Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

lunes, 15 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 010

Caminando hacia la casa del Señor, del Señor Tuareg, comprendí alguno de los errores que habíamos cometido. Más adelante comprendí el resto de errores, cuando nos explicaron cierta historia. Pero era lógico no entender en qué me hablaba la mujer árabe, porque hablaba el Tamasheg, uno de los idiomas tuareg, al igual que no entendí lo que el anciano le dijo a la mujer al momento de abandonar la chabola. Otro error de percepción fue no caer en que el velo azulón de los hombres es típico tuareg o de los pueblos beréberes. Aunque ciertamente los tuareg habían sido islamizados por los árabes, eran culturas distintas, al menos eso pensaba yo. Razonaba sobre estas cosas porque temía preguntarle alguna cosa más al anciano y miraba por el rabillo del ojo como los habitantes dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo y nos miraban con descaro, sonrientes y no sorprendidos, haciendo comentarios entre ellos y emitiendo alguna que otra carcajada.

¿Quién coño sería el Señor tuareg? Desde luego, iba a necesitar un repaso importante de historia, porque desconocía mucho ese pueblo y hasta su situación. Aunque era un pueblo nómada, o eso decían los libros de historia, desconocía nada más. Vamos, que no sabía si eran de los que cortaban cabezas o no. Aún con estos pensamientos morbosos rondando mi azotea, nos urgía salir de allí pitando y el tal Señor quizá nos ayudaría. Probablemente deberíamos explicarles cuál era nuestra misión, pensé.

Mientras nos dirigíamos a algún sitio, a algún edificio, supuse, evitando pisar alguna caca de perro o de oveja, no advertí que algunos niños del pueblo nos seguían, comentado la situación con risas y dejes que me parecieron burla. Tampoco había advertido, cuando el anciano nos detuvo, que en lugar de un edificio, estábamos ante una tienda montada con cuatro palos maltrechos y una lona que cubría a medias alguno de los lados. Bonitos cojines bordados sobre una alfombra bien cuidada desentonaban con el resto del montaje. Dentro, dos hombres arrodillados flanqueaban a un tercer hombre, sentado con las piernas cruzadas. Los tres iban con turbante y velo y, por supuesto, eran azules. El de en medio, intuí, era el Señor tuareg.

Toni permanecía detrás, sujetando el HB-15 y a la espera que yo hiciera de intérprete. Le pregunté al abuelo si aquél de en medio era el Señor, y me dijo que sí. Se lo transmití a Toni.

- Pregúntale si aquí tienen móviles.
- Espera, Toni, aún no. Debemos presentarnos antes y que nos digan dónde estamos- susurré.

Hubo un intercambio de palabras, por no decir onomatopeyas, entre el Señor y el anciano, que supuse que eran en berebere o Tamasheg. El Señor tuareg se dirigió a mí en árabe y me preguntó quiénes éramos. Le dije, en mi limitado árabe, que éramos españoles y que una tormenta, más bien un tornado, nos había desviado de nuestra ruta y, al salir de él, nos encontremos ante unas playas de arena muy fina, al igual que las dunas que asomaban por detrás de ellas y que, sospechábamos, ya no estábamos en España.

El Señor tuareg me confirmó que, efectivamente, no estábamos en España. Habíamos atravesado el estrecho y que nos habíamos desviado mucho hacia el este. Tizi Lahij era el nombre de aquel poblado y que estábamos en la costa argelina. Aún así, explicó que la zona de influencia tuareg no era aquella, sino un poco más al sur. De hecho, tuaregs podían encontrarse dentro de un cuadrante que comprendía buena parte de Malí, Níger, sur de Argelia y sudoeste de Libia y Tizi Lahij estaba un poco más al norte. El hecho de estar tan lejos de casa me alarmó y no pude evitar pensar en el jovencito que se llamaba Javier Bellver; debíamos partir de allí de inmediato y por esa razón le expliqué que mi amigo era médico y que teníamos que llegar urgentemente a Barcelona, porque un paciente muy joven nos necesitaba allí.

La sola mención de que Toni era médico encendió algún tipo de mecanismo interno en el anciano que iluminó su cara. El Señor tuareg quedó pensativo mirando el horizonte arenoso del desierto. Mientras, puse a Toni al corriente de la conversación.

- No tenías que haberle dicho que era médico –me susurró-. Aquí seguro que necesitan médicos y muchas otras cosas.
- A lo mejor ayuda –respondí.
- No le hables del HB-15, ni me respondas a este tema. Podrían saber castellano.
- ¿No te estás obsesionando un poco? Me parece que la única ayuda que podemos obtener aquí es de esta gente.

Me giré y noté como los cuatro personajes nos observaban con curiosidad. Rogué que no supieran castellano y no hubieran entendido nada de nuestros tejemanejes. Así que pregunté dónde estaba nuestro avión y me dijeron que a dos horas de allí, atravesando el desierto hacia el norte. “¿Dos horas caminando?”, pregunté. A camello, que era en lo que nos habían traído, fue su respuesta. Aproveché que estaba de lleno en la tanda de preguntas para cerciorarme si había algún dispositivo de comunicación: teléfono, móvil, fax, ADSL… Quedaron en silencio observándome, sin ningún atisbo de sonrisa en sus rostros. Por lo que deduje que estaba hablando como si fuera un visitante marciano. Miré a Toni:

- No parece que tengan nada que se parezca a un teléfono.

Su cara mostró disgusto, mientras el HB-15 parpadeaba bajo sus brazos.

- Y el avión está a dos horas de aquí –añadí.

El anciano y el Señor iniciaron un diálogo en su idioma que se alargó durante varios minutos. Toni y yo aguardábamos a la espera de que nos propusieran una solución, como por ejemplo una caravana de camellos o algo así. Al final de su conversación nos dirigieron la mirada y no pude evitar preguntar si sabían en qué estado había quedado la avioneta. El viejo me contestó que él no sabía de avionetas pero que le pareció que bastante bien. No quise imaginarme lo que aquello significaba pues, tanto si había quedado bien como si no, allí habría unas cuantas horas de trabajo para ponerla en funcionamiento, amén de si encontrábamos algún sitio despejado y estable para despegar. La cuestión era que para organizar todo aquello sólo había una solución, que fue la que me propuso el anciano después de aquella reunión. Pero no adelantemos acontecimientos. El decrépito anciano me formuló una pregunta muy concreta: cuál era la urgencia que teníamos entre manos. Responder a aquello suponía desvelar lo que Toni y yo habíamos acordado mantener en secreto. Pero bien es cierto que si les explicaba el por qué de nuestra prisa por salir de allí, quizá tomarían conciencia y nos ayudarían. Así que se lo expliqué todo aunque ello me exigiría mentirle a Toni, el cual estaba muy nervioso por cumplir su misión y preservarla de extraños. Tras explicar que debíamos transportar un corazón vivo a un niño muy enfermo de Barcelona y que el chisme que mantenía Toni entre sus brazos tenía un límite de tiempo, el anciano arqueó las cejas mientras asentía. Toni me apremió:

- ¿Qué es lo que habláis?
- No, nada. Sólo le he dicho que tenemos una urgencia médica, para que se den prisa, aunque la prisa es algo que aquí no conocen mucho. Pero tranquilo, no he dado detalles –mentí.

Volvieron a hablar o, mejor dicho, berrear, entre ellos. Albergué la esperanza de que se pusieran manos a la obra ya que tanta onomatopeya no hacía más que alargar el asunto hasta el punto en el que me quedé de piedra al oír la expresión del anciano: “no os podéis ir; os necesitamos”. Nos conminaron a volver hasta la cabaña donde habíamos despertado momentos antes.

*- * - * - *

Malhumorado, Toni no entendía por qué nos teníamos que quedar, por qué le había dicho que él era médico ni por qué creían que podríamos ayudarles. Suerte que no conocía la verdad de todo lo que les había explicado, lo cual hubiera provocado que estuviera aún más nervioso. En la cabaña estábamos solos.

- Pues nos vamos a pata. Son dos horas de camino.
- Amigo mío –repuse-, estaríamos locos si dos ciudadanos como nosotros nos adentráramos en el desierto. Necesitaríamos agua, ropa adecuada y, lo más importante, saber el camino. Desviarnos medio metro sin saber el camino nos podría dejar a kilómetros del avión. Y, aún en el supuesto de que lo halláramos, deberíamos arreglarlo. No confío que aquella caída dejase el avión intacto. Necesitaríamos herramientas por si las que hay en el avión no están disponibles.

Al punto de la desesperación resopló profundamente. Se veía perdido.

- Entiendo los nervios, Toni, pero a veces, por mucho que se quiera correr, no se puede correr más. Estamos perdidos en este maldito desierto, a dos horas del avión, sin saber cómo está el avión. Esta gente no tiene prisa porque no se hace cargo de la situación.
- Tenemos que ver cómo salir de aquí, amigo. No sé cómo, pero tenemos que largarnos.

Dicho esto, nuestro amigo y anfitrión, el anciano, hizo acto de presencia en la cabaña. Ante nuestra expectación se puso a trastear con los cacharros de lo que, presuntamente, era la cocina. Preparaba algo que bien podía ser té o agua de la colada. Confié que fuera lo primero. Me dijo que nos pusiéramos cómodos porque tenía algo que explicarnos, y así lo hicimos. Estábamos impacientes por comprobar cómo habían organizado nuestra salida de allá para que volviéramos a España y que Toni pudiera acabar su misión: transportar un corazón para un trasplante a un niño en Barcelona. Me las prometí felices, pero no así mi amigo, que seguía con el semblante serio y cerúleo. Volví a recordar el nombre del anciano que, no sé por qué motivo, había rezagado en algún oscuro lugar de mi mente. Se llamaba Talil, así que le dije, más o menos, en árabe, algo así:

- Querido Talil, ¿qué nos cuentas? –me preparé para ir traduciendo a Toni, a medida que Talil fuera largando.

Lo primero que dijo era que nos agradecía nuestra presencia allí, que Alá nos había enviado para ayudar a su pueblo pero que para ayudarlo, tal como decía, debíamos escuchar la historia de aquella etnia, que comenzaba muchos años atrás. Seguramente, la historia que nos contó aquel chamán del desierto era igual que las que explicaban los historiadores con los subsiguientes cambios que se aplican al original, según el criterio de cada cual. Quizá la de él era más real, con matices, pero sin duda la más cercana a la realidad Tuareg.

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1 comentario:

  1. Pues si es muy larga la historia de los tuaregs...... se va a caducar el contenido del HB-15....

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