De vuelta a la choza donde aparecimos al llegar, comprobé que, efectivamente, el poblado era más grande de lo que había percibido al principio pero, aún así, adolecía de los servicios básicos: el comercio existía, sí, pero no había farmacias, no había agua embotellada, no había transporte que no fuera camello... Había superado el primer punto de conflicto con Toni, que caminaba cabizbajo a mi lado, pero era posible que nunca más quisiera volver a volar conmigo. En cierta manera, sin mala intención, porque yo no sabía que allí faltaba otro corazón latiendo, le había traicionado. Ahora bien, tener que operar allí, si Toni se decidía, tampoco iba a ser fácil.
A media tarde, volvimos a hablar de la cuestión pero Toni seguía cerril en su tesis. El corazón no había sido asignado al futuro señor Tuareg. Era para Javier Bellver pero, si no era para él, entonces no sería para nadie. Imaginé con fuerza que allí acabaríamos los días, comiendo chuscos de pan pasado por agua o, en el peor de los casos, muriendo de sed. Eso, si antes no nos habían cortado la cabeza. Con el tiempo, descubrí que esta suposición era falsa, porque allí no cortaban cabezas: sólo ahorcaban públicamente. A alguien que hurtaba en un mercadillo lo podían colgar al día siguiente. ¿Qué es lo que harían con nosotros si nos negábamos a dar nuestro soporte al joven señor Tuareg?
Poco después apareció Kamal en la choza donde descansábamos hablando voz en grito y gesticulando como un poseso. Yo no entendía nada de nada y le preguntaba en mi precario árabe que qué decía, pero no contestaba y, si contestaba, yo no lo entendía. Con su dedo índice señalaba una y otra vez a Toni y presumía lo que quería: ayuda para con el joven.
- No puedo ayudaros. No puedo –respondía Toni, un poco atemorizado. El señor Tuareg debía medir por lo menos un metro noventa y le sacaba casi una cabeza entera a Toni, cuando se puso a su lado-. No puede ser y abrir al chico, en estas condiciones, será como cavar su tumba.
Kamal seguía profiriendo gritos y fue entonces cuando, para nuestra sorpresa, se dirigió a la mochila de Toni, que estaba en un rincón y la asió por una de las correas, sin dejar de pegar alaridos, eso sí. Bruscamente extrajo el HB-15, lo miró mientras le temblaban las manos y lo depositó con cuidado en una repisa lateral hecha de barro. Se dirigió a Toni y, cambiando del tono gritón a un susurro ronco, le dijo algo que bien hubiera podido ser una pregunta. Toni, sin atreverse a acercarse para arrebatarle el HB-15 contestó:
- ¡No!
Kamal debió entender la respuesta a la pregunta que había formulado y sacó su cimitarra del cincho. Alzó la espada por encima de nuestras cabezas y nos dirigió una última mirada inquisitoria. Lo miramos con miedo pero no respondimos. Entendí claramente lo que decían sus ojos: “O por las buenas, o por las malas” y me parece que escogió la segunda opción. Descargó la cimitarra con todas sus fuerzas sobre el HB-15, acabando con cualquier esperanza que Toni hubiera albergado de salvar a Javier Bellver. Un ruido sordo gimió dentro del chisme pero, para mi asombro, que no era poco, el HB-15 no se partió en dos. Ni tan siquiera se abrió un poquito, ni una obertura por donde pudiera verse algo rojo y latiendo. Lo único que sucedió fue que el HB-15 empezó a emitir un suave bep bep acompasado y una lucecita de color rojo e intermitente se desprendía de algún punto de la superficie.
Toni me miró de reojo y susurró:
- Sólo nos quedan ocho horas.
Rota la posibilidad de que llegáramos a tiempo y con el corazón en condiciones a Barcelona, Toni ya había tomado una decisión.
*- * - * - *
jueves, 18 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Alea jacta est. Supongo que el próximo serà más largo si ha de incluir una operación cardíaca a corazón abierto......
ResponderEliminarEra corto questa separazione.
ResponderEliminarE cebollazo di speranza non è nella regione jodido il cuore. E noi guardiamo agli altri sviluppi.
E lui i saluti caldi da Roma Bawlo.
Domenico Salvatore