Un latido para la eternidad

Publiqué este cuento durante el mes de febrero de 2010, con la intención de trocearlo por capítulos, como si se tratara de una telenovela.

Por tanto, os recomiendo que utilicéis los Enlaces Rápidos arriba en esta página para ir capítulo por capítulo, no sea que leáis antes el final y se pierda la gracia.

Anunciaros que la segunda parte de "Un latido para la eternidad" está entre bastidores, hay un guión pero multitud de detalles por concretar. Si tienes alguna idea que aportar, será bienvenida, la discutiremos y miraremos de ubicarla.

Os confieso que esta primera experiencia de publicar por capítulos ha sido muy interesante, y batimos el récord de visitas el día que se publicó el último capítulo.

Os agradezco a todos los que os habéis detenido en algún momento en este blog, fruto de la curiosidad o con la intención de leerlo todo. Sin llegar a promocionar el blog, ha venido bastante gente. Os animo a que corráis la voz para hacer más popular este blog.

martes, 16 de febrero de 2010

Un latido para la eternidad - 011

Aunque los pueblos extranjeros datan la aparición de los Tuareg hace unos mil años, las costumbres de nuestra raza son anteriores, de cientos de años antes. La ganadería, la agricultura –cuando el Magreb era fértil –y el comercio garantizaron nuestra subsistencia en un medio tan hostil como el desierto y eran un modo de vida hace unos dos mil años.

Es cierto que el pillaje también ha sido un modo de vida, pero el de unas minorías, y siempre por subsistir. El pueblo Tuareg también se habituó a combatir: numerosos pueblos árabes y, más tarde, europeos, invadieron nuestras tierras, nuestras posesiones y, por no acceder al yugo extranjero, comenzamos a dedicarnos a la trashumancia y aprendimos a dinamizarnos en el desierto. Todo esto llevó a que, después de muchas idas y venidas, nuestro pueblo decidiera construir una ciudad cerca de Tombuctú, para paliar las constantes invasiones que sufrimos en ésta última. Tombuctú había sido rescatada en numerosas ocasiones de las manos del Islam, y vuelta a perder otras tantas. La nueva ciudad se construyó en un alto y se benefició de las barreras naturales para fortalecer sus defensas, como el Níger a su paso por el valle de Ken Aler. Diríase que esta ciudad, llamada Ibn Ajer, no podía ser invadida nunca, y los señores Tuareg dejaron Tombuctú abandonada a su suerte. Como la historia demostró más tarde, Tombuctú entró en decadencia y hoy es una ciudad que intenta renacer de sus cenizas.

El señor Tuareg de aquel entonces, líder de la facción Tuareg que habitaba Ibn Ajer, era un jefe apreciado, estimando por sus súbditos, desde los señores hasta los lacayos, desde las mujeres hasta los niños, desde los lugartenientes hasta los esclavos. Él era el Señor Tuareg.

Los intentos del Islam por alcanzar Ibn Ajer fueron vanos y siempre desbaratados con eficacia y superioridad, y con la seguridad del entorno natural. Disfrutaron de muchos años de paz y crecimiento demográfico. Durante este tiempo, el señor Tuareg tuvo varios hijos, pero hay que destacar la influencia que ejerció en nuestro pueblo Lajla Abdillah, la única mujer de entre sus descendientes, famosa por su valentía y liderazgo, y por su fortaleza, característica habitual de la mujer Tuareg. Lajla contribuyó en numerosas batallas como un hombre más y se le atribuyó una capacidad estratégica fuera de lo común, hasta el punto que en muchas ocasiones ayudó a su padre a planificar guerras, despliegues de soldados y vías de suministro para los combatientes. Como su padre, ella era una líder natural.

Lo cierto es que los paraísos terrenales nunca son eternos y Ibn Ajer se convirtió en un modelo de ciudad moderna para aquella época, pero también en objeto del deseo de numerosos pueblos rivales. Ya no se trataba de buscar una única nación pan árabe, justificación para muchas batallas, sino que Ibn Ajer era un desafío para cualquier ejército sediento de sangre.

Una mañana, la guardia de Ibn Ajer oteó una columna de hombres cabalgando en dirección a la ciudad, armados y con extraños artilugios para la época, que consistían en sofisticadas torres de asalto. La cuestión no era tanto las torres, temibles ya de por sí, sino el número de efectivos, que se calculó que era de diez mil hombres. Teniendo en cuenta que en Ibn Ajer, ciudad considerada grande, habitarían alrededor de mil quinientas personas, y que no todas eran guerreras, la desventaja era evidente. Se presumía un ejército temible que había sido formado durante todos esos años de paz, con el objetivo último de tomar nuestra querida ciudad.

El consejo real se reunió para debatir las opciones que le quedaban a la ciudad, con el señor Tuareg y sus hijos. Lajla estaba preparada para entrar en combate y dar su vida, si era necesario, por la gente de su pueblo. El señor Tuareg estaba de acuerdo que su familia y, él por delante, darían la vida en combate, pero espetó a Lajla a que no interviniera. Ella, en pleno fervor que otorga la juventud, no entendió lo que pretendía su padre. “Partirás lejos de aquí antes de que la batalla comience y te encomiendo la misión más difícil para la que nadie en Ibn Ajer está preparado: superarás ríos y montañas, tormentas del desierto y la sed; evitarás caer en manos de un jefe que te incluya en su harén; evitarás que nadie te convierta en esclava; evitarás enfermar. El objetivo último es que crees una nueva Ibn Ajer mucho más al norte, desde la nada y convierte a tus futuros hijos en los nuevos señores de nuestro pueblo. Sólo tú puedes conseguirlo”. Lajla empezó a sollozar por lo que significaba aquella misión. Su padre había comprendido que la batalla estaba perdida antes de empezar y que todos, en Ibn Ajer, morirían, luchando, eso sí, pero morirían. Lajla se fundió en un abrazo con su padre y sus hermanos y se despidió, con lágrimas en los ojos.

Para llevar a cabo su misión, se disfrazó de hombre, cogió su caballo y huyó por uno de los saledizos posteriores de la fortificación. Llevaba provisiones y agua y defendería su vida con la cimitarra que le entregó su padre cuando cumplió los catorce años. Procuró no mirar atrás mientras cabalgaba a toda velocidad para alejarse de Ibn Ajer, lo más rápidamente que pudo, con lágrimas aún en los ojos, dirigiéndose al norte.

Lajla sabía orientarse en el desierto tanto de día como de noche. Las frías noches del desierto sólo le servían para reposar mínimamente: debía aprovechar que las estrellas le indicaban el camino y, si era necesario, rectificar el rumbo. Su periplo estuvo lleno de dificultades que fue superando sin más. Comió escorpiones, bebió en algún oasis, mató a algún hombre que le quiso robar, robó cuando fue necesario para seguir con vida... Pasaron los meses y por increíble que pareciera, no sucumbió a la dureza del desierto.

La cuestión es que una noche Lajla descubrió, sin ser vista, un grupo de nómadas comerciantes que se dirigían también al norte. Parece ser que uno de ellos sufrió la picada de un escorpión o una serpiente en una mano, lo que significaba que en cuestión de horas, moriría allí mismo sin solución de ninguna clase. Lajla se presentó ante todos como un chamán y les pidió que si querían que aquel hombre viviese, se alejaran, que después ya tendrían ocasión de ayudarle. Después de comprobar si tenía fiebre, que no tenía, entendió que era el momento preciso porque el veneno aún no se había esparcido por el cuerpo ni había llegado a órganos vitales. Levantó su cimitarra y le cortó la mano de un seco golpe. Los alaridos del hombre se debieron oír a larga distancia. Entonces se dirigió a los compañeros del enfermo y les dijo: “Ahora ya podéis ayudarle. Pero sobre todo, no le pongáis la mano en su sitio”. Perded cuidado, aquel hombre vivió durante muchos años más y, de hecho, se convirtió más adelante en uno de los asesores más importantes y con más influencia de Lajla.

Lajla fundó la ciudad en la que hoy estamos y, como podéis comprobar, no es una ciudad fortificada ni segura y una invasión podría venir por cualquier flanco. Pero también es cierto que durante su reinado, nuestro pueblo no fue invadido ni una sola vez. El temor que inspiraba Lajla a sus adversarios era manifiesto, y se hizo respetar por su gente y por la gente más allá de la frontera. La dureza del desierto hizo mella en su persona y se convirtió en alguien con un sentido fino de la justicia, pero implacable para impartirla. Si había de cortar una cabeza, la cortaba; aún así, disfrutaba del mismo aprecio que en Ibn Ajer le tenían a su padre.

Cabe decir que Ibn Ajer fue arrasada después de varias semanas de asedio. Todos sus habitantes murieron y no quedó ni una casa en pie. Después de derruir todos los edificios, los soldados enemigos arrojaron toneladas de sal sobre el territorio que antes había sido Ibn Ajer. Hoy, no podríamos ubicar exactamente sus restos porque no quedó nada. Y Lajla fue objeto de una búsqueda muy atroz, pero nunca dedujeron sus enemigos que se había ido tan al norte...

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3 comentarios:

  1. Nobel interessanten Vorschlag dieses Schriftstellers, folgte ihm eng.

    Jhones Bros.
    Magazin Summen

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  2. Ostras! Un comentario alemán! Estas traspasando fronteras...!!!! Interesante la cultura tuareg. Buscaré un libro sobre el tema que leí en mi juventud.... me ha picado la curiosidad....

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