- ¡GR-2122! Le repito que no se aproxime tanto al 747 o me veré en la obligación de hacerle volver –bramó la torre. Su tono de enojo me indicaba que ya había pasado la delgada línea.- Disminuya la velocidad inmediatamente. ¿Me oye, GR-2122?
Yo, como iba a la mía, no contesté. Observé el móvil, que permanecía en línea. Eché un vistazo a los alrededores pero no vi aparecer a Toni. La cosa se iba a poner buena. Las inclemencias del tiempo me ayudarían cuando tuviese que declarar, esperaba.
Al 747 le quedaban escasamente unos trescientos metros para el viraje a la izquierda y tomar pista para el despegue. Me pareció oír algún mensaje dirigido al Boeing de la British refiriéndose a mi y me pareció advertir que aceleraba para distanciarse de la Cessna. No podía perder su rebufo, porque si colocaba el morro en el principio de la pista antes que yo, perdería la partida. Pero tenía que esperar a los últimos veinte metros.
La torre emitía una retahíla de improperios que preferí ignorar. Podían entender perfectamente que, con el tiempo que hacía, la radio no me funcionara bien, vamos, eso digo yo. En ese mismo instante, advertí que en los aeropuertos, cuando algo así pasa durante el rodaje por las pistas, la torre envía un vehículo con señalizaciones para comunicarse con los pilotos. Había la posibilidad que allí lo hicieran, mas no vi a nadie acercarse, ni tan siquiera a Toni. ¿Dónde se habría metido? Me preocupaba, sobre todo, que me hiciera esperar en la pista, con la mole de la British detrás de mi y cabreado como una mona. Podría aparecer cualquier miembro de la Benemérita y darme un buen susto y todo se iría al traste, corazón incluido.
No más de veinte metros le quedaban al 747 para acercarse a pista y, obligatoriamente, dado su tamaño, había tenido que disminuir su velocidad. Sólo quedaba que se abriera mínimamente a la derecha y yo aprovecharía mi oportunidad para pasarle por su izquierda. Ciertamente, parecía un buen plan, pero caí en la cuenta de que un avión no es como un coche, y que prácticamente giran sobre sí mismos: no iba a abrirse hacia la derecha. ¡Qué burro fui de pensar así! Me estaba ganando que me retiraran el permiso sin haber ejecutado esa maniobra tan maravillosa. “A la mierda”, pensé. Era el momento. Mi momento.
No sé cuántos insultos, advertencias, amenazas y súplicas recibí desde la torre, pero puedo asegurar que me quedé con las ganas de ver la cara de los pilotos de la British durante el adelantamiento, tan puestos y tan monos ellos. No pude verlos porque su aeronave era mucho más alta, porque adelanté haciendo que mi ala derecha pasase por debajo de su ala izquierda, porque tenía los mandos fuertemente cogidos y porque tenía mucho miedo. Pude oír, finalmente, el frenazo del 747 seguramente a petición de la torre, y observar la pequeña nubecilla que desprendieron sus ruedas. Había ganado sólo a mitad del giro de ciento ochenta grados. Pude acabar el viraje y ante mi se posó la pista de despegue, aunque bien es cierto que con el temporal no veía completamente el final de la misma. Eché un vistazo a los instrumentos: altímetro ajustado, gps, radio, rumbo... Ciertamente, ya los había chequeado en el hangar e introducido el plan de vuelo. Salir de Granada era lo importante y después sería coser y cantar. Bueno, si aparecía Toni antes que la Guardia Civil, claro.
Cogí el móvil y ya no había, para mi sorpresa, comunicación. Marqué nerviosamente el número de Toni esperando por Dios que lo descolgara al primer timbrazo. Me pareció ver detrás de mi un toro bravo resoplando a escasos centímetros de mi Cessna. Era el 747 que me apremiaba a que le dejara paso. Un timbrazo. Si los pilotos ingleses se lo proponían, podían pasar por encima de la Cessna como si fuera una lechuga. Segundo timbrazo. Me estaba desesperando y puse el freno de mano, pensando en que si el 747 decidía apartarme por las malas, al menos de lo pondría un poquito difícil. Tercer timbrazo. Me saqué el cinturón de seguridad y me dirigí al portón de entrada de la Cessna para asomarme y ver si distinguía la silueta de Toni en aquel maldito día de perros. Cuarto timbrazo. No oía mi llamada. Abrí el portón y una ráfaga de lluvia helada me azotó mi cara, mi mano y mi móvil. No le veía a él, pero sí que veía el morro del 747 amenazante mientras, como si de música de fondo se tratase, la radio emitía no sé qué instrucciones.
Una pequeña luz de neón parpadeó en algún lugar de las tinieblas que no pude ubicar. Tras el segundo parpadeo identifiqué de dónde venía y supuse que era él.
- Toni, aquí, aquí –me desgañité para que me oyera, aunque dudo que pudiera hacerlo con aquel viento y aquella fuerte lluvia- ¡Toni, ve hacia la pista!
- Ponte en marcha –gritó él o supuse que gritaba. El portón se cerró de un fuerte golpe ante mis narices, o mejor dicho, en mis narices por lo que tuve que hacer un gran esfuerzo para abrirlo de nuevo a contraviento.
- ¡¿Qué?!
- ¡Que pongas en marcha el dichoso avión, coño!
Después de lo que ya había hecho, llegaba la escena final. Toni subiéndose en marcha. Sólo faltaba eso. Dudé durante unos instantes si valía la pena o lo esperaba allí mismo para ayudarle a entrar. Pero si tenía que oírlo después jurar en arameo por no haberle hecho caso, prefería seguir sus instrucciones. Eché el móvil lanzándolo a cualquier parte, o a ninguna, y me puse manos a la obra: flaps extendidos a tope –teníamos que salir de allí volando, y nunca mejor dicho-, motor a tope de revoluciones y, cuando ya estuvieran altas, quitar freno de mano. Aquel no era un día para piloto automático; con aquel potaje en el cielo el piloto debía tener mucha pericia, más aún con una aeronave tan frágil como la nuestra. Cuando las revoluciones ya estaban a tope, quité el freno de mano y el avión empezó a desplazarse lentamente; el portón se cerró de golpe. “Mierda, mierda, mierda”, pensé. La Cessna en movimiento y el portón cerrado; en esta situación Toni no podría entrar. Se daría un hostión y luego el 747 le pasaría por encima, seguro. Decidí no frenar el avión, me levanté de nuevo y abrí el portón en marcha, confiando que Toni apareciese de inmediato. Íbamos aumentando la velocidad poco a poco y no advertí en que el temporal desviaba la trayectoria de la Cessna fuera de la pista. Era igual, ya rectificaría cuando Toni estuviera dentro conmigo. No estaba tras el portón. “Carajo”, maldije. Finalmente, apareció corriendo, jadeando, empapado, con el móvil en una mano y el HB-15 en la otra. Me tendió la mano donde llevaba el móvil mientras atraía hacia sí, con fuerza, el HB-15 con la otra. Un último esfuerzo me permitió meterlo de cualquier manera dentro. Lo dejé ahí estirado en el suelo de la avioneta mientras me dirigía a los mandos; no esa cuestión que, después de tan absurdas maniobras, acabáramos a un lado de la pista medio tirados.
Rectifiqué la trayectoria. A pesar del fuerte viento no me costó demasiado. No en vano, íbamos ya cuarenta nudos y debía alcanzar, como mínimo los sesenta y cinco para despegar. Observé por el rabillo del ojo que el Boeing también salía detrás de mí. Esta era buena: o sea, que como yo hacía infracciones en pista, esto posibilitaba que otros las hicieran también.
Un azote de viento racheado frenó la Cessna haciéndole disminuir la velocidad. El Boeing nos seguía. Sentí un movimiento a mi derecha que percibí también por el otro rabillo: era Toni que se incorporaba y se sentaba en el asiento del copiloto con bastantes dificultades. Me pareció adivinar que tomaba asiento apretujando el HB-15 fuertemente en su regazo, no fuera a saltar por los aires.
- ¡Ya te daré luego la bienvenida! De momento, ponte el cinturón. ¡Rápido! –le urgí.
Él no respondió y supuse que estaba asustado y agotado de corretear por las pistas con un corazón palpitando entre sus manos. Pero yo tenía demasiado trabajo como para prestarle más atención. Me tomé un segundo para repasar los problemas por orden de prioridad. Uno. El tiempo había empeorado y nadie había cerrado pistas; yo estaba en una de ellas intentando despegar. Dos. Después de hacer lo que había hecho, no me podía tirar atrás. Vendrían los picoletos y me llevarían a chirona, sin más. Tres. Un 747 me estaba pisando los talones y no deseaba comprobar qué pasaría si me detenía en pista. Y cuatro. Había cabreado lo suficiente a la torre como para que no me diera instrucciones de salida ni avisos de cambio en el espacio aéreo. Allí arriba, si salíamos, estaríamos más solos que la una.
Me concentré en el primer punto. Vencer el mal tiempo era una cuestión de pericia y de fuerza, porque los mandos se obstinaban en oponerse a los movimientos que les ordenaba. Una vez saliéramos volando, los puntos dos y tres dejarían de ser un problema.
Estábamos llegando ya a los sesenta y cinco nudos cuando percibí que no quedaba mucha pista, aunque no se detectaba demasiado bien su final. Si esto era así, es decir, que se acababa la pista, el 747 debería estar yendo a ciento cuarenta nudos como mínimo, lo que significaba que estaría a punto de arrollarnos. Era el momento de la verdad. Tiré con fuerza hacia atrás de los mandos y la Cessna se despegó del suelo torpemente. A seis metros de altura comprendí que quien dominaba la avioneta no era yo, sino el viento, que la flagelaba como a una pluma. El viento nos desplazó lateralmente hacia la derecha y, gracias a ello, pudimos observar cómo el Boeing surcaba los aires paralelamente a nosotros por la izquierda. Comprendí, entonces, que los cabrones ingleses, si hubieran podido, nos hubieran aplastado como a una mosca. Lo cierto era que, por imposible que pareciese, estábamos volando.
La torre hacía bastante rato que había dejado de jurar en arameo y por ello, me sorprendió oír su voz entre chasquidos:
- GR-2122, tome rumbo cero nueve cero y cambie a espacio aéreo de clase B. Buenas tardes –dijo secamente. En el argot, buenas tardes significaba que cortaban la comunicación con nuestro avión, debido a las torpezas y peligros que habíamos causado. Significaba que nos abandonaban a nuestra suerte y no podíamos contar con ayuda de esta torre. Deberíamos esperar a contactar con cualquier otra que seguramente habría durante nuestro trayecto. Por tanto, debíamos esforzarnos en seguir el plan de vuelo que, como había dicho la torre, era cero nueve cero, es decir, dirección este, hacia el mar, sobrevolando Almería y quizá un trozo de Murcia, hasta encontrar la costa. Luego sería mucho más fácil yendo hacia el nordeste, hacia Barcelona.
lunes, 8 de febrero de 2010
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Esto engancha más que "Perdidos"...... ahora no puedes dejarlo, eh?
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