Llegó a las 18:25 al aparcamiento del García Lorca en un estado de ansiedad mortal. Yo ya estaba saliendo del hangar, con el Cessna listo para asomarme a la pista principal, bueno, la única que había, mientras la torre insistía en saber algo de mí. No podía decirles que necesitaría cinco minutos más, porque posiblemente retrasarían mi salida, por lo que me hice el sordo y comencé el rodaje hacia la pista, muy poco a poco.
El viento arreciaba con fuerza, me recordaba a una tormenta del Caribe y me estaba temiendo lo peor. Constantemente veía pasar por delante del Cessna papeles, bolsas de plástico y otros pequeños materiales volar dispersos y sin una dirección concreta. El aeroplano temblaba con fuerza y oía ruidos y cimbreos que antes nunca había escuchado. La situación se complicaba. Y Toni no llegaba. De ser así, debía meter el avión en pista y esperar a que llegara corriendo, obstaculizando cualquier otra salida y cualquier otra llegada, con lo que me arriesgaba a que me penalizasen e, incluso, que me retiraran la licencia. Pero peor sería enfrentarse a Toni si quitaba el avión de allí y teníamos que solicitar permiso a la torre de nuevo para despegar. Tampoco quería pasar por ese trance.
Empezó a llover o, mejor, a diluviar y era muy difícil identificar hacia dónde se dirigían las gotas de agua, porque el viento, cada vez más fuerte, no iba en una única dirección.
A lo lejos identifiqué, con la dificultad de visión que el tiempo me proporcionaba y con el parabrisas todo remojado, el 747 de British, rodando hacia la pista. Dada la situación en la que Toni aún no había aparecido, me pareció buena idea esperar a que despegase, aunque llevara un ligero retraso. Yo me colocaría a su cola y cuando llegase a pista, esperaría.
Toni frenó su todoterreno topando con la valla que lindaba el aparcamiento. Un buen golpe, pues había llegado con velocidad y había frenado tarde. Cuando salió, verificó si había abollado su nuevo y reluciente vehículo y, sí, el morro tenía un golpe y el embellecedor del ventilador se había partido; una fisura que requeriría reparación, seguro. Vehículo nuevo y reparación. Lo observó durante 3 segundos y se dijo: “A la mierda. Ya lo miraré cuando vuelva”. Cogió el HB-15 que llevaba en el asiento de acompañante, cerró de un portazo y se dirigió a la pista a toda velocidad, intentando cubrirse la cabeza con una mano, cosa inútil porque la lluvia arreciaba en todas direcciones. Le costaba verme, por lo que supe después, con esas condiciones tan adversas.
Me acerqué peligrosamente al 747 y recibí un aviso de la torre.
- ¡GR-2122! ¿Qué diablos está haciendo? ¡Manténgase alejado del 747! Deje la distancia de seguridad
Mientras pensaba qué contestarle, mi móvil sonó de nuevo. Reduje la velocidad y miré de reojo quién estaba llamando. Era Toni y la cosa se complicaba, porque ya sabía qué es lo que me iba a pedir. ¡Dios, qué difícil iba a ser aquella salida!
- Orozco, ¿estás en pista? –preguntó nerviosamente Toni-. No te veo.
- Estoy a doscientos metros de la pista, detrás de un 747 –contesté pensando que me iba a oir.
- ¡¿Orozco?! ¡No te oigo, grita más!
- ¡Que estoy detrás de un avión blanco muy gordo! –grité desde lo más profundo de mi ser.
El teléfono móvil quedó en silencio durante unos instantes que se me hicieron eternos; no sabía si él me había oído. Pero, ¡vaya si me había oído!
- Pásalo.
Observé de nuevo el móvil, atónito por lo que me acababa de pedir. En realidad, lo que me pedía era, poco más o menos, que renunciara a mi licencia de piloto, porque desobedecía una orden de la torre y podría poner en peligro a mucha gente. Pero pasaban los segundos y no se me aparecía una respuesta genial. En realidad creo que aquella tarde-noche lo que necesitaba era que se me apareciera la Virgen. Pero ni por esas.
El avión sufría las acometidas del fuerte viento –o, quizá, tornado- y un sinfín de nuevos chirridos y quejas surgían del fuselaje el cual, temía, pudiera resultar dañado.
“... aunque, claro, si quieres puedes adelantar al 747 cuando maniobre para tomar pista, ya sabes, a través de los matorrales…”
Claro, mi amiga de la torre lo había dicho. Aunque era una excusa poco creíble, o vamos, increíble, me decidí a que, si en alguna ocasión debía prestar declaración, la mencionaría a ella. Si tenía la oportunidad, claro, porque era poco probable.
- Toni –me maldije mientras pronunciaba cada una de mis palabras-, te espero en el extremo de la pista. Voy a pasarlo. Y, préstame atención: no te acerques al 747 por nada del mundo; no pases por debajo de sus alas.
- ¡No te oigo! ¿Dónde dices que estás? Orozco. ¡Orozco!
Como no sabía qué más decirle, decidí emprender la arriesgada maniobra de adelantamiento, manteniendo el móvil abierto a la espera de que, con mejor cobertura, Toni me oyera. El 747 estaba en la pista de rodaje hacia la de salida y, para situarse en ella, debía efectuar un giro de ciento ochenta grados. Me acerqué peligrosamente a su cola y mantuve su misma velocidad. Sólo tendría una oportunidad, la de hacerle un adelantamiento interior durante el giro, dado que la Cessna era mucho más corta y rápida y necesitaba menos distancia de giro que el 747. A más de uno se le iban a poner los pelos como escarpias.
sábado, 6 de febrero de 2010
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Ummm, parece emocionante. ¿Acción al más puro estilo Arma Letal?
ResponderEliminarVaya! si que te ha cundido el fin de semana...!!! Y ahora entiendo tu afición al Fly Simulator, tu veraneo en Granada .... estaba escrito..... Aunque ya me explicarás lo del tema médico... de dónde te viene... je, je. je...
ResponderEliminarProgresa adecuadamente y mantiene la tensión...
ResponderEliminarLeandro Diaz R.
de la revista duck&ugly
La distancia entre la realidad y la ficción es sólo un eslabón de la cadena. Tendréis que hallar cuál es ese eslabón y creer...
ResponderEliminarNacho.