Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Finalizada la obra "El asesino del confesionario"

Tengo el placer de anunciaros que "El asesino del confesionario", título final, se finalizó durante el mes de octubre de 2010, y está en fase de revisión. Ésta quedará lista durante el próximo mes de enero. Os paso el resumen de contraportada, a ver qué os parece:

Àlex Gilart es un policía que está siempre bajo sospecha: las drogas, sus amistades en el mundo del hampa, su despreocupación por cerrar los casos que le son asignados... La otra cara de la moneda es Esteve, su hermano, párroco de la iglesia del bonito pueblo de Sant Gerard, siempre volcado en la ayuda a los más necesitados y luchando, a su manera, contra la droga.
Dos mujeres se cruzarán en el camino de ambos: Carla, policía valiente y perfeccionista y con un instinto fuera de lo común, y Matilde, que cae en brazos de Esteve huyendo de las palizas de su marido.
Y un secreto muy bien guardado entre hermanos.
Y un asesino a sueldo y sin escrúpulos, que quiere limpiar la ciudad de la escoria de la sociedad...

viernes, 26 de febrero de 2010

Tertulia literaria

Hola, amigos lectores:

Aquí podéis ir dejando un hilo de comentarios que iré contestando gustosamente.

En primer lugar, deciros que ahora estoy (aunque a paso de tortuga) con "El asesino...", llevo más de 70 páginas y no le veo el final. Jobar.

En segundo, anunciaros que saldrá la segunda parte del latido, porque Toni le dice a Orozco que deje pasar un par de años, así que...

Y sí, será en Sudamérica.

Nacho Jiménez.

Un latido para la eternidad - 022 (LEER ANTES CAP. 021)

Epílogo

La palabra Tuareg puede significar dos cosas: según los árabes los Tuareg son los abandonados de Dios, pero el término también sirve para señalar este pueblo como el pueblo del velo azul.

Este relato contiene muchas inexactitudes, como por ejemplo, lo que comen los Tuareg, o cómo se organiza una población como la que aquí aparece. Mucho más inexacta es la localización de la ficticia Tizi Lahij que se sitúa mucho más al norte de donde suelen hallarse tribus Tuareg. De hecho, su territorio o hábitat natural es un enclave situado entre Mali, Níger, Argelia y Libia. La punta más septentrional se encuentra en la zona fronteriza entre Argelia y Libia, y dista muchos kilómetros de donde se estrellan los protagonistas en la avioneta, porque lo hacen en una zona cercana al mar. La ciudad de Tombuctú sí que existe y es cierto que fue invadida en numerosas ocasiones por diferentes pueblos árabes.

El episodio de Lajla Abdillah es invención del autor, pero se presupone que el papel de la mujer en el mundo Tuareg tiene mucha más preponderancia que en muchos otros pueblos musulmanes, aunque es cierto que el pueblo del velo azul fue islamizado en numerosas ocasiones.

Hay mucha fantasía en las líneas de este cuento, dado que es muy difícil dejar una avión en buen estado en un desierto de dunas y prácticamente imposible alzar el vuelo desde él.

No se especifican los procedimientos médicos que se llevan a cabo en el trasplante del joven Omar, pero en una situación real, el príncipe no hubiera sobrevivido a una operación en aquellas circunstancias, sin medios, sin higiene... Por otro lado, el autor desconoce si un pueblo como el Tuareg aceptaría un trasplante. Es conocido que muchos pueblos árabes rechazan trasplantes de órganos provenientes de extranjeros. En cualquier caso nunca se ha pretendido ofender ninguna creencia religiosa. Muchos de los datos sobre los Tuareg provienen de la web http://www.almendron.com/arte/culturas/tuareg/tuareg.htm que utiliza el catálogo “Tuareg. Los nómadas del desierto”, 2001, Fundación “La Caixa”.

Un latido para la eternidad - 021

La histórica cimitarra que había ido de mano en mano desde tiempos de Laijla Abdillah cayó a la velocidad del rayo en dirección al cuello de Kamal y, en el último instante, Toni desvió el filo que rozó el pelo del Tuareg y descargó toda su fuerza en el bordillo de la acera, haciendo que se partiera en dos y desprendiendo chispas del roce del acero con el asfalto. Sorprendido por su súbito cambio de opinión, Toni observó lo que quedaba de la cimitarra y siguió descargando golpes, uno tras otro, sobre el pavimento, fracturándola un par de veces más, hasta quedarse con la empuñadura.

Atónito, miraba a Kamal, que en su postura con las rodillas y manos en el suelo, seguía con los ojos abiertos, tras dar un respingo por cada golpe que Toni descargaba en la acera, pero sin levantar la cabeza. Toni lanzó con toda su rabia lo que quedaba de cimitarra a un lado de la carretera y se fue hacia Kamal que no sabía qué debía hacer. Lo izó por las solapas de la camisa profiriéndole todo tipo de insultos, fuera de sí e intercalaba alguna frase como:

- ¿Por qué me obligaste a hacerlo? ¿Por qué? –jadeaba entre sollozos-. Seguro que tu dios lo hubiese salvado, seguro.

Acabó arrodillándose ante el Señor Tuareg, llamándole “cabrón” una y otra vez y, cuando ambos estaban a la misma altura, Toni extendió las manos y lo abrazó entre gritos, sollozos e hipos, preguntándose repetitivamente el por qué. Acomodó su cara en el hombro de Kamal y, entonces, éste me miró con semblante muy serio y lo abrazó a él a su vez. Kamal también lloraba y, por descontado, yo no pude ser menos.

*- * - * - *


Pasaron dos meses en los que mi mente tuvo que estar alerta para salvar los escollos de una denuncia por pilotaje agresivo, por desobediencia a la torre y por intento de homicidio temerario, al salir volando del García Lorca el día del huracán. Pero tuve suerte.

El perito demostró que la radio no funcionaba, certificaron que la visibilidad aquel día era nula y que, por tanto, podría no haber visto el Boeing a mi lado. Lo que el juez dictó es que la temeridad había sido no cerrar el aeropuerto aquel día y a la mujer de la torre de control le cayó un paquete. Supuse que la despedirían o la pondrían a mover pilas de papeles de un lado a otro. Me culpé varias veces por su fatalidad, porque no debía olvidar que, aquel día, los temerarios fuimos nosotros.

No podía evitar pensar que, después de todo lo pasado, en esta historia la suerte nos había dado la cara en todo momento y quedará grabado en mi mente para siempre el recuerdo de la gente de Tizi Lahij, que correspondió con agradecimiento nuestro paso por allí. Otros no habían corrido tanta suerte y seguramente Toni se consideraba uno de ellos.

Estaba en Barcelona. Después de volver a tener habilitada mi licencia de piloto, hice varios vuelos y un encarguito me había llevado hasta allí. Tenía que llevar una valija a un huésped del Hotel Princesa Sofía y entregarlo en mano. Discreto que soy yo, no hice preguntas, pero el asunto no me gustó. Aterrizar en Sabadell tenía ventajas, más que en El Prat, sobre todo en lo que a controles policiales se refiere. Y los dinerillos eran buenos dado que aquellos trabajos estaban bien pagados.

Aquel día había partido del Barça, contra el Sevilla, y Joan XXIII y Arístides Maillol eran un hervidero de gente porque en unas horas iba a disputarse el partido. Para mí, ni el Sevilla ni el Barcelona eran de mi agrado, pero un partido en el Camp Nou era un partido. Así que decidí gastar parte de los dinerillos buscando una entrada en la reventa. Bajé por Joan XXIII entre el hormiguero de gente, entre vendedores ambulantes de banderas, gorros y trompetas, grupos de jóvenes sonrientes, padres con sus niños cogidos de la mano... Todos en dirección al campo.

Al pasar por delante del Cementerio de Les Corts me detuve un instante y medité. Toda mi motivación por ir a ver el partido de fútbol se congeló unos instantes mientras observaba el edificio del tanatorio recortarse contra el cielo. Algo me decía que tenía que entrar allí. Había un asunto pendiente en toda esta historia. Dirigí de nuevo la mirada hasta la riada de gente que iba y venía. Padres con sus niños.

Entré en el edificio y me dirigí a la recepción, donde una señorita manipulaba distraídamente el ordenador.

- Perdone –la interrumpí-. Me gustaría saber si aquí está la tumba de Javier Bellver.

No me hizo el menor caso o, al menos, eso deduje, porque siguió tecleando el ordenador. Pero levantó la mirada cuando éste le dio la respuesta. Se ajustó las gafas por encima del puente de la nariz y me dijo:

- Bon dia. La trobarà al final del passadís tres. Fa cantonada amb el carrer dels oms.

¡Vaya casualidad! Javier Bellver estaba allí y estaba junto a una calle plantada con olmos de arriba a abajo. No me lo podía creer. Busqué ansiosamente el pasillo tres y lo recorrí con el pulso acelerado, hasta llegar al final, donde una hermosa calle con olmos de gran altura y que, sin duda, habían superado las enfermedades que habían erradicado aquel árbol de toda Europa, prestaban su bondadosa sombra a lo largo de ella.

Junto a los nichos que hasta allí llegaban por la calle tres, había un nicho noble, con una lápida de casi un metro y medio de alto, con multitud de lirios y cintas de recuerdos. El olor a lavanda embriagaba el ambiente. “Aquí yace Xavier Bellver i Torró, muerto a los 7 años de edad”, declaraba la lápida sucintamente. Entre los lirios observé que había un trozo de papel entremetido y medio arrugado. Lo extraje suavemente y quedé perplejo al observar que era la mitad del dibujo que Toni llevaba encima y que me mostró en el poblado Tuareg. Mostraba la mitad oscura, la de los infiernos. No pude evitar emocionarme pero entonces entendí que él tenía que estar allí. Busqué en los alrededores y bajo un olmo, sentado en un banco lo encontré, a unos quince metros de la tumba, sentado, con las piernas cruzadas y con una barba de bastantes días. Me acerqué con el pulso acelerado.

- Debes llevar muchos días rezando aquí –le dije a Toni, que seguía con cara demacrada, tal como lo dejé la última vez.
- He venido casi cada día, aunque lloviera.

Se hizo el silencio y su extraña sonrisa mostró la tristeza de sus ojos, mirando siempre en dirección a la tumba.

- No sé por qué me pasa esto y no lo puedo remediar. No sé cómo fui educado ni sé cómo puedo superar esto, amigo mío. Pero ante los errores que uno comete en la vida, he aprendido que debo reaccionar.
- Celebro que pienses así, compañero. Deberías haberlo hecho hace tiempo.

El tragó saliva y yo sabía que tenía que darme una noticia, la que fuera, pero tenía que dármela. Esperé impaciente pero sabiendo que no debía interrumpirle. Llegué a pensar que Xavier Bellver pudiera ser hijo suyo, pero reconozco que los repuntes emocionales a veces juegan una mala pasada a mentes calenturientas como la mía. No era nada de eso.

Se miró los zapatos durante unos instantes antes de anunciar lo que le pasaba por la mente, y me devolvió la mirada triste.

- Me voy.
- ¿Sí? ¿A dónde?
- Lejos, muy lejos. No puedo seguir aquí. Muchos recuerdos me atan.
- ¿Tizi Lahij, quizás?
- No, no. Por mucho que quisiera, no podría volver allí. No sé ni cómo acabó Omar. Espero sinceramente que bien. Debes saber que cumplí mi compromiso y envié un cargamento de medicinas para el rechazo... Supongo que funcionaría.
- ¿Entonces? –apremié.
- Sudamérica. No sé... me gustaría irme a la selva, a Brasil, o Bolivia. Quizás Perú. Ya sabes que los idiomas no son mi fuerte. Pero me gustaría irme a hacer lo que nunca debí dejar de hacer –se interrumpió y suspiró-. Curar.
- ¿A la selva?
- Sí. Dedicarme a la gente sin recursos, como los de Tizi Lahij, valerme por mí mismo de una vez y dejar de vanagloriarme por las misiones cumplidas. La misión que comenzaré en breve será la definitiva y ya no la tomaré como tal. No es un reto. Y tú me hiciste recordar lo que yo soy.

Tragué saliva ante el incipiente disgusto de pensar que no le volvería a ver nunca más. Porque en realidad le apreciaba mucho, después de la aventura, la enajenación y todo lo que rodeó aquellos días. Le tenía como a un hermano pequeño.

- Puedo ir contigo. En la selva puedes necesitar un buen piloto. Ya sabes lo grande que es –intenté convencerle.
- Amigo, no puede ser. Este viaje lo tengo que hacer solo. No te digo que no vengas, pero deja pasar un tiempo. Un par de años. Y entonces, si quieres, vienes a verme. Pero quiero empezar de nuevo.

Empecé a llorar en silencio. Iba a levantarme para dejar aquel triste y solemne lugar pero mi amigo me asió del brazo.

- Me gustaría que guardaras esto –y me extendió la mitad del dibujo de Javier Bellver que quedé mirando encandilado. La mitad positiva, la mitad de la vida-. Quiero que lo guardes para cuando vengas a verme.
- Ya. Pero, ¿cómo te encontraré?

Me dejó una tarjeta con un número de móvil. Esperé un instante antes de guardarla en el bolsillo de la camisa. Para entonces el que se había levantado era él. Me dio un fuerte abrazo estando yo aún sentado y se fue, con paso taciturno, pero decidido. Era el adiós.

Antes de que desapareciera le pedí una última explicación:

- Toni, después de todo lo que hemos vivido, aún no me has explicado qué te unía a Javier Bellver, el por qué de todas tus reacciones...

Él se detuvo sin girarse sobre sus talones y se mantuvo pensativo y con la cabeza gacha, hundida entre los hombros. Quería creer que había una relación entre ellos dos que yo desconocía.

Volvió lentamente su mirada sobre mí y me dijo:

- Un latido. Es cierto que lo conocía, pero eso no lo diferenciaba de los demás. Omar vivió y él no. Sólo un latido los separaba –no dijo más y emprendió su camino.

El dibujo de Bellver pendía de mi mano y la suave brisa que bajaba de Collserola lo mecía mientras lo miraba embobado, con un enorme vacío en mi corazón.

*- * - * - *

jueves, 25 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 020

Lajla Abdillah se había dedicado, desde el destierro voluntario, a la construcción de Tizi Lahij sin aspirar a convertirlo en un imperio. Bastante tenían con subsistir y para ello se ayudó de la caravana que encontró en el desierto. Aquel hombre al que le había cortado la mano sobrevivió y aprendió diferentes técnicas para valerse con la otra. Ella aún era joven pero sabía que no le quedaba mucho tiempo. Los dolores en el costado y brazo izquierdo iban a más y se cansaba con el más mínimo esfuerzo, hasta el punto de que en muchas ocasiones debía medir muy bien lo que iba a hacer a continuación para no quedarse sin resuello. Aunque no había engordado, cada vez le costaba más moverse.

Había tenido descendencia, un niño que se llamaba Mustafá pero su padre no mostraba mucha preocupación por él, todo al contrario. Aún así, Lajla debía protegerlo y enseñarle, porque él sería el futuro líder de la tribu y la vida en el desierto no era tarea trivial. Así que lo puso en manos de Karim, el líder espiritual del poblado que, además de ideólogo, era el que velaba por la salud de los habitantes. Junto a Karim diseñaron y ejecutaron planes de viabilidad agrícola y ganadera, se abastecieron de materia prima y crearon diversas rutas comerciales que les proporcionaron abundantes ingresos que repercutieron en el bienestar social de Tizi Lahij. Pero, sin duda, los planes de Karim eran otros. Sabedor del estado de salud de Lajla, sabía que tenía que esperar: el joven Mustafá estaba en sus manos. Sabía que si estrechaba lazos con el Islam su ansia de reconocimiento estaría satisfecha y tendría a su alcance todo aquello que anhelaba de un mundo islamizado, convirtiéndose líder religioso y creando un centro de actividad militar cerca del Mediterráneo. Podría conocer mundo y expandir sus creencias en tierras de infieles.

El niño Mustafá era avispado, como su madre, y había heredado la habilidad por los números de su padre. Pero sólo era un niño y quedaría huérfano de un tutor válido y legal si ella moría. También es cierto que nada le impedía nombrarlo rey de Tizi Lahij pero eso no aseguraba que la línea sucesoria mantuviera sus principios.

Un día, Mustafá le contó a su madre que había estado oyendo una conversación entre su padre y Karim y quería saber qué pasaría con él cuando Lajla no estuviera.

- ¿De qué hablaban? –inquirió Lajla con cierta preocupación
- No lo sé. No les entendía... –replicó Mustafá sin evitar mostrase cariacontecido -. De vacas y de reyes, o algo así. Que un día Tizi Lahij sería muy grande. Que habría un palacio y un sultán. ¿Qué quiere decir todo esto?

Lajla se estremeció y abrazó a su hijo porque comprendía qué significaba todo aquello. En su vida había sorteado diversos avatares gracias a su don para decidir cómo actuar en situaciones límite. Cortarle la mano a aquel mercader fue su primera gran decisión y como aquélla hubo unas cuantas más, todas ellas fijadas a un denominador común: de entre las opciones, la primera que viene a la cabeza es la buena. Y si se decide en un segundo, mejor. Aquel segundo de incertidumbre le salvó la vida al mercader del desierto. Un segundo para la eternidad. Pero también era cierto que su estado de salud había empeorado y cuando uno envejece o enferma, es más difícil tomar decisiones difíciles y además, rápidamente. Cuando uno se hace mayor, intenta que toda la experiencia acumulada le ayude a tomar la decisión correcta, pero se pierde en rapidez y quizá, con el tiempo perdido, la experiencia ya no sirva para nada una vez te has decidido.

Las dudas inundaron a Lajla que sopesó las alternativas al problema que se le planteaba. Karim y el padre de Mustafá tramaban expandir Tizi Lahij como si fuera un gran imperio y la ayuda la pensaban obtener de algún pueblo musulmán. Si eso se llevaba a cabo, la tan ansiada independencia que el padre de Lajla les había inculcado a todos sus hijos se perdería en el olvido de la brisa del desierto. Ella escapó de la matanza de su familia cuando era una adolescente, pero Mustafá era un niño pequeño y no podía obligarlo a escapar. Matar era una opción, pero tenía delante a dos hombres muy habilidosos con la cimitarra. En su estado de salud sería muy difícil batir a los dos, aunque les sorprendiera por la espalda. Otra cuestión era encontrar aliados, pero sabemos muy bien que los hombres del desierto se venden por muy poco y no tenía en quien confiar. Había puesto todo el empeño en su brazo derecho, Karim, porque lo necesitaba para hacer crecer la tribu y, a pesar de que le había fallado, no tenía a nadie más. Y, además, debía sopesar que la conspiración no hubiese llegado demasiado lejos y la quisieran eliminar a ella.

Podía intentar utilizar la Guardia Azul, que así se llamaba el puñado de hombres que se encargaban de la vigilancia del pueblo y de las cuestiones militares. Pero era eso, un puñado de hombres que nunca habían entrado en combate y que podían estar corrompidos por el pérfido Karim.

Lajla había perdido valor y fuerza, se sentía vieja y con pocas opciones, y la angustia le iba cercenando cada día hasta el punto de que estaba viviendo una tortura sin saber qué decidir.

Pasaron los días junto a la fuente de la mezquita, donde durante largas horas deshojaba la margarita, y largas noches de insomnio padeciendo por el futuro del Tizi Lahij y de Mustafá. Se preguntaba a cada minuto si la dolencia que tenía sería hereditaria y si Mustafá también sufriría del corazón. Se cuestionaba si debía coger un caballo y huir con él, en busca de una nueva tierra prometida, pero se le antojaba imposible. Si ella no aguantaba, morirían los dos en pleno desierto.

Una noche decidió por fin qué haría. Había sido valiente durante toda su vida y había tomado siempre decisiones presurosas pero certeras. Acabaría con los dos, con Karim y el padre de Mustafá y el hecho, por sí solo, le valdría el respeto de todo el poblado hasta el fin de sus días. Era una acción decidida, contundente y plena de riesgos. No podía fallar. Lo planeó según le vino, y decidió que la primera forma de acabar con ellos que se le había ocurrido, sería la primera. Al despertar, guardaría la cimitarra bajo los cojines y los haría llamar. Liquidar a Karim era prioritario, era el más peligroso. Con Karim fuera de circulación, el padre de Mustafá se acobardaría e imploraría clemencia: sería una presa fácil. Tendría pocas oportunidades, y no podía permitirse ningún fallo.

Pero como sucede en la mayoría de estas situaciones, cuando uno le da tantas vueltas a la cabeza y tarda en decidir qué caballo domar, el caballo, al final, ha huido. Y a la mañana siguiente, despertó con Karim y el padre de Mustafá rodeando el jergón donde dormía. El primer pensamiento que le vino fue el de la cimitarra, que estaba fuera de su alcance. El segundo, fue la duda: no sabía de las intenciones de aquellos dos personajes, pero no se intuían buenas.

- ¿Por qué me molestáis ahora? –preguntó Lajla.
- No pretendemos molestar, mi señora –contestó Karim mientras el padre de Mustafá emitía una sonrisilla histérica -. Sólo queremos asegurarnos de que estás bien.

En el exterior se oía el sonido de los cascos de caballos entrando en la aldea. ¿Invasión? ¿Se habían aliado finalmente con cualquier otro pueblo para obtener los fines que habían planeado? No había tiempo que perder, pero tampoco podía moverse. Cualquier intento de pasar a la acción sin un arma en las manos era poco menos que suicida.

- ¿Dónde está Mustafá? Quiero que me lo traigáis ahora mismo –ordenó elevando la voz por encima del murmullo de los caballos.
- No tenéis de qué preocuparos. Mustafá estará bien atendido.

El padre de Mustafá extrajo de su fajín una daga cuyo filo brilló con la luz que entraba del exterior. Se acercaba el final y aquel sádico no dudaría en usar su arma contra ella. Estaba perdida y Karim observaba al otro hombre impacientemente para que actuara.

Pero las lecciones que se puedan dar en la vida que, a menudo, nos parecen olvidadas, no caen en saco roto, y un hombre apareció a la espalda de Karim y el padre de Mustafá blandiendo la cimitarra de Lajla con una sola mano. Con el codo del brazo libre golpeó a Karim que fue a parar contra una de las paredes cayendo doblado y aguantándose el abdomen por el intenso dolor. Con dos hábiles movimientos de espada, atravesó al padre de Mustafá que cayó de espaldas manteniendo la daga en su mano. Estaba muerto antes de yacer en el suelo. De un salto se plantó ante Karim, de espaldas a Lajla y preguntó:

- Podéis decidir o puedo decidir yo por vos, mi señora.
- Por favor, no lo mates –suplicó Lajla, jadeando -. Quedará desterrado a dos días de aquí con agua y comida.

Aquel hombre pensó durante un segundo, el famoso segundo de la decisión y levando la cimitarra, con un brazo, por encima de su cabeza.

- Pues si va a ir con agua y comida, no necesitará los dos pies –y descargó el sable a la altura del tobillo izquierdo de Karim, el cual exclamó un terrible grito de dolor que debió oírse en toda la aldea.

El hombre se volvió hacia Lajla mientras Karim seguía gorgoteando.

- Yo estaré a vuestro lado y os ayudaré con el pequeño Mustafá, hasta que sea el líder de nuestro pueblo, y velaré por él como si fuera hijo mío – dijo, sosteniendo la espada con una mano y mostrando un muñón en la otra.


*- * - * - *

miércoles, 24 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 019

- Tenemos que llamar –bramó Toni como ascendiendo de lo más hondo del inframundo, cuando recordé que de móviles, nada de nada. Las baterías estaban fundidas desde hacía días.
- Creo recordar que en los alrededores había una cabina de teléfono –respondí, mientras Kamal iba mirando a uno y a otro, con las manos atadas a su espalda.

Nos dirigimos hacia las afueras del aeródromo y Kamal nos seguía. Supuse que quería seguir con nosotros, a pesar del rapto, a quedarse solo y maniatado en un país extranjero. Es cierto que presentía que nos entendía en nuestra lengua, pero... No sabíamos, ni él ni yo, qué futuro le deparaba; estábamos en manos de Toni y creía que en aquellos momentos no estaba en sus cabales.

Una calle asfaltada que llegaba de algún sitio, una cerca baja de madera blanca que necesitaba una mano de pintura y bordeaba el aeródromo, una acera destartalada con alguna alcantarilla oxidada, un vehículo abandonado y olvidado desde hacía mucho tiempo... Cualquier vestigio de vida o actividad había pasado al anonimato del olvido. Todo estaba muy solitario y me daba miedo. Aquello había llegado muy lejos y no me hacía gracia estar allí en aquella situación, con un rehén y un loco armado con una cimitarra de medidas espectaculares. En esa calle sí que había bolas del desierto campando a sus anchas. Imaginaba que a aquellas horas las ratas estarían preparando sus excursiones nocturnas para darse algún festín a cargo de algún gato muerto... Y la cabina telefónica. Allí estaba a unos metros. Destartalada, sin vidrios, con pintadas grafiti ya desgastadas. Me jugué mi licencia de piloto a que aquel trasto de teléfono no iba a funcionar. Me jugué la licencia porque deseaba con toda mi alma que el teléfono no funcionase, que no hubiese comunicación para que la llamada que debía hacer Toni no se hiciese.

- Esperad aquí –ordenó Toni, con los ojos hundidos y la tez algo amoratada. Los nervios que le habían consumido durante parte de su vida se estaban dando un festín de adrenalina. Hurgó en su bolsillo y extrajo unas monedas que se quedó mirando durante unos instantes, como dudando.

Se introdujo en la cabina, que no tenía puerta y descolgó, con la mano que sostenía las monedas, el maltrecho auricular. Como necesitaba las dos manos, apoyó la cimitarra a uno lados de la cabina, por el exterior. Me la quedé mirando pensando si iba a tener una oportunidad de hacerme el valiente, cosa que, por otro lado, no iba con mi personalidad cobarde. Vi el objeto del deseo como la salvación para que aquello no fuera más lejos. Pero no me atrevía. Toni fue introduciendo moneda a moneda por la ranura, hasta que se quedó sin. Marcó una serie de números y deduje que aquel cacharro tenía línea. Recé para que nadie contestara.

- Aquí Toni Soler. Pásame con vascular –dijo en un susurro. Mi pulso se aceleró golpeándome las sienes y los oídos con tal fuerza que no oía con claridad-. Sí, espero.

Las cabinas normalmente se tragaban las monedas con celeridad. Si le hacían esperar demasiado podría acabarse el tiempo y la comunicación quedar cortada.

- Aquí Toni Soler –volvió a contestar-. Sí, estoy en Granada aún... Sí –se hizo un nuevo silencio-. Pero... Si puedo llegar rápido aún –instó con voz trémula-. Hubo un tornado... y nos desviamos un poco... –observé que daba pequeños respingos; estaba llorando-. Y aún tengo el corazón, puedo llegar.

Algo no iba bien en esos momentos. “Tenía el corazón”, había dicho. Y se refería al de Kamal. Ciertamente, había enloquecido y la cimitarra descansaba a escasa distancia. Tenía una oportunidad pero dependía de aquella conversación que yo me decidiese a arrebatársela a mi amigo, o a lo que quedaba de aquel Toni con el que habíamos volado en aquellas “misiones”. Ahora o nunca, decidí, cuando escuché aquella agridulce sentencia:

- Entiendo..., entiendo –sollozó Toni.

No sabía qué es lo que debía hacer. Toni en la cabina desangelado, con el auricular aún pegado a su oreja, sin hablar más, temblando. La cimitarra allí descansando, más cerca de él que de mí. No tenía ni idea de qué iba a suceder si la cogía él. No tenía ni idea de cómo iba a acabar todo si la cogía yo. Y mucho menos, si yo lo intentaba y no llegaba a tiempo. Los segundos transcurrían y suponía que la comunicación ya se había cortado porque las monedas, en una cabina, no duraban toda la vida.

No tuve la valentía suficiente para arrebatarle la espada y, finalmente, Toni colgó el auricular, se volvió sobre sí mismo y, como muy cansado, asió la cimitarra, con cara desencajada y mirando al suelo.

Supuse que lo peor aún no había pasado y la fatídica llamada había devuelto a Toni a la realidad. Sin duda las noticias que había recibido eran funestas y seguramente en relación al niño Javier Bellver. No me atrevía a preguntar por temor a que descargase toda su ira hacia mí, pero no menos injusto era que lo pagase con Kamal. El Señor Tuareg, bien es cierto, arrebató algo a Toni que no le pertenecía; le arrebató un corazón que era para Javier Bellver y le arrebató otra cosa: el anonimato en un quirófano. Toni hacía mucho que no operaba y se le obligó a hacerlo en contra de sus obsesiones. Y, a resultas de esto, Omar sobrevivió. Al menos durante los dos días posteriores a la operación, aún vivía, y habiendo pasado esas críticas cuarenta y ocho horas, todo hacía pensar que la evolución era favorable, posibles rechazos aparte. Aún así, había tenido que ser muy duro para mi amigo médico. Pero desde la óptica de Toni y, a pesar de salvar la vida de Omar, todo sería muy distinto y veía a Kamal como el culpable de su frustrado intento de salvar al pequeño Javier.

Kamal y yo le observábamos distantes a la espera de reacción. Yo había perdido la oportunidad de tomar la delantera arrebatándole la cimitarra, y ya era tarde para cualquier otra intentona por la fuerza.

- Arrodíllate –le dijo a Kamal en un tono de voz de ultratumba. Tragué saliva porque aquello llevaba a un desenlace que no se preveía feliz-. ¡Arrodíllate!

Por extraño que parezca, Kamal entendía todo lo que Toni le decía y, sin dejar de mirarlo, muy lentamente, acomodó una rodilla y luego la otra, pero con el tronco erguido. Sin dejar de mirarlo. Con valentía. Con valentía era como abordaba aquel hombre la muerte que le venía de cara, mirándola a los ojos. Toni respirada profunda y desacompasadamente, y su cabeza le daba vueltas, seguro. Eso hacía que se moviera como a cámara lenta, como si una mochila de una tonelada pendiera de su espalda. Entendí perfectamente por qué Kamal era el Señor Tuareg, cargo militar o noble; era capaz de liderar un ejército, de impartir justicia y de no arrugarse ante la muerte.

- Baja la cabeza –ordenó a continuación como un autómata reforzando y separando cada sílaba.

Kamal siguió observándole fijamente sin desviar ni un ápice su mirada, seguro de sí mismo y decidido para con su suerte. Su trágico final. Segundos después obedecía y fue inclinando el tronco hacia delante hasta quedarse con la cara a un palmo escaso del asfalto. Toni dirigió su torva mirada hacia mí y musitó:

- Desátale, por favor.

No entendía el por qué pero creí volver a ver una oportunidad ante mi. Quizá con Kamal desatado, ambos podríamos llevar a cabo una ofensiva conjunta contra Toni. La suerte de Kamal estaba echada y la ejecución iba a llevarse a cabo allí mismo. Yo, no sé qué clase de suerte iba a correr pero entendí que se ponía crudo porque Toni adelantó un paso, justo para quedar a la distancia en la que, si Kamal o yo reaccionábamos, podría controlarnos con el arma disuasoria. Estaba muy claro: si no podía hacerse con el corazón de Kamal, para entregárselo a Javier Bellver que, presumiblemente, había muerto, iba a ejecutar sumariamente a Kamal cortándole la cabeza. Lo entendí claro. Desligué las cuerdas que maniataban al Tuareg y las dejé a un lado, echándome un paso atrás.

- Kamal, vas a morir por lo que has hecho –anunció Toni-. Así que despídete de todo cuanto te rodea y vete a los infiernos para siempre.

Toni levantó la hoja con las dos manos por encima de su cabeza de manera que la punta de la cimitarra le rozaba el trasero, dispuesto a asestar el golpe letal a su enemigo extranjero, causante de todos sus males, los actuales y los pasados, los pasados mucho tiempo antes de conocerle en el desierto.

Yo no había hecho nada en todo el trayecto por cambiar el curso de aquella historia, ni había saboteado el avión, ni había evitado aterrizar en España, ni le había arrebatado la espada cuando tuve la posibilidad ni, tan siquiera, había insistido a mi amigo que se olvidara del tema, sobre todo, porque entendía que discutir con él era poco menos que imposible. Me quedaban pocos segundos –o pocas milésimas de segundo- para actuar de una vez. Para actuar de una vez por todas en mi vida, cosa que nunca había hecho dando la espalda a los problemas una y otra vez. Sólo tenía una opción, y esa opción pasaba por hablar, y el mensaje debía ser el adecuado, para robarle un segundo de su atención, para generarle un segundo de duda. Un segundo para la eternidad.

- Seguramente ni su dios ni el mío estarían de acuerdo en otorgarte facultades para decidir sobre la vida de los demás –introduje sin hacer pausas, para evitar el mandoble-, ni tan siquiera el tuyo, si es que lo tienes, porque siempre me he preguntado cuál es tu dios, si existe o si, simplemente, se llama medicina. Pero en cualquier caso, es igual, ni religión ni disciplinas estarían de acuerdo en que, para salvar alguien, debas decidir sobre el final de otras personas, como Omar y, ahora, Kamal. Y te recuerdo que tu obligación, como médico, era salvar a Omar por encima de todas las cosas, aunque Javier tuviera que echar sus cartas otra vez para esquivar su trágico destino. Y tú, y sólo tú, salvaste a Omar, porque era tu obligación. Te recuerdo también que tuviste en tus manos hacer que Omar muriese, pero no lo hiciste. Fuiste tan buen profesional como cuando estabas en activo –respiré por primera vez para seguir hablando, creyendo haber desactivado el primer impulso; había creado el segundo de la duda, porque me escuchaba y no asestaba el golpe-. Mira a este hombre; crees que matándolo habrás hecho justicia, pero no. Él está ahí esperando sin temor el final, sabiendo que tras él, habrá algo mejor, algo en lo que tú no has creído en toda tu vida porque, ciertamente, nunca te has planteado que hay después de las cosas, nunca te has planteado el qué vendrá. Sólo te has dedicado a compadecerte de las malas pasadas que te ha dado la vida. Sólo te pido una cosa que espero que cumplas como hombre si llevas a cabo esta horrible ejecución: mátame a mí después.

Toni me observaba y con esta pequeña pero sincera verborrea había anulado el impulso de arrancarle la cabeza a Kamal. Lo que viniera a continuación, no lo sabía, pero él había dudado de dar el golpe letal y había escuchado toda mi perorata. Yo ya no tenía ni más palabras ni más ánimos para entretenerle. Estábamos en sus manos. Sobre todo, Kamal. Toni siguió pensándoselo unos segundos más mirándome fijamente hasta que decidió que volvía a su realidad. La punta de la cimitarra recorrió una vuelta casi completa desde su espalda hasta su objetivo a una velocidad aterradora aunque yo lo vi en cámara lenta como si nunca fuera a llegar a la nuca del Tuareg, dispuesta a segar su vida y truncar su futuro al frente de aquel poblado ya lejano, en medio del desierto. Y también el suyo; el de Toni. Cerré los ojos dejándome ir y a ellos acudió algún efecto producto de la adrenalina, porque sólo vi unas chispas. La suerte estaba echada.

*- * - * - *

martes, 23 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 018

Acurrucado como estaba y durmiendo profundamente noté que algo o alguien me mecía. Abrí los ojos y volví a cerrarlos. Pero los empellones seguían. Abrí de nuevo los ojos al escuchar mi nombre.

- Orozco, Orozco. Que nos vamos ya.

Cuando caí en la cuenta que mi amigo intentaba despertarme vi que aún era de noche y me pareció que era muy pronto para levantarse del catre. Él estaba vestido y calzado para la marcha.

- Pero, ¿qué hora es? ¿No nos íbamos a las nueve? Es de noche aún...
- No, es un poco antes. Vamos. Levántate. Nos vamos ya.
- ¿Ya? Pero si ellos no estarán listos hasta las nueve –me refería a nuestros acompañantes.
- No nos hacen falta. Tú sabes el camino, has ido un par de veces y no ha habido tormenta del desierto. No habrán cambiado las dunas ni nada de eso –me replicó no sin cierto desasosiego en sus ojos, pero sin mirarme directamente a la cara.
- Y ¿a qué tanta prisa? –exigí saber.
- Creo que es mejor. No sabemos dónde estamos y no quiero contratiempos. No sé cómo despertará Omar y no quisiera estar aquí si algo va mal.
- Pues no me parece correcto, chico –contesté-. Según me dijiste, evolucionaba favorablemente...
- Oh, sí. Eso era cierto. Pero como cualquier trasplante, hay muchas posibilidades de rechazo y, si lo hay, deberá medicarse y aquí no tenemos nada. ¿Entiendes que sólo un milagro lo salvará? Lo único que puedo prometerte es que volveremos con medicinas para tratarlo. ¿Te parece bien?

Desconocía si debía creerle o no. No entendía esa actitud tan apremiante pero había adquirido un compromiso conmigo y supuse que iba a cumplirlo.

- Ea, pues. Si tanta prisa tienes... Pero no llevamos ni camellos.
- Sí, sí que tengo camellos. Lo tengo previsto.
- ¿Previsto? ¿Lo tenías planeado? ¿Dejaremos los camellos tirados en el desierto una vez nos vayamos?

Dejó pasar unos segundos meditando su respuesta pero sin mirarme aún en la cara.

- Bueno, siempre será mejor que queden unos camellos tirados que no nosotros en esta aldea. Y creo, Orozco, viejo amigo, que debemos salir de aquí pitando.

Accedí, como siempre hago en tales discusiones sin alcanzar qué íbamos a ganar saliendo antes. Recogí mis bártulos y le seguí calle abajo.

- Para salir en dirección al avión hay que ir en la otra dirección, Toni –aseguré sin acertar a entender a qué iba tan decidido.
- Antes, tenemos que despedirnos de alguien. No nos iremos a la francesa.
- Ah –supuse-, de Omar, claro.

Pero tampoco se dirigió hacia Las Palmeras, sino que se situó delante de una especie de vivienda que despedía un pobre alumbrado y combinaba la construcción de ladrillo con adobe. La única ventana no tenía ni cristal ni cortinas.

- Vamos, entra conmigo –me pidió

No estaba dispuesto a seguir discutiendo, así que entré con él. Aquel edificio era una mezquita y su interior estaba más cuidado que la fachada exterior. No era muy amplia, pero al fondo se alzaba una fuente y en un lateral una celosía cubría lo que podría ser una estancia para mujeres. Una alfombra de color hueso cubría buena parte del reclinatorio y allí había un hombre al que no identifiqué a la primera. Nos quedamos quietos al traspasar la entrada. Una imponente cimitarra descansaba a nuestra izquierda. El hombre estaba arrodillado y las palmas de sus manos en el suelo, la cabeza gacha. Al momento, aunque sólo lo veía de espaldas, identifiqué de quién se trataba. Era Kamal. Estaba con los primeros rezos de madrugada. No me pareció adecuado interrumpirle sus oraciones para despedirnos y creía que podíamos esperar a que acabara. Así se lo iba a comunicar a mi amigo cuando un cimbreo, un sonido igual al de una espada al desenvainar acudió a mi lado. ¡Zinnnnnng! Toni se había hecho con la cimitarra.

Tras ese sonido, Kamal alzó la cabeza pero no se volvió para saber quién estaba allí con él. Mantuvo la mirada al frente. Sabía perfectamente que éramos nosotros. Toni se dirigió decididamente hacia él y yo, que no acertaba a comprender nada, le seguí e intenté detenerle.

- Alto, Toni. ¿Qué crees que vas a hacer? –intervine.

Toni hizo caso omiso y a dos metros de aquel hombre se dirigió a él con un tono de voz amenazador:

- ¡Tú! Levanta. Te vienes con nosotros.

Kamal se volvió lentamente y alzó las manos en señal inequívoca de no querer entrar a luchar. Su cara, triste, denotaba que sabía que aquello iba a suceder. Intenté por todos los medios hacer cambiar de opinión a Toni, al que veía muy decidido y envalentonado.

- ¡Toni! –le grité –Te estás equivocando.

Él se volvió hacia mi blandiendo la imponente espada y su cara de niño mono y permanentemente preocupado mostraba, con sus ojos salidos y su mentón temblando, una esfinge que no supe interpretar si era de miedo o de locura.

- No te metas, amigo. No te metas –me dijo en un tono de voz muy bajo apuntando el arma a escasamente un palmo de mis narices. La miré pero no quise demostrarle temor.
- Tranquilo, viejo amigo. Tranquilo –le contesté viendo que su faz era más próxima a la locura-. Pero no sé por qué quieres que nos acompañe.
- Porque él es nuestro corazón. Su corazón me pertenece y voy a llevárselo a Javier Bellver. Kamal destruyó mi HB-15, y ahora él se va a convertir en mi nuevo HB-15. Tengo algo que acabar y lo acabaré. Sin duda.

No pude menos que quedarme petrificado ante tal declaración. Decididamente, había perdido la chaveta. Kamal, medio arrodillado y con las manos en alto atendía y creo que entendía lo que estábamos hablando. En su cara, en cambio, no había rastro de temor.

- Vamos, levántate. Que te vienes con nosotros –le ordenó a Kamal. El Tuareg así lo hizo y quedó a expensas de las órdenes de Toni, al cual parecía entender en castellano.

Salimos los tres de la mezquita y atravesamos tres calles hasta dar con tres camellos que estaban apostados cerca de la zona donde estaban las tiendas donde conocimos a Kamal. Tuve la certeza que Toni tenía todo aquello pensado desde hacía tiempo. Deduje que durante los dos días que estuve reparando el avión él había ido de aquí para allá ultimando su descabellado plan. La lógica me decía que aquella locura no se llevaría a cabo. Era imposible que Toni llegase al hospital con un corazón aún palpitante en sus manos; y mucho menos podía imaginarme a Toni llegando con Kamal bajo el brazo y dando instrucciones: “A ver, quítenle el corazón a este hombre e implántenselo al crío...”. Pero no tenía muchas más opciones porque también temí por mi vida: un hombre con los cables definitivamente cruzados era capaz de muchas cosas y más en aquellos parajes. En mi opinión, debía seguirle la corriente como a cualquier loco y esperar a que se me apareciera la primera oportunidad.

Ya montados en los camellos salimos hacia el avión por el camino que durante dos días me había aprendido. Al cabo de treinta minutos, Toni decidió desatar a Kamal para acomodarle en el camello, y le dio agua. ¡Dios! Pensaba que lo trataría a patadas, pero no, Toni era inteligente y debía cuidar y mantener su presa en condiciones. Tras volver a su camello le abordé:

- Toni, esto que estamos haciendo sabes que no tiene futuro. Esto es un secuestro y aunque no sé qué leyes hay en este territorio, si es que hay leyes, no me quiero imaginar cuando aparezcamos en España. Allí debe haber una búsqueda intensa de nuestro avión y, para cuando lo encuentren, nos estará esperando la Guardia Civil para apresarnos. ¿Es que no recuerdas lo que hicimos en el aeropuerto de Granada? Se preguntarán que qué hacemos con Kamal. ¿Qué piensas decirles?

Él se quedó pensativo mirando fijamente al frente.

- Ya improvisamos en España. Podremos hacerlo ahora.
- ¡Podremos hacerlo ahora! Él –dije, refiriéndome a Kamal- no es el culpable de toda esta historia. ¡Joder! ¿Es que no lo ves? Fui yo quien me fui de la lengua hablando con ellos diciéndoles lo que llevábamos encima y para qué era –declaré-. Utilízame a mí si quieres.

Aunque ofrecería toda mi resistencia a tal argumento, debía encontrar la manera hábil de ablandarle y hacerle dudar. Pero no lo conseguí.

Maldije cien veces haber dejado el avión reparado y preparado en aquella pista de despegue improvisada más cercana a una montaña rusa loca. Maldije cien veces porque acerté a ver que, en contra de cualquier previsión, todo funcionaría y despegaríamos, cuando lo que realmente me interesaba era que algo fallase. Pero si no fallaba nada, no podría disimular una avería. Toni no era estúpido. El estúpido era yo, que me había jugado mi futuro saliendo de Granada en medio de aquel huracán al hacerle caso.

Llegamos a las dos horas al lugar del avión. Toni descabalgó y observó la Cessna con cierta satisfacción. Su plan iba evolucionando según lo previsto.

- ¿Hay algo de ropa allí dentro? –preguntó sin mirarme.
- ¿Para qué la quieres? –inquirí sabiendo de antemano la respuesta.
- Para él.
- Sí, hay algo.

Obviamente Toni no quería que Kamal apareciese por España disfrazado de Tuareg. Eso aún provocaría más preguntas porque con su planta y aspecto despertaría muchas inquietudes.

Rebusqué y encontré algo de ropa que yo utilizaba cuando me desplazaba. En ocasiones salía con amigos en los lugares de destino y me cambiaba por algo más de vestir que lo que utilizaba habitualmente para volar. Una camisa sin cuello de finas y discretas rallas, y un pantalón claro de algodón. Supliqué que no fuera de la medida de Kamal, para poner más trabas, pero le quedaba que ni al pelo. La ropa era ancha, como a mi me gustaba y en su corpachón le quedó perfecto aunque quizá el pantalón necesitara algún centímetro más de largo. Kamal se extrajo el turbante y allí apareció un hombre realmente guapo, con ojos ligeramente rasgados y tez algo oscura por el sol. Una nariz grande, aguileña y de trazos afilados. Era la esfinge del guerrero. La faz del Señor Tuareg, al que no se le apreciaba atemorizado aunque sí sumiso. ¿Creía realmente que había perdido una batalla? Quizá algo más. La guerra, por descontado, no. Omar yacía a dos horas de allí en un desahuciado hospital pendiente su vida de un hilo pero, aunque Toni mencionara los rechazos, yo tenía una fe ciega en que iba a salir adelante y que se convertiría en el rey de aquella tribu.

Por mucho que deseaba que algo saliera mal para no poder partir de allí con Kamal, hice un alto para revisar el motor de la Cessna, paso obligado antes de cualquier vuelo. Estaba, como era de esperar, en perfecto estado. Claro, además lo había probado dos días antes. Pero me entretuve un rato a estudiar los cableados interiores por tal de descubrir un recoveco de difícil acceso donde poder averiar la radio. Y lo encontré, un poco alejado de la tapa del motor. Así que lo reseguí hasta que mis manos se perdieron de mi vista: había un pequeño tramo de cable que se alcanzaba con una simple ojeada, pero en el que mis manos podían operar. Corté el cable en cuestión con una pequeña navaja que llevaba siempre encima. Tragué saliva ante el temor de que me hubiera equivocado y reseguí el cable de nuevo desde el tramo visible. Pero no me había equivocado. La radio no iba a recibir corriente del alternador y por tanto, si llegábamos vivos, tendría una excusa para salvar mi licencia de piloto.

Entramos los tres en la avioneta y Toni volvió a atar a Kamal detrás de los asientos. No había mucho espacio, pero podía ir sentado, sin cinturón, eso sí. Confié en que el vuelo transcurriera sin turbulencias y me tranquilicé al pensar que ligado así, tampoco tendríamos turbulencias dentro de la aeronave.

Todos acomodados. Estudié el panel y comencé el proceso de arranque –el ritual, le llamaba yo-. La Cessna arrancó a la primera. Ahora venía lo importante: despegar de allí. Que no tuviéramos altímetro ni GPS, además de la radio que me había cargado, y con un ala en precarias condiciones y una hélice que no sabíamos si saldría despedida tras el primer temblor, no era tan importante como encarar aquel terreno yermo, desnivelado y con trampas ocultas al acecho.

Cuando el avión empezó a desplazarse todo en su interior se estremeció. Pasamos por innumerables socavones y agarré con fuerza los mandos. Los flaps estaban a tope para iniciar el vuelo cuanto antes y, a unos cien metros, la Cessna se despegó del suelo. Esperé no volver a contactar porque no sabía cómo respondería el avión, pero eso, sencillamente no ocurrió. Fuimos ascendiendo poco a poco, sin forzar la máquina y me concentré en buscar el mar, que no podría estar demasiado lejos. Lo encontré al poco, a nuestra derecha y me esforcé en seguir la línea de la costa hasta encontrar alguna población que me sonara, como Melilla, por ejemplo, lo cual nos demostraría que el huracán nos había llevado muy lejos.

El sol bañaba por completo el habitáculo y el día se presentaba inmejorable, presentando un cielo límpido y sin una brizna de viento que nos pudiera entorpecer nuestro avance.

Tal como había previsto, divisamos Melilla al poco y evitamos sobrevolarla decidiendo bordear el Cabo de Tres Forcas por temor a extraviarnos si atravesábamos la península del mismo nombre. Eso nos haría perder un poco de tiempo, pero nos aseguraríamos de que no nos interceptase nadie.

Después de tres horas de vuelo divisamos Ceuta y decidí atravesar el canal, no sin antes consultar a mi amigo-secuestrador si estaba de acuerdo.

- Valdría la pena pasar y dirigirnos a Granada. Conozco un aeródromo no controlado y poco vigilado y podríamos parar, poner algo de carburante y revisar las heridas de la Cessna.
- Como quieras –respondió sin dejar de mirar al frente y manteniendo la cimitarra entre las piernas y con la punta hacia abajo, esperando yo que no agujerease un poco más la avioneta.
- Además sé de un paso en el que no creo que ningún controlador aéreo se meta con nosotros.

Él ya no contestó más y me afané en dejar los parámetros del piloto automático para ocuparme un momento del rehén que llevábamos al fondo. Toni me siguió con la mirada para asegurarse de que no lo desataba. Le dí agua y Kamal trasegó sediento mientras un hilillo le caía por la comisura de la boca. Me miró entre sorprendido y agradecido. Aquello que estábamos haciendo era delito y no quería agravar la situación aunque, claro, la cimitarra que portaba Toni podría hacerme cambiar de opinión en cualquier momento.

Todo –menos lo de Kamal- estaba saliendo a pedir de boca y al cabo de un buen rato nos acercamos al aeródromo en cuestión. De hecho, más que un aeródromo, era una pista mal asfaltada y mal mantenida, un par de hangares en mal estado y un cobertizo que en algún tiempo haría las veces de improvisada torre de control pero que, ahora, estaba olvidada al abandono. Ya había utilizado esas instalaciones hacía años, cuando recién sacado el título de piloto realicé unas cuantas prácticas con un amigo. El aspecto era fantasmal y me recordaba a los pueblos abandonados del medio oeste americano. Sólo faltaban las bolas del desierto por allí rodando, pero no habían. Seguramente el último huracán se las había llevado.

Tomamos pista y las sombras de la Cessna se alargaban, lo que me indicaba que estaba cayendo el sol. Estaba cansado y aunque no controlaba el tiempo, sabía que habíamos pasado horas volando. Llevé la avioneta a la parte trasera de uno de los hangares para pasar lo más desapercibido posible. Sabía que los hangares aún eran utilizados y que seguramente encontraríamos algo de carburante en unos bidones que allí se guardaban; cuando iba con los amigos, allí medio llenábamos los depósitos para ir a volar a algún sitio. Quizá aún quedase.