Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

martes, 9 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 006

Vimos pasar por debajo nuestro un montón de hangares y naves industriales mientras ascendíamos. No parecía que el tiempo fuera más amenazante que en pista. Por lo que me dirigí a mi amigo:

- Hola, chico –le dije con sorna, como si nos hubiéramos encontrado en un bar de tapas-. Realmente, ¿era imprescindible salir delante de los ingleses?

Él me miró con los ojos hundidos y como si no hubiera comprendido la pregunta. Después de unos instantes objetó:

- Podían cerrar el aeropuerto y entonces no hubiésemos salido –contestó volviendo la vista al frente y sin decir más.
- ¿Quién era? –le pregunté sin dejar de mirar los indicadores para tratar de no desviarnos del rumbo trazado.
- Un adolescente de dieciséis años. Accidente de moto.

No podía ser de otra manera. Los donantes solían ser jóvenes en accidentes. Un trabajo eficaz de una serie de profesionales acogiéndose a unos procedimientos de lo más estricto, haría que alguien, en Barcelona, recibiera el corazón que, quizá le salvaría la vida, o quizá no. El corazón sería, en cualquier caso, su única tabla de esperanza. Si superaba la operación y sorteaba el rechazo a un órgano extraño, podría tener una larga vida. O no. Dependería de su edad. Bien es cierto que nunca me cortaba en preguntar tales cosas. Si Toni no tenía intención de contármelo, no me lo contaría.

- Y, ¿quién lo espera?
- Un niño.

Entonces entendí la urgencia, la obstinación y los riesgos que habíamos tomado. Si el desenlace de la operación era feliz, el niño tenía muchas posibilidades de vivir una larga vida, de vivir una vida, de ser un niño y vivir como un niño. No hay nada más maravilloso en esta vida que ser un niño. Algunos lo somos hasta edad bastante avanzada.

- De siete años –concluyó. Respiró hondo como si aquel tema de conversación hubiera concluido y pasó a otro tema-. En El Prat, en Barcelona, están avisados y un equipo me recogerá para ir al Hospital Clínic. Intenta no desviarte demasiado y a ver si llegamos a la hora.

Sonreí para mis adentros. Quizá quien nos estaría esperando sería la policía, después del cúmulo de desaguisados que llevábamos en nuestra mochila. Y sonreí al comprobar que el tiempo, aunque malo, no nos hacía perder el control de la Cessna, que era lo más importante si pretendíamos llegar a algún sitio.

Aunque reconozco que me gusta pilotar de noche, me disgusta enormemente hacerlo una con borrasca como aquella. Debía tener todos los sentidos alerta e intuir, gracias a los instrumentos, cómo iba nuestro rumbo. El altímetro indicaba tres mil quinientos y debíamos alcanzar los cinco mil para mantenernos entre dos capas de tormenta superpuestas. Bordeando ambas tormentas llegaríamos a la costa. El indicador de velocidad vertical mantenía un ascenso leve pero constante, o sea, estábamos subiendo. Bien. El indicador de rumbo marcaba cero nueve dos, es decir, una leve desviación del rumbo marcado, lo cual no era un problema. El rumbo siempre requería ligeros retoques. Y el indicador de actitud nos mostraba que la aeronave estaba bien gobernada y mantenía su horizontalidad. Muy bien.

- ¿Cuándo bajarás el ritmo, Toni? Hace muchos años que te conozco y hemos compartido unas cuantas entregas pero, coño, no bajas nunca las revoluciones. ¿Te chutas algo?

Toni me miró de reojo y sonrió. Cerró precariamente los ojos y se recostó en el reposacabezas, mirando el cielo negro a un lado y a otro, negrura que me tenía preocupado por mi aversión a volar sólo con los instrumentos sin tener referencias visuales.

No sólo no contestó a mi pregunta, sino que lo vi relajado por primera vez desde que subió al avión. Aún así, apretaba el HB-15 hacía sí, en su regazo. Bien pensado, quizá tenía razón en sujetarlo así; no podíamos descartar un fuerte bandazo, un vaivén y que el cacharro saliese volando por los aires. Así era Toni. Una vida al cien por cien, con intensidad y gastando tanta energía que era capaz de ponerse a roncar en una Cessna en un día como aquel. Y a fe que su durmió.

Llevábamos cuarenta minutos de vuelo cuando detecté que algo no iba bien. El altímetro indicaba que subíamos pero el indicador de actitud de la Cessna decía que estábamos estables y el indicador de velocidad vertical también, que ni subíamos ni bajábamos. Por descarte deduje que el que no iba bien era el altímetro. Los instrumentos del avión están redundados, lo que significa que si uno de ellos falla, podemos deducir la información que nos falta con otros. Lo jodido es que fallen dos o más. Entonces, hay que rezar. Y rezar, como buen andaluz, es lo que hice cuando le di dos golpecitos con los nudillos, absurdo instinto a la espera que algún cacharro se restablezca, y la aguja se desplomó al cero. El altímetro marcaba cero. Había fenecido.

No me gustaba la idea de despertar a Toni a diez metros de darnos el gran tortazo, más que nada porque no me daría tiempo a explicarle por qué habíamos llegado a tan delicada situación, así que lo avisé con tiempo. Él entreabrió los párpados sin saber exactamente dónde se hallaba.

- Hay algo que no va –le dije.

El médico observó los instrumentos de vuelo, como si entendiera, aunque no entendía y se volvió a mí, sin perder un ápice de calma.

- Y, ¿es grave?
- No, no lo es, pero debemos estar alerta –contesté, como si el debemos le hiciera partícipe de las próximas maniobras, aunque sabía que no podía ayudarme-. No dejes el corazón y agárrate a donde puedas.

1 comentario:

  1. Leído. A ver si el de mañana es un poco más largo, que me van a dar la uvas..... y aún no hemos llegado a Barcelona.....

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