- Tenemos que llamar –bramó Toni como ascendiendo de lo más hondo del inframundo, cuando recordé que de móviles, nada de nada. Las baterías estaban fundidas desde hacía días.
- Creo recordar que en los alrededores había una cabina de teléfono –respondí, mientras Kamal iba mirando a uno y a otro, con las manos atadas a su espalda.
Nos dirigimos hacia las afueras del aeródromo y Kamal nos seguía. Supuse que quería seguir con nosotros, a pesar del rapto, a quedarse solo y maniatado en un país extranjero. Es cierto que presentía que nos entendía en nuestra lengua, pero... No sabíamos, ni él ni yo, qué futuro le deparaba; estábamos en manos de Toni y creía que en aquellos momentos no estaba en sus cabales.
Una calle asfaltada que llegaba de algún sitio, una cerca baja de madera blanca que necesitaba una mano de pintura y bordeaba el aeródromo, una acera destartalada con alguna alcantarilla oxidada, un vehículo abandonado y olvidado desde hacía mucho tiempo... Cualquier vestigio de vida o actividad había pasado al anonimato del olvido. Todo estaba muy solitario y me daba miedo. Aquello había llegado muy lejos y no me hacía gracia estar allí en aquella situación, con un rehén y un loco armado con una cimitarra de medidas espectaculares. En esa calle sí que había bolas del desierto campando a sus anchas. Imaginaba que a aquellas horas las ratas estarían preparando sus excursiones nocturnas para darse algún festín a cargo de algún gato muerto... Y la cabina telefónica. Allí estaba a unos metros. Destartalada, sin vidrios, con pintadas grafiti ya desgastadas. Me jugué mi licencia de piloto a que aquel trasto de teléfono no iba a funcionar. Me jugué la licencia porque deseaba con toda mi alma que el teléfono no funcionase, que no hubiese comunicación para que la llamada que debía hacer Toni no se hiciese.
- Esperad aquí –ordenó Toni, con los ojos hundidos y la tez algo amoratada. Los nervios que le habían consumido durante parte de su vida se estaban dando un festín de adrenalina. Hurgó en su bolsillo y extrajo unas monedas que se quedó mirando durante unos instantes, como dudando.
Se introdujo en la cabina, que no tenía puerta y descolgó, con la mano que sostenía las monedas, el maltrecho auricular. Como necesitaba las dos manos, apoyó la cimitarra a uno lados de la cabina, por el exterior. Me la quedé mirando pensando si iba a tener una oportunidad de hacerme el valiente, cosa que, por otro lado, no iba con mi personalidad cobarde. Vi el objeto del deseo como la salvación para que aquello no fuera más lejos. Pero no me atrevía. Toni fue introduciendo moneda a moneda por la ranura, hasta que se quedó sin. Marcó una serie de números y deduje que aquel cacharro tenía línea. Recé para que nadie contestara.
- Aquí Toni Soler. Pásame con vascular –dijo en un susurro. Mi pulso se aceleró golpeándome las sienes y los oídos con tal fuerza que no oía con claridad-. Sí, espero.
Las cabinas normalmente se tragaban las monedas con celeridad. Si le hacían esperar demasiado podría acabarse el tiempo y la comunicación quedar cortada.
- Aquí Toni Soler –volvió a contestar-. Sí, estoy en Granada aún... Sí –se hizo un nuevo silencio-. Pero... Si puedo llegar rápido aún –instó con voz trémula-. Hubo un tornado... y nos desviamos un poco... –observé que daba pequeños respingos; estaba llorando-. Y aún tengo el corazón, puedo llegar.
Algo no iba bien en esos momentos. “Tenía el corazón”, había dicho. Y se refería al de Kamal. Ciertamente, había enloquecido y la cimitarra descansaba a escasa distancia. Tenía una oportunidad pero dependía de aquella conversación que yo me decidiese a arrebatársela a mi amigo, o a lo que quedaba de aquel Toni con el que habíamos volado en aquellas “misiones”. Ahora o nunca, decidí, cuando escuché aquella agridulce sentencia:
- Entiendo..., entiendo –sollozó Toni.
No sabía qué es lo que debía hacer. Toni en la cabina desangelado, con el auricular aún pegado a su oreja, sin hablar más, temblando. La cimitarra allí descansando, más cerca de él que de mí. No tenía ni idea de qué iba a suceder si la cogía él. No tenía ni idea de cómo iba a acabar todo si la cogía yo. Y mucho menos, si yo lo intentaba y no llegaba a tiempo. Los segundos transcurrían y suponía que la comunicación ya se había cortado porque las monedas, en una cabina, no duraban toda la vida.
No tuve la valentía suficiente para arrebatarle la espada y, finalmente, Toni colgó el auricular, se volvió sobre sí mismo y, como muy cansado, asió la cimitarra, con cara desencajada y mirando al suelo.
Supuse que lo peor aún no había pasado y la fatídica llamada había devuelto a Toni a la realidad. Sin duda las noticias que había recibido eran funestas y seguramente en relación al niño Javier Bellver. No me atrevía a preguntar por temor a que descargase toda su ira hacia mí, pero no menos injusto era que lo pagase con Kamal. El Señor Tuareg, bien es cierto, arrebató algo a Toni que no le pertenecía; le arrebató un corazón que era para Javier Bellver y le arrebató otra cosa: el anonimato en un quirófano. Toni hacía mucho que no operaba y se le obligó a hacerlo en contra de sus obsesiones. Y, a resultas de esto, Omar sobrevivió. Al menos durante los dos días posteriores a la operación, aún vivía, y habiendo pasado esas críticas cuarenta y ocho horas, todo hacía pensar que la evolución era favorable, posibles rechazos aparte. Aún así, había tenido que ser muy duro para mi amigo médico. Pero desde la óptica de Toni y, a pesar de salvar la vida de Omar, todo sería muy distinto y veía a Kamal como el culpable de su frustrado intento de salvar al pequeño Javier.
Kamal y yo le observábamos distantes a la espera de reacción. Yo había perdido la oportunidad de tomar la delantera arrebatándole la cimitarra, y ya era tarde para cualquier otra intentona por la fuerza.
- Arrodíllate –le dijo a Kamal en un tono de voz de ultratumba. Tragué saliva porque aquello llevaba a un desenlace que no se preveía feliz-. ¡Arrodíllate!
Por extraño que parezca, Kamal entendía todo lo que Toni le decía y, sin dejar de mirarlo, muy lentamente, acomodó una rodilla y luego la otra, pero con el tronco erguido. Sin dejar de mirarlo. Con valentía. Con valentía era como abordaba aquel hombre la muerte que le venía de cara, mirándola a los ojos. Toni respirada profunda y desacompasadamente, y su cabeza le daba vueltas, seguro. Eso hacía que se moviera como a cámara lenta, como si una mochila de una tonelada pendiera de su espalda. Entendí perfectamente por qué Kamal era el Señor Tuareg, cargo militar o noble; era capaz de liderar un ejército, de impartir justicia y de no arrugarse ante la muerte.
- Baja la cabeza –ordenó a continuación como un autómata reforzando y separando cada sílaba.
Kamal siguió observándole fijamente sin desviar ni un ápice su mirada, seguro de sí mismo y decidido para con su suerte. Su trágico final. Segundos después obedecía y fue inclinando el tronco hacia delante hasta quedarse con la cara a un palmo escaso del asfalto. Toni dirigió su torva mirada hacia mí y musitó:
- Desátale, por favor.
No entendía el por qué pero creí volver a ver una oportunidad ante mi. Quizá con Kamal desatado, ambos podríamos llevar a cabo una ofensiva conjunta contra Toni. La suerte de Kamal estaba echada y la ejecución iba a llevarse a cabo allí mismo. Yo, no sé qué clase de suerte iba a correr pero entendí que se ponía crudo porque Toni adelantó un paso, justo para quedar a la distancia en la que, si Kamal o yo reaccionábamos, podría controlarnos con el arma disuasoria. Estaba muy claro: si no podía hacerse con el corazón de Kamal, para entregárselo a Javier Bellver que, presumiblemente, había muerto, iba a ejecutar sumariamente a Kamal cortándole la cabeza. Lo entendí claro. Desligué las cuerdas que maniataban al Tuareg y las dejé a un lado, echándome un paso atrás.
- Kamal, vas a morir por lo que has hecho –anunció Toni-. Así que despídete de todo cuanto te rodea y vete a los infiernos para siempre.
Toni levantó la hoja con las dos manos por encima de su cabeza de manera que la punta de la cimitarra le rozaba el trasero, dispuesto a asestar el golpe letal a su enemigo extranjero, causante de todos sus males, los actuales y los pasados, los pasados mucho tiempo antes de conocerle en el desierto.
Yo no había hecho nada en todo el trayecto por cambiar el curso de aquella historia, ni había saboteado el avión, ni había evitado aterrizar en España, ni le había arrebatado la espada cuando tuve la posibilidad ni, tan siquiera, había insistido a mi amigo que se olvidara del tema, sobre todo, porque entendía que discutir con él era poco menos que imposible. Me quedaban pocos segundos –o pocas milésimas de segundo- para actuar de una vez. Para actuar de una vez por todas en mi vida, cosa que nunca había hecho dando la espalda a los problemas una y otra vez. Sólo tenía una opción, y esa opción pasaba por hablar, y el mensaje debía ser el adecuado, para robarle un segundo de su atención, para generarle un segundo de duda. Un segundo para la eternidad.
- Seguramente ni su dios ni el mío estarían de acuerdo en otorgarte facultades para decidir sobre la vida de los demás –introduje sin hacer pausas, para evitar el mandoble-, ni tan siquiera el tuyo, si es que lo tienes, porque siempre me he preguntado cuál es tu dios, si existe o si, simplemente, se llama medicina. Pero en cualquier caso, es igual, ni religión ni disciplinas estarían de acuerdo en que, para salvar alguien, debas decidir sobre el final de otras personas, como Omar y, ahora, Kamal. Y te recuerdo que tu obligación, como médico, era salvar a Omar por encima de todas las cosas, aunque Javier tuviera que echar sus cartas otra vez para esquivar su trágico destino. Y tú, y sólo tú, salvaste a Omar, porque era tu obligación. Te recuerdo también que tuviste en tus manos hacer que Omar muriese, pero no lo hiciste. Fuiste tan buen profesional como cuando estabas en activo –respiré por primera vez para seguir hablando, creyendo haber desactivado el primer impulso; había creado el segundo de la duda, porque me escuchaba y no asestaba el golpe-. Mira a este hombre; crees que matándolo habrás hecho justicia, pero no. Él está ahí esperando sin temor el final, sabiendo que tras él, habrá algo mejor, algo en lo que tú no has creído en toda tu vida porque, ciertamente, nunca te has planteado que hay después de las cosas, nunca te has planteado el qué vendrá. Sólo te has dedicado a compadecerte de las malas pasadas que te ha dado la vida. Sólo te pido una cosa que espero que cumplas como hombre si llevas a cabo esta horrible ejecución: mátame a mí después.
Toni me observaba y con esta pequeña pero sincera verborrea había anulado el impulso de arrancarle la cabeza a Kamal. Lo que viniera a continuación, no lo sabía, pero él había dudado de dar el golpe letal y había escuchado toda mi perorata. Yo ya no tenía ni más palabras ni más ánimos para entretenerle. Estábamos en sus manos. Sobre todo, Kamal. Toni siguió pensándoselo unos segundos más mirándome fijamente hasta que decidió que volvía a su realidad. La punta de la cimitarra recorrió una vuelta casi completa desde su espalda hasta su objetivo a una velocidad aterradora aunque yo lo vi en cámara lenta como si nunca fuera a llegar a la nuca del Tuareg, dispuesta a segar su vida y truncar su futuro al frente de aquel poblado ya lejano, en medio del desierto. Y también el suyo; el de Toni. Cerré los ojos dejándome ir y a ellos acudió algún efecto producto de la adrenalina, porque sólo vi unas chispas. La suerte estaba echada.
*- * - * - *
miércoles, 24 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay derecho!!!! Estoy aqui, sin cenar (ni yo ni mi familia, que ya han pedido mi dimisión)para ver algún indicio de que esto acabará bien....!!!! Y de momento, rien de rien, a esperar.... Que cabr....!!!
ResponderEliminarPor suerte nosotros ya hemos cenado, pero nos hemos quedado con la cabeza metida hacia adentro como las tortugas, rezando para que la hoja de la espada pase de largo...
ResponderEliminarAdam Smith & Co
Bueno, aún hay algunas incógnitas por resolver. Espero que se resuevan!
ResponderEliminar