Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 012

La historia era muy interesante pero no entendíamos para qué nos la explicaba aquel hombre, ni sabíamos como Lajla podría ayudarnos, dado que hacía siglos que estaba muerta. Tras la interrupción del relato, Talil nos ofreció algo para comer; algo, era la única descripción que le pude dar al menjunje, pero estábamos tan muertos de hambre que no dejamos ni las migas.

Acabando tan frugal banquete, apareció el señor Tuareg, con turbante y velo cubriéndole gran parte de la cara, y con su cimitarra pendiendo a un lado. Era un hombre muy alto y robusto y su mirada desafiante de ojos pequeños era, sin embargo, caliente. Supongo que si le hubiese visto la cara al descubierto y la forma de sus cabellos, podría haberme hecho otra idea, pero hasta el momento, me parecía temible. Comenzó un nuevo intercambio de los exabruptos que formaban aquella extraña lengua y, sin tener ni idea de lo que decían, interpreté que el nombre del señor Tuareg era Kamal. Parecía nervioso y apremiante con Talil, pero no podía entender nada de lo que hablaban. Talil se dirigió a mi, con semblante muy serio y me dijo que teníamos que acompañarlos al hospital del poblado. Cuando se lo comenté a Toni no pudo evitar poner los ojos en blanco. “¡Lo que faltaba!”, debió pensar. Deduje que si mi amigo era médico y ellos lo sabían, porque se lo había dicho yo anteriormente, querrían que les prestásemos ayuda.

Nos internamos los cuatro de nuevo por el poblado. No podía imaginarme lo imbricadas y laberínticas que eran sus calles y descubrí, con temor, que era más grande de lo que habíamos sospechado en un inicio. Calculé que no era imposible perderse entre aquellos callejones si uno no sabía orientarse. Después de una marcha plagada de encuentros con los habitantes, que nos miraban con inusitada curiosidad, bajo un sol de justicia y sudando por todas las costuras, llegamos a una plaza de pequeño tamaño de la cual ascendían dos palmeras gigantescas, muy verdes –la vegetación en el desierto suele amarronarse- y perfectas en su forma. Bellísimas. Sencillamente elegantes, para el lugar donde se hallaban. Una de ellas plasmaba su formidable sombra en la plazoleta, donde unos hombres de avanzada edad departían sentados en unos pilones arcillosos. Al fondo de la plaza, se alzaba un edificio de una sola planta, con la entrada al frente, alargado y con pequeños ventanucos arañados a sus paredes, bien acabados pero sin ningún elemento que los pudiera definir como ventanas. Las paredes de piedra auguraban una temperatura fresca en su interior y la segunda palmera se encargaba de guarecer el edificio de los brutales rayos del sol. “El hospital”, me dijo Talil. También me dijo que lo llamaban “Las Palmeras”, nombre que encontré apropiado, al contrario que muchos de los nombres con que bautizan algunos hospitales. Toni iba observando, en su perenne estado de desconfianza, todo a su alrededor. Ya no sujetaba el HB-15 que, supuse, debía estar en el interior de la mochila que portaba a su espalda.

Adentrarnos en “Las Palmeras” me convenció de que la temperatura allá dentro descendía seis o siete grados; aún así imperaba un bochorno sofocador y las ronchas de sudor inundaban mi camisa en los sobacos y en el pecho. La construcción era sencilla basándose en un pasillo central y cámaras –por no decir cuevas- a ambos lados que hacían de habitaciones, con pacientes que, intuí, parecían moribundos en muchos casos. Personal que, desconocía si era médico, pero no me lo parecía, atendían a los pacientes con simples remedios: toallas –o mejor, harapientos trapos- húmedas en la frente, vasijas con agua... A medida que avanzábamos, en las cámaras parecía que había algo más de especialización, pero no sé por qué; dos personas hablando en una con uno de ellos sentado en una mesa, en una cámara; alguien intentando reconocer a alguien en otra... Si había algún tipo de personal médico era desconocido por mí, dado que nadie llevaba un uniforme distintivo. Claro, que lo más lógico era pensar que no había personal médico de ninguna clase. A medida que nos adentrábamos en aquellas siniestras instalaciones, la falta de luz daba un toque tétrico a la situación, ayudado por un hedor cada vez más insoportable y que no pude identificar. Al final, el pasillo acababa con una pared; a la derecha había una estancia que parecía más grande que las que habíamos visto antes, y a la derecha había otra con la puerta cerrada y un letrero en árabe que no pude traducir.

Kamal, la persona a la que le supuse el nombre, se introdujo en la habitación de la derecha y nos hizo pasar a todos. Aparte de más amplia, estaba más aireada. Al fondo un catre con alguien postrado y dos mujeres que le atendían con los remedios más básicos con los que a alguien se le puede atender. A la entrada de Kamal, se esfumaron entre susurros.

Toni se adelantó a todos y se situó al lado izquierdo de la cama. Sin tocar al paciente pero sin dejar de observarlo en la distancia emitió un breve y rudo comentario, más un grito que una pregunta:

- ¿Qué le pasa?

Me dirigí a mi amigo Talil para trasladarle la pregunta y me dijo que padecía desde hacía tiempo un dolor abdominal que le subía hasta el hombro y brazo izquierdo. Que estaba siempre muy cansado. Que a veces le costaba respirar. Que notaba como, en muchas ocasiones, el corazón se le desbocaba.

- Y, ¿qué le han diagnosticado? –exhaló Toni como un requerimiento más que como una consulta

El anciano se encogió de hombros. Dijo que, normalmente, todos los habitantes que padecían esos síntomas, acababan muriendo al poco, si no fulminantemente en ocasiones.

- ¿Dónde te duele? –le preguntó Toni al chico aún sabiendo que no le entendería y que le traduciríamos.

El joven hizo una explicación basada también en gestos que indicaba que el dolor comenzaba bajo el esternón y acababa de manera sorda a la altura del cuello. Luego, le quedaban dolores por el costado y brazo izquierdo.

- Vamos a ver. Necesito un electrocardiograma, como mínimo. Luego valdría la pena ver las radios y ecos que le hayan podido realizar.

Talil se volvió a encoger de hombros. No había nada de todo eso allí. Dijo que aquello no era Europa, sino el fin del mundo y que Alá guiaba el destino de todos ellos. Pero, indicó, lo más importante era salvar a aquel hombre, por encima de todo. Toni devolvió una mirada al entorno y comprendió que allí no había medios de ninguna clase. Suspiró tres veces seguidas en señal de impotencia. Entonces se acercó al enfermo, dejó su mochila a los pies de la cama y extrajo un fonendoscopio, con el que le practicó un sencillo reconocimiento.

- ¿Infarto? ¿Angina? –inquirí para saber lo que pasaba por su cabeza.
- No sé. Lo que oigo no me gusta nada. Ni la charanga del pueblo... ¿Fuma? –la respuesta de Talil fue negativa con la cabeza.
- ¿Qué ves? –pregunté al punto que me estaba impacientando.
- No sé, podría ser un infarto, pero no conozco estos síntomas –Revolvió de nuevo en su mochila y sacó un instrumento que desconocía -. Esto es un artilugio que por medio de un sensor puede detectar estrecheces arteriales. Ni mucho menos es infalible pero si tiene un trombo gordo lo veremos. Ahora bien, si las tiene, este hombre debería ir corriendo a un hospital de verdad.

Mientras Toni indagaba con aquel cacharrito la mar de mono, traduje a los asistentes. Negaron que el chico pudiese trasladarse a ningún sitio. Imposible. Tenía que ser curado allí mismo. Esperé a que Toni acabara su exploración, tras lo que comentó:

- No parece un problema de arterias -. Dicho esto se volvió y prosiguió su exploración por diferentes zonas del pecho. El joven le observaba con una mirada temerosa. Vamos, la que tenemos cuando un médico hurga por nuestro cuerpo.

Talil y Kamal se me acercaron y me hicieron a un lado y me rodearon para hablar conmigo, como si no quisieran que Toni nos oyera. Ilusos, él no podría entendernos porque desconocía el árabe.

Talil me dijo que Kamal era el señor Tuareg en funciones. Que realmente no era el señor Tuareg. El último señor Tuareg había muerto hacía meses, al parecer, de algo parecido al joven. Ese joven era su hijo, hijo del señor Tuareg y, por tanto, como descendiente, futuro señor Tuareg, cuando cumpliera los veintiún años. Por ello Kamal asumía estas funciones ahora, como representante de la guardia especial del señor Tuareg. Talil se encargaba de la educación del joven así como de su salud. Él también era médico aunque un médico en aquel poblado careciera de titulación. Por eso al descubrir que Toni era médico español, se les abrió el cielo. Dijo que Alá nos había enviado allí, pero yo creía que quien nos había enviado era un tornado y las inclemencias del tiempo y que si no fuera por esta funesta coincidencia, ahora estaríamos en Barcelona.

Toni se volvió hacia mí con semblante muy serio. Habló como si los otros no estuvieran aunque bien es cierto que no lo entenderían.

- Le queda poco tiempo. Es cuestión de días o de un par de meses –dijo sin dejar de mirarme.
- Pero, ¿qué es?
- No puedo asegurarlo pero creo que padece una malformación en un ventrículo. De ser así, el corazón se le irá desgastando irremediablemente hasta que se le pare del todo –no pude evitar echar una rápida ojeada a los Tuareg -. Necesita un corazón nuevo urgentemente.
- Entonces estamos de suerte –argüí en tono triunfal-. Nosotros llevamos uno en el HB-15 y en buenas condiciones...
- No puede ser –contestó él muy serio y desviando la mirada al suelo-. El corazón es para un niño de Barcelona. De eso, ni hablar. Y sobre todo, no les digas que lo llevamos encima porque nos crearíamos más problemas.

Nos quedamos en silencio un rato. Yo le había ocultado que ya lo sabían y no podía demorar durante más tiempo el secreto aunque traté una estratagema:

- Pero el tal Javier Bellver puede tener otras oportunidades. Alguien puede palmar en la carretera, no sé, un motorista. Seguro que tiene solución... Seguro que le encuentran otro corazón.
- No –contestó él tajantemente-, este es para él, para Javier. Y yo tengo que llevárselo a él. Nos están esperando en Barcelona y no hay más tiempo que perder.

Era testarudo como nadie y sabía que yo no podría hacer nada por descubrir mi propio error, porque no le convencería ni aunque aquel joven fuera el único paciente del mundo. Pero insistí:

- Quizá Javier haya muerto ya...
- Eso no lo sabemos, y como no lo sabemos, tenemos una misión que cumplir.
- Toni, existe un problema... Los Tuareg lo saben. Yo se lo dije antes a Talil...

Toni cambió de semblante, que le cambió al blanco y apretó los labios intentando decir algo que no le salía. Era la expresión de rabia contenida que tanto intentaba evitar.

- Ni hablar, ¿oyes? Ni hablar. No voy a cederle el corazón a este tipo. ¿Estás loco? Nunca haría algo así.
- Pero, ¿por qué no? No eres tú quien debe decidir. Aquí hay alguien que te necesita y por un casual nosotros hemos aparecido por este lugar con un corazón vivo bajo el brazo. ¿No te parece un motivo razonable?
- Seguramente debiste golpearte la cabeza.
- Toni, que no es eso, que no es eso. Quizá la única oportunidad que tengamos de salir de aquí con vida sea ésta. ¿Es que no lo ves?
- Querido amigo, aunque esta sea la última oportunidad, ¿no has visto que aquí no hay material? ¿Que no hay personal especializado? Aquí no hay anestesia, ni anestesistas, ni material de ninguna clase. Y mucho menos medicamentos. Abrir un tío aquí es una muerte segura, ¿entiendes? Y si se nos muere, ya te aseguro que tampoco saldremos vivos de aquí. ¿Has visto la espada que gasta Kamal?

Los dos Tuareg nos observaban entre asombrados y divertidos. Ver como dos extranjeros discutían entre sí les hacía gracia, porque parecía que no entendían de qué hablábamos. Pero, ¡vaya si lo entendían! Talil me dijo si podíamos utilizar el corazón que llevábamos en la mochila y, ante mi mirada de asombro, le contesté que lo estábamos discutiendo. A gritos, eso sí. Le dije que esperara, que Toni y yo debíamos acabar de aclarar las posibilidades. Que era difícil, sí. Muy difícil. “¿La operación?”, inquirió el viejo. “No, convencer a este cabezota”, le contesté.

*- * - * - *

2 comentarios:

  1. Esto va complicándose por momentos..... Seguiré atenta los acontecimientos.....

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  2. من أقاصي الصحراء لا تزال حريصة على سماع نهاية هذه قصة مؤثرة.

    وهو ابن عم السيد كمال
    من الكثبان 3rd بعد نخيل جوز الهند.

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