Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

sábado, 6 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad 003

Debía yo buscar excusas convincentes para tratar su mal humor cuando salí al exterior de la sala de espera para fumarme un cigarrillo. Una familia de origen árabe estaba allí discutiendo sobre la acera, con un montón de maletas alrededor. Los dos hijos, niño y niña, parecían enfrascados en algún tipo de juego que no alcancé a comprender; el matrimonio, mientras tanto, debatían acaloradamente acerca de, probablemente, por qué razón llevaban tantas maletas, que dónde las pondrías, el coste de facturación… Mientras le daba las primeras caladas al cigarrillo agudicé el oído para enterarme por malsana curiosidad. Había pasado largas temporadas en Marruecos, en visitas por interés propio, y por trabajo y, aunque en nuestro vecino país también se chapurrea castellano, acabas aprendiendo algo de su complicada lengua. En verdad, preferible a aprender francés, al menos para mí.

Escuchar la conversación me distrajo durante un rato. La preocupación del hombre era que, con tanta maleta, y siendo de origen magrebí, las registrarían todas, revolverían toda la ropa y que, en fin, para qué tenían que llevar tantas cosas. Entendí que iban a coger el 747 y que volaban a Portsmouth. Deduje que era de visita ya que por esa razón, quizá no necesitaban tanto equipaje, aunque debo reconocer que algunos giros eran difíciles de seguir.

Mientras tanto, el cielo, al que desconocía su facultad de encapotarse cada vez más, oscurecía de tal manera que los vehículos que por allí circulaban debían encender sus luces. El viento arreciaba más fuerte y no apetecía tanto fumar en aquellas circunstancias. Expulsar el humo del cigarrillo es un placer cuando puedes contemplarlo a tu alrededor envolviéndote; si éste se esparce inmediatamente al dejarlo ir, da la sensación de que el cigarrillo no tira, o que uno no aspira lo suficiente, con lo cual las subsiguientes caladas son más fuertes y, al final, uno se quema la garganta.

Si a las 18:15 debíamos tomar pista para salir, media hora antes tendría que estar ya en el Cessna, comprobando niveles, activando el plan de vuelo en los diferentes instrumentos de navegación, probando radios, transpondedor… Me quedaban veinticinco minutos, durante los cuales esperaba que Toni hiciera acto de presencia. Yo había de tener el avión listo para salir aunque él no hubiese llegado. “Arribar i moldre” decía él cuando aparecía sobre el tiempo límite para salir. Alguna vez, incluso, había atravesado las pistas corriendo mientras yo ya había recibido permiso, desde la torre de control, para despegar. “Llegar y moler”, me había explicado traduciendo del catalán, dicho que yo no alcanzaba a comprender en las situaciones que me encontraba.

Pero bien, todos estos planes podían irse al traste si se cerraba el aeropuerto por las condiciones meteorológicas; no sería la primera vez, dado que los aeropuertos pequeños no tienen muchas soluciones para el tráfico aéreo en condiciones adversas. Rogaba a Dios que eso no fuera así, pues era preferible enfrentarse a una tormenta de verano como aquella que no a Toni encolerizado porque lo retenían en tierra. Así que, antes de tiempo, y con una sensación de advertencia en el vientre, me dirigí al hangar para empezar con los preparativos. No tenía ganas de volver a gestionar la salida, por lo que comprobé que tuviera todos los documentos encima.

Una vez en el hangar, subí a la Cessna y puse en marcha el sistema de radio. Contacté con la torre:

- GR-2122 a Granada Torre; solicito previsión meteorológica local para dentro de una hora.
- Granada Torre –chasqueó la radio al cabo de bastantes segundos- a GR-2122. Se avecina temporal importante en dos capas, hasta 5.000 pies y a partir de 6.500 pies a 12.000. Viento fuerza 5 dirección dos siete dos. Se prevén precipitaciones importantes. Cambio.
- RGR –comenté aceptando la información- ¿Piensan cerrar el aeropuerto?
- Negativo –contestó secamente.
- O sea, a las 18:15 ¿saldré?
- Orozco, vamos, no me colapses la radio. Sí, saldrás, seguro, aunque venga un huracán. Y ahora, quítate de en medio de una maldita vez. Tengo trabajo.
- Vale, vale, quisho, ¡qué mala leshe!

Desde luego, hacía falta mucho para ponerme de malhumor, pero estaba preocupado, muy preocupado, pensando en volar aquella tarde-noche. Suponía que, una vez saliendo al mar, encontraríamos estabilidad. Suponía. También era cierto que, aunque me preguntaba si sería seguro despegar, los de la torre lo tendrían claro y no arriesgarían a que nos topáramos con el Katrina, o algo peor. Para “exageraos” los andaluces. Esto no era ni por asomo el Caribe, por lo que debía descartar huracanes como aquellos.

Mientras iban pasando los minutos, y debo decir que muy lentamente, Toni había puesto rumbo al García Lorca a toda velocidad, con el HB-15 en marcha y con la mercancía dentro y bien custodiada. Ahora que comprendo mucho mejor su comportamiento y sus tics, sé que él sentía un nudo en la garganta por tal de que todo saliera bien y pudiera llevarse a cabo el traslado del corazón del donante de Granada. El tiempo del que disponía, era la primera barrera, aunque cabe decir que el HB-15 aumentaba generosamente los márgenes para ser implantado en un receptor. La segunda barrera era el tiempo atmosférico: él no recordaba haber visto un cielo tan negro a esas horas de la tarde, que amenazaba con una tormenta del carajo. Se decía para sí que como empezara a llover, cerrarían el aeropuerto y mierda, no había otra alternativa. Salir en coche era una opción, pero los riesgos eran mayores, quiso convencerse. No podía fallar, no otra vez.

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