sé cuánto tiempo transcurrió desde el desmayo. Bueno, sí que lo supe cuando más tarde miramos el contador de tiempo de HB-15 y, realmente, habían pasado unas cuantas horas.
Estaba estirado en el suelo y me pareció distinguir unas paredes cavadas en la roca y una luz blanca entraba por algún sitio en dirección hacia mí, desde mis pies, luz que me impedía ver dado que me cegaba. No vi a mi amigo cerca, ni sabía porqué estaba allí, ni qué había sucedido, en un primer instante. Fue en el transcurso de los primeros minutos cuando mi proceso de reconexión mental me fue informando, poco a poco, lentamente, como despertando de un largo letargo invernal. Lo primero que me vino a la cabeza era que estaba en un lugar oscuro y frío, pero que la temperatura exterior debía ser muy elevada y seca. Luego vino lo del avión. Sabía que nos habíamos estrellado pero no recordaba cómo, ni cómo había quedado el medio que nos tenía que devolver a casa. Por último, busqué a Toni alrededor de mí, pero no lo vi.
Sé que debía estar asustado, pero no lo estaba. Veía borroso pero sabía que había alguien conmigo. Reconocí que si me levantaba de golpe y salía huyendo no habría dado más de cinco pasos y hubiera caído de bruces por una debilidad que me cubría el cuerpo. Eso, si antes, entre trompicones, no me cazaba alguien, alguien que había por allí y que no sabía si era hombre o mujer. Quizá era mi compañero de fatigas.
- ¿Toni? –pregunté en voz alta, para cerciorarme de que ese tal alguien me oía.
Escuché una voz de mujer e identifique de inmediato que era árabe, pero no entendí nada de nada. Me angustié porque no sabía si lo que me pasaba es que algo se había trastocado en mi cabezota y era incapaz de comprender una lengua que me era conocida, o es que realmente aquello no era árabe.
Me incorporé levemente y extendí una mano para que me tapara la luz que entraba por la puerta y me cegaba. Vi a la mujer que se acercó a mí con un pequeño cántaro que me acercó a los labios. Bebí. Era agua y muy fresca, por cierto. Confié que fuera potable. La mujer iba ataviada al estilo árabe y cabello recogido en un pañuelo oscuro. Debía ser mayor que yo, incluso podía estar por encima de los cincuenta, pero eso era engañoso. En muchas comunidades el peso del trabajo físico más duro es para las mujeres y por esa razón éstas envejecen antes y el aspecto que presentan es de mayor edad de la que realmente tienen. La miré a los ojos directamente pero ella en ningún momento cruzó su mirada con la mía. Intenté retener el cántaro para seguir bebiendo pero ella me lo retiró con brío y lo dejó en un rincón de la estancia, donde pude observar a Toni, allí estirado y sin saber en qué estado se encontraba. Inmóvil como estaba, me hizo temer lo peor. ¿Inconsciente? ¿Muerto? Había algo con vida en él que rápidamente identifiqué: el HB-15 seguía palpitando y sus luces intermitentes iluminaban alrededor de sus brazos, que sostenían el chisme aún con fuerza. Entonces vi que se movía lentamente aún semiinconsciente. La mujer se le acercó y lo observó durante unos instantes, dejándolo a continuación para seguir con sus tareas. “Esto sí que es un médico. Lo observa a distancia, no lo toca, no le toma las constantes pero decide que está bien y sigue con lo suyo”, pensé. “La Seguridad Social española estaría encantada de contar con médicos así en sus consultas. Se acabarían las largas esperas en las visitas”.
- ¿Toni? –volví a preguntar en la distancia por temor a que, si me levantaba, aquel sargento que nos custodiaba me hiciera una llave de judo y me devolviese al suelo.
Observé que se incorporaba y se quedaba sentado, como yo, en el suelo, intentando deducir dónde se hallaba y recomponiendo los hechos que nos habían llevado hasta allí.
Consultó su reloj y no pudo más que exclamar un “¡Hostia!” mientras se palpaba la cabeza en busca de algún que otro chichón.
- Orozco –mencionó-, tenemos que irnos. Son las nueve de la mañana y ya hemos perdido muchas horas durmiendo aquí. Esto, ¿qué es? –dijo refiriéndose a en qué población estábamos.
- No lo sé –contesté con cierto temor al contemplar la indumentaria de aquella mujer, aunque no me atreví a mencionar que suponía que en algún lugar de África y que, con un poco de suerte podía ser Ceuta-. No soy adivino –tampoco podía reconocerle que no entendía nada de lo que ella decía.
Nos levantamos en cámara lenta, más que nada por los rasguños que nos habíamos hecho, al parecer, en el accidente del avión. Me crujieron unas cuantas articulaciones y noté un fuerte dolor en el hombro izquierdo a la vez que adiviné una capa polvorosa por toda mi ropa. Toni no tenía mejor aspecto e, incluso, una de sus mejillas aparecía hinchada y con un color anaranjado. Me sacudí un poco la ropa pero, aunque saltaba mucho polvo de ella, seguía teniendo la misma apariencia que la ropa de los niños que juegan en la plazoleta.
La casa donde estábamos alojados parecía de adobe y muy frágil, nada en comparación con aquella mujer que ora nos cuidaba ora nos vigilaba que no escapásemos. Era fornida y hasta, incluso, un poco obesa, con un gran trasero pero, eso sí, una cinturilla que evocaba más bien a una sílfide y no a una mamma italiana.
Por el estrecho acceso que hacía de puerta a la vivienda donde nos hallábamos, se divisaba una calle de tierra y otras viviendas similares, de barro y de paredes muy finas, tanto que, un bufido de aire las echaría al suelo.
- ¿Dónde estamos? –preguntó Toni-. En España no estamos, seguro. Esto parece alguna aldea de Marruecos. ¿Es posible que atravesáramos el estrecho de Gibraltar para ir a parar a África? Bueno, sin duda no estamos en El Ejido, pero aún así, me parece increíble.
- Recuerda que perdimos parte de los instrumentos de vuelo y en la tormenta dimos más vueltas que en una coctelera, con lo que no sabemos dónde llegamos a aterrizar.
- Y lo peor es que no sabemos dónde está el avión... Ni tan siquiera cómo quedó. A juzgar por los rasguños que tenemos, que son pocos, quizá aún se aguante de pié.
- Verdaderamente, no recuerdo ni el impacto. Pero creo que tenemos que dar gracias de seguir vivos
El semblante de Toni se ensombreció y miró hacia un lado, sujetando el HB-15 con firmeza como si temiera perderlo; eso ya lo había visto antes y varias veces, por cierto.
- Tenemos que dar las gracias por seguir vivos y por poder reprender nuestro viaje a Barcelona. Nos están esperando y deberán estar preocupados por nuestra tardanza –Toni hurgó nerviosamente en los bolsillos de su chaqueta hasta que, con dificultades, consiguió extraer el móvil debido a que le temblaban las manos. Creí intuir que realmente estaba muy preocupado-. ¡Mierda! No hay cobertura. ¿Y tú? ¿Tienes cobertura?
Extraje mi móvil del bolsillo trasero de mis pantalones vaqueros y comprobé, con sorpresa, que no había perecido durante los revolcones del desierto. Me lo quedé mirando por unos instantes. Sí, el desierto, había mencionado en mi interior. Parecía que habíamos llegado a algún terreno con dunas y habíamos creído que se trataba de Almería. Luego, aquella mujer, ataviada al estilo árabe o quizá, mejor dicho, berebere. Como era de esperar, el móvil no tenía cobertura y a su batería le quedaba poco tiempo de vida. Meneé la cabeza en dirección a Toni y él aspeó los brazos en señal de impotencia.
- Has de preguntar dónde coño estamos, Orozco. Tú sabes árabe, ¿no?
- La verdad es que no he pillado nada de lo que dice. Sí, parece árabe, pero no la entiendo.
Toni se incorporó y se dirigió a la mujer que, al ver el movimiento de mi amigo, se interpuso en la salida de la casa, obstaculizando el paso.
- A ver, señora –se dirigió Toni a la mujer-, nos esperan en Barcelona. Nuestro avión nos dejó tirados después de una tormenta –interpretó el vuelo con ambos brazos- y supongo que cerca de aquí y necesitamos volver urgentemente. Hay una persona cuya vida depende de que nosotros lleguemos a tiempo. ¿Me entiende?-. La mujer lo examinó sin decir nada, mirándolo de arriba abajo. Desde luego, una mujer árabe no suele mirar así a un hombre, normalmente, y ello me sorprendió-. ¡Le digo que si me entiende!
Ella explotó, tras la última pregunta del médico, en un sinfín de palabras, giros y onomatopeyas que no pude entender. Siempre había creído que mi pobre conocimiento del árabe me permitiría moverme con soltura, pero enseguida caí en la cuenta de que no. Parecía enojada y le estaba echando la bronca por algo que no entendía, pero que entendí muy pronto. Un hombre hizo acto de presencia en la estancia, un hombre con poco pelo que le crecía de media cabeza atrás, rizado y gris y con una boca que parecía estar sonriendo, pero que en absoluto lo estaba. Su indumentaria era extraña para mí; un vestido largo de paño, me pareció, oscuro y que no acababa de llegarle a los pies, de un color beige. Él sí que habló árabe y lo entendí al momento. Nos daba la bienvenida y nos transmitió su profundo placer de tenernos como huéspedes. Dijo que se llamaba Talil.
Le pregunté dónde estábamos. Entendí que me decía Tizi Lahij, lugar desconocido para mí. Le volví a preguntar dos veces más, pero siempre respondía “Tizi Lahij, Tizi Lahij”. Pensé rápidamente en las nociones de geografía que tenía del Magreb. Dadas las turbulencias de la tormenta, no sabía si, yendo hacia el sur como parecía que habíamos ido, nos habíamos desviado hacia el este o el oeste de la costa africana del Mediterráneo. Me sonaba que pudiera estar diciendo Tihirit, lo cual suponía que estábamos en Níger. No, no, no podía ser, absolutamente imposible. Lahij, a secas, podría ser Yemen, pero aún más inconcebible. Tizi Ouzou estaba cerca de la costa argelina, pero muy lejos de, por ejemplo, Melilla. ¿Tanto nos podríamos haber desviado? No podía ser, y por eso insistí. “Tizi Lahij”, repitió el anciano, cuyo aspecto tampoco era, diría yo, de árabe.
Me di por vencido, acepté la respuesta y supuse que sería una minúscula aldea perdida en mitad de la nada y que por esta razón, no la conocía. A saber. A continuación le transmití la necesidad imperiosa de volver a nuestro país urgentemente y que debíamos comunicarnos con alguien allí. El anciano miró al suelo y expresó algo que no entendí. Le señalé el móvil diciéndole que no funcionaba y que teníamos que hablar rápidamente con alguien. Pero ya no se dignó a contestar, me miró por un instante, le dijo algo a la mujer, dio media vuelta y se fue.
viernes, 12 de febrero de 2010
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Bueeeeeeno.... no iba tan desencaminada, no? Supongo que ahora tendré que esperar hasta el lunes....
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