La histórica cimitarra que había ido de mano en mano desde tiempos de Laijla Abdillah cayó a la velocidad del rayo en dirección al cuello de Kamal y, en el último instante, Toni desvió el filo que rozó el pelo del Tuareg y descargó toda su fuerza en el bordillo de la acera, haciendo que se partiera en dos y desprendiendo chispas del roce del acero con el asfalto. Sorprendido por su súbito cambio de opinión, Toni observó lo que quedaba de la cimitarra y siguió descargando golpes, uno tras otro, sobre el pavimento, fracturándola un par de veces más, hasta quedarse con la empuñadura.
Atónito, miraba a Kamal, que en su postura con las rodillas y manos en el suelo, seguía con los ojos abiertos, tras dar un respingo por cada golpe que Toni descargaba en la acera, pero sin levantar la cabeza. Toni lanzó con toda su rabia lo que quedaba de cimitarra a un lado de la carretera y se fue hacia Kamal que no sabía qué debía hacer. Lo izó por las solapas de la camisa profiriéndole todo tipo de insultos, fuera de sí e intercalaba alguna frase como:
- ¿Por qué me obligaste a hacerlo? ¿Por qué? –jadeaba entre sollozos-. Seguro que tu dios lo hubiese salvado, seguro.
Acabó arrodillándose ante el Señor Tuareg, llamándole “cabrón” una y otra vez y, cuando ambos estaban a la misma altura, Toni extendió las manos y lo abrazó entre gritos, sollozos e hipos, preguntándose repetitivamente el por qué. Acomodó su cara en el hombro de Kamal y, entonces, éste me miró con semblante muy serio y lo abrazó a él a su vez. Kamal también lloraba y, por descontado, yo no pude ser menos.
*- * - * - *
Pasaron dos meses en los que mi mente tuvo que estar alerta para salvar los escollos de una denuncia por pilotaje agresivo, por desobediencia a la torre y por intento de homicidio temerario, al salir volando del García Lorca el día del huracán. Pero tuve suerte.
El perito demostró que la radio no funcionaba, certificaron que la visibilidad aquel día era nula y que, por tanto, podría no haber visto el Boeing a mi lado. Lo que el juez dictó es que la temeridad había sido no cerrar el aeropuerto aquel día y a la mujer de la torre de control le cayó un paquete. Supuse que la despedirían o la pondrían a mover pilas de papeles de un lado a otro. Me culpé varias veces por su fatalidad, porque no debía olvidar que, aquel día, los temerarios fuimos nosotros.
No podía evitar pensar que, después de todo lo pasado, en esta historia la suerte nos había dado la cara en todo momento y quedará grabado en mi mente para siempre el recuerdo de la gente de Tizi Lahij, que correspondió con agradecimiento nuestro paso por allí. Otros no habían corrido tanta suerte y seguramente Toni se consideraba uno de ellos.
Estaba en Barcelona. Después de volver a tener habilitada mi licencia de piloto, hice varios vuelos y un encarguito me había llevado hasta allí. Tenía que llevar una valija a un huésped del Hotel Princesa Sofía y entregarlo en mano. Discreto que soy yo, no hice preguntas, pero el asunto no me gustó. Aterrizar en Sabadell tenía ventajas, más que en El Prat, sobre todo en lo que a controles policiales se refiere. Y los dinerillos eran buenos dado que aquellos trabajos estaban bien pagados.
Aquel día había partido del Barça, contra el Sevilla, y Joan XXIII y Arístides Maillol eran un hervidero de gente porque en unas horas iba a disputarse el partido. Para mí, ni el Sevilla ni el Barcelona eran de mi agrado, pero un partido en el Camp Nou era un partido. Así que decidí gastar parte de los dinerillos buscando una entrada en la reventa. Bajé por Joan XXIII entre el hormiguero de gente, entre vendedores ambulantes de banderas, gorros y trompetas, grupos de jóvenes sonrientes, padres con sus niños cogidos de la mano... Todos en dirección al campo.
Al pasar por delante del Cementerio de Les Corts me detuve un instante y medité. Toda mi motivación por ir a ver el partido de fútbol se congeló unos instantes mientras observaba el edificio del tanatorio recortarse contra el cielo. Algo me decía que tenía que entrar allí. Había un asunto pendiente en toda esta historia. Dirigí de nuevo la mirada hasta la riada de gente que iba y venía. Padres con sus niños.
Entré en el edificio y me dirigí a la recepción, donde una señorita manipulaba distraídamente el ordenador.
- Perdone –la interrumpí-. Me gustaría saber si aquí está la tumba de Javier Bellver.
No me hizo el menor caso o, al menos, eso deduje, porque siguió tecleando el ordenador. Pero levantó la mirada cuando éste le dio la respuesta. Se ajustó las gafas por encima del puente de la nariz y me dijo:
- Bon dia. La trobarà al final del passadís tres. Fa cantonada amb el carrer dels oms.
¡Vaya casualidad! Javier Bellver estaba allí y estaba junto a una calle plantada con olmos de arriba a abajo. No me lo podía creer. Busqué ansiosamente el pasillo tres y lo recorrí con el pulso acelerado, hasta llegar al final, donde una hermosa calle con olmos de gran altura y que, sin duda, habían superado las enfermedades que habían erradicado aquel árbol de toda Europa, prestaban su bondadosa sombra a lo largo de ella.
Junto a los nichos que hasta allí llegaban por la calle tres, había un nicho noble, con una lápida de casi un metro y medio de alto, con multitud de lirios y cintas de recuerdos. El olor a lavanda embriagaba el ambiente. “Aquí yace Xavier Bellver i Torró, muerto a los 7 años de edad”, declaraba la lápida sucintamente. Entre los lirios observé que había un trozo de papel entremetido y medio arrugado. Lo extraje suavemente y quedé perplejo al observar que era la mitad del dibujo que Toni llevaba encima y que me mostró en el poblado Tuareg. Mostraba la mitad oscura, la de los infiernos. No pude evitar emocionarme pero entonces entendí que él tenía que estar allí. Busqué en los alrededores y bajo un olmo, sentado en un banco lo encontré, a unos quince metros de la tumba, sentado, con las piernas cruzadas y con una barba de bastantes días. Me acerqué con el pulso acelerado.
- Debes llevar muchos días rezando aquí –le dije a Toni, que seguía con cara demacrada, tal como lo dejé la última vez.
- He venido casi cada día, aunque lloviera.
Se hizo el silencio y su extraña sonrisa mostró la tristeza de sus ojos, mirando siempre en dirección a la tumba.
- No sé por qué me pasa esto y no lo puedo remediar. No sé cómo fui educado ni sé cómo puedo superar esto, amigo mío. Pero ante los errores que uno comete en la vida, he aprendido que debo reaccionar.
- Celebro que pienses así, compañero. Deberías haberlo hecho hace tiempo.
El tragó saliva y yo sabía que tenía que darme una noticia, la que fuera, pero tenía que dármela. Esperé impaciente pero sabiendo que no debía interrumpirle. Llegué a pensar que Xavier Bellver pudiera ser hijo suyo, pero reconozco que los repuntes emocionales a veces juegan una mala pasada a mentes calenturientas como la mía. No era nada de eso.
Se miró los zapatos durante unos instantes antes de anunciar lo que le pasaba por la mente, y me devolvió la mirada triste.
- Me voy.
- ¿Sí? ¿A dónde?
- Lejos, muy lejos. No puedo seguir aquí. Muchos recuerdos me atan.
- ¿Tizi Lahij, quizás?
- No, no. Por mucho que quisiera, no podría volver allí. No sé ni cómo acabó Omar. Espero sinceramente que bien. Debes saber que cumplí mi compromiso y envié un cargamento de medicinas para el rechazo... Supongo que funcionaría.
- ¿Entonces? –apremié.
- Sudamérica. No sé... me gustaría irme a la selva, a Brasil, o Bolivia. Quizás Perú. Ya sabes que los idiomas no son mi fuerte. Pero me gustaría irme a hacer lo que nunca debí dejar de hacer –se interrumpió y suspiró-. Curar.
- ¿A la selva?
- Sí. Dedicarme a la gente sin recursos, como los de Tizi Lahij, valerme por mí mismo de una vez y dejar de vanagloriarme por las misiones cumplidas. La misión que comenzaré en breve será la definitiva y ya no la tomaré como tal. No es un reto. Y tú me hiciste recordar lo que yo soy.
Tragué saliva ante el incipiente disgusto de pensar que no le volvería a ver nunca más. Porque en realidad le apreciaba mucho, después de la aventura, la enajenación y todo lo que rodeó aquellos días. Le tenía como a un hermano pequeño.
- Puedo ir contigo. En la selva puedes necesitar un buen piloto. Ya sabes lo grande que es –intenté convencerle.
- Amigo, no puede ser. Este viaje lo tengo que hacer solo. No te digo que no vengas, pero deja pasar un tiempo. Un par de años. Y entonces, si quieres, vienes a verme. Pero quiero empezar de nuevo.
Empecé a llorar en silencio. Iba a levantarme para dejar aquel triste y solemne lugar pero mi amigo me asió del brazo.
- Me gustaría que guardaras esto –y me extendió la mitad del dibujo de Javier Bellver que quedé mirando encandilado. La mitad positiva, la mitad de la vida-. Quiero que lo guardes para cuando vengas a verme.
- Ya. Pero, ¿cómo te encontraré?
Me dejó una tarjeta con un número de móvil. Esperé un instante antes de guardarla en el bolsillo de la camisa. Para entonces el que se había levantado era él. Me dio un fuerte abrazo estando yo aún sentado y se fue, con paso taciturno, pero decidido. Era el adiós.
Antes de que desapareciera le pedí una última explicación:
- Toni, después de todo lo que hemos vivido, aún no me has explicado qué te unía a Javier Bellver, el por qué de todas tus reacciones...
Él se detuvo sin girarse sobre sus talones y se mantuvo pensativo y con la cabeza gacha, hundida entre los hombros. Quería creer que había una relación entre ellos dos que yo desconocía.
Volvió lentamente su mirada sobre mí y me dijo:
- Un latido. Es cierto que lo conocía, pero eso no lo diferenciaba de los demás. Omar vivió y él no. Sólo un latido los separaba –no dijo más y emprendió su camino.
El dibujo de Bellver pendía de mi mano y la suave brisa que bajaba de Collserola lo mecía mientras lo miraba embobado, con un enorme vacío en mi corazón.
*- * - * - *
viernes, 26 de febrero de 2010
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Un final un poco triste, pero esperanzador.... voy a leer el epílogo.
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