Respiré hondo varias veces para templarme. Encendí el GPS para ver si me daba algún dato del relieve o del litoral. Aunque tenía una conexión con el altímetro dudaba de que me diera la altitud y mi esperanza se diluyó cuando también indicaba cero. Esperé los segundos de rigor para que redibujase el mapa, pero no lo dibujaba. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Estaríamos encima del mar y por eso no dibujaba nada en pantalla? Eso sería terrible. Lo apagué y lo volví a encender, pero nada, seguía en blanco. Intenté conmutar el tipo de navegación, pero nada. Era un cacharro inútil.
El rumbo seguía siendo cero nueve dos y eso se mantenía. Pensé si con todas las sacudidas recibidas, los instrumentos se podrían haber alterado o, incluso, estropeado. Si era así, pues vaya mierda. Mas no tuve más tiempo para pensar porque a mi izquierda me pareció sentir un fuerte resplandor que no alcancé a reconocer.
- ¿Qué ha sido eso? –pregunté espantado.
- Un rayo, creo.
Estaba en un tris de cuestionárselo cuando los relámpagos se empezaron a suceder a izquierda y derecha iluminando los alrededores de la Cessna como si fuera de día. La cosa era preocupante porque si nos alcanzaba un rayo nos íbamos a freír gárgaras de inmediato.
El avión se balanceó como consecuencia de un fuerte viento que volvía a hacer acto de presencia. Aquello tomaba un feo cariz. Con aquella tormenta eléctrica y con un par de instrumentos fallando lo íbamos a pasar mal, muy mal. Goterones de lluvia impactaban contra los cristales y se desplazaban por ellos en infinitas direcciones. Sin saber a ciencia cierta qué hacer, me armé de valor –porque, la verdad, me moría de vergüenza de hacerlo- y activé el conmutador de la radio, a la espera de ser oído por alguien.
- GR-2122, estamos metidos en una tormenta eléctrica y algunos instrumentos no funcionan, ¿me reciben? Cambio.
Zumbido acompañado de leves gorgoteos que no sabía si eran de alguien contestando o de simples espacios eléctricos. Volví a intentarlo un par de veces más, sin respuesta.
- ¿Hay alguien ahí que me oiga? –insistí-. S. O. S., S. O. S. Estamos sobrevolando el sudeste andaluz y estamos de lleno en una tormenta. Fallan instrumentos y necesito una guía. Por favor, que alguien conteste –imploré.
Más gorgoteos eléctricos inundaron la cabina, por lo que decidí bajar el volumen y concentrarme en los mandos. Aquello se agitaba más que un tapón de corcho mecido por las olas y era necesario poner toda la atención y mantener la firmeza en los mandos para seguir estable, cosa, por otro lado, casi imposible. Debía decidir rápido; sin altímetro ni GPS –y dudaba que el indicador de rumbo también estuviera en sus cabales- me encontraba en la situación de no saber, primero, a qué altitud estaba. Según las informaciones del plan de vuelo, había dos capas nubosas y, aunque tormentosas, se ajustaba más a la realidad, y a cinco mil pies podía encontrar un recodo de calma. Pero en verdad desconocía si había superado o no esa cota. Era posible porque un espacio de calma sí que habíamos pasado pero no sabría decir si era hacia los cinco mil pies, antes o después. Quizá habíamos superado esa altitud y estábamos en la tormenta superior, pero no tenía pruebas y ahora el esfuerzo lo había concentrado en el indicador de velocidad vertical, para no subir ni bajar. La tesitura, sin embargo, como decía, era la de salir de allí, sin saber la altitud ni la posición en el mapa, por lo que la decisión tenía pocas opciones, en concreto, dos: o subíamos o bajábamos. Subir significaba que someteríamos a la Cessna a un sobreesfuerzo estructural y de motor que podía ocasionar entrar en pérdida, efecto por el cual el avión, sin suficiente fuerza para ascender más, baja las revoluciones y pierde fuerza hasta, incluso, planear. Es decir, caeríamos en picado. La segunda alternativa era descender poco a poco hasta encontrar un lugar más tranquilo entre las tormentas, con el riesgo de toparnos con tierra –o el Mediterráneo- antes de lo previsto.
Mi instinto, el que siempre me había dado buenos resultados, al margen de lo que digan los manuales de procedimientos para los casos de emergencia, me indicó que lo mejor era subir a una velocidad constante y sin demasiado desnivel. Siempre estaríamos en disposición de cambiar de idea si lo que había allí arriba no nos gustaba. En cualquier caso, opté por no comentar nada sobre mi decisión y las consecuencias, no fuese que Toni se espantara. Prefería que luchase por no echar la primera papilla.
El ascenso, leve pero constante, prosiguió con las mismas dificultades: fuerte viento lateral que amenazaba con darle la vuelta al avión, ráfagas frontales de viento y lluvia y relámpagos constantes alrededor de nosotros. Parecía una fiesta de discoteca, la verdad. Yo sudaba a mares porque controlar la Cessna en aquella situación requería un esfuerzo físico importante y mucha atención. Por dos veces esquivé sendos rayos dirigidos a nuestras alas aunque, a ciencia cierta, no sé si nos salvamos por mis maniobras o por Santísima Trinidad.
Nunca había pilotado en aquellas condiciones y sé que me iba a curtir para el futuro, pero debo reconocer que la decisión que tomé de ascender para evitar la tormenta fue la más desacertada de mi vida. Encontramos un viento huracanado y enfurecido sacudiendo el avión, por el que temí que se partiera en dos y saliéramos volando con nuestros asientos enganchados al culo.
- ¡Agárrate! –le grité a Toni como pude cuando me vi vencido por las inclemencias. Pude observar el terror en su cara con los ojos hundidos y asustados y aún así, protegiendo el HB-15 entre sus brazos, mientras palpitaba con sus luces de neón y reflejos plateados. Aquel cacharro estaba vivo.
El motor tosió un par de veces como si se parase por falta de combustible y, de hecho, se paró y el avión perdió fuerza en su ascenso, de tal manera que irremediablemente empezó a descender. Dediqué grandes esfuerzos a intentar purgar el motor que, seguramente, se había anegado de combustible, dándole manotazos nerviosos y espasmódicos al control de acelerador. El morro de la Cessna cambió de orientación y apuntó hacia abajo, dado que sin fuerza en el motor y con fuerte viento de cola, difícilmente íbamos a poder planear. Era imprescindible arrancar el motor de nuevo.
Creo que no hay ninguna sensación más espantosa que iniciar una caída libre, en barrena, viendo que te vas a dar la gran hostia y que, aún así, debes trabajar afanosamente para evitar dártela. Porque, además, la sensación de vértigo te vence y es muy fácil perder, en última instancia, el conocimiento, aparte de haber perdido previamente los nervios. Teníamos que volver al maldito juego de las prioridades y... A ver, primero de todo, arrancar el motor. Segundo. Coger suficiente fuerza, entre la de la caída y la del motor como para vencer las fuertes ráfagas. Tercero y último. Quizá allá abajo había tormenta, pero teníamos que llegar en condiciones como para intentar un aterrizaje de emergencia –si no nos topábamos con el mar, claro- dado que en aquellas condiciones, era imposible volar. No pude evitar recordar que Granada Torre nos había permitido salir a nosotros y al 747 y que seguramente los ingleses tenían un vuelo más confortable dadas las características de su aeronave. Confiaba no encontrárnoslos en aquel huracán.
Difícilmente podía comprobar cómo estaba Toni, pero advertía, de reojo, que estaba aterrorizado y me preguntaba por qué razón: si bien temía por su vida o quizá temía no cumplir su misión. Suponía que era por lo segundo y, tal como se desarrollaría después la historia, será muy fácil comprobar que era así.
Sin saber a qué altitud estábamos y suponiendo que el morro del avión apuntaba al suelo, a toda velocidad, esperaba el impacto con tierra en cualquier momento, mientras atravesábamos densas columnas de nubes y constantes relámpagos amenazando impactarnos.
Dios sabrá por qué, pero el motor se puso en marcha de nuevo no sin antes escupir algo de queroseno que resbaló por la superficie de la chapa. Era cuestión de aprovechar la velocidad de bajada y poner el motor a tope.
- ¡Funciona, funciona! –clamé incontroladamente. El avión tomó más y más velocidad, aún manteniendo la dirección –supuestamente- hacia el suelo y el fuselaje empezó a vibrar, a temblar y hasta sacudir vigorosos azotes. Temí de nuevo que se partiera en dos.
La sensación de haber vencido el miedo aún sin dominar la situación me provocó una falsa sensación de euforia y proferí los gritos que, con casi absoluta seguridad, proferían los camicaces antes de impactar en su objetivo. Dudé sobre si había perdido la cordura y a fe que Toni también lo dudó, porque no hizo ningún comentario y se arrebujó aún más en su asiento.
El indicador de velocidad marcaba el tope y, si hubiera tenido más números, seguramente la flechita apuntaría a ellos. Era igual. Decidí que podía intentar estabilizar el avión y suavizar el descenso. Los mandos estaban agarrotados pero pude comprobar que poco a poco y aún a gran velocidad, la aeronave se enderezaba e intentaba un vuelo más horizontal. Empezaba a dominar la situación, seguro, y es por ello que sentí miedo por primera vez. Si ya le tenía ganado el pulso al huracán, confiaba en no estrellarme ahora y, sobre todo, no impactar en el mar. Durante los muchos años que había estado volando había decidido que, de morir en el avión, nunca en el mar. Antes, prefería un impacto en tierra, más rápido, seco, sin tiempo para ver cómo llega la muerte y sin tiempo para pasar las fotografías de tu vida en un instante.
El cielo palideció por momentos y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos como expulsados de la tormenta, que dejábamos atrás a gran velocidad. Lo primero que vimos fue una playa de arena fina y una gran superficie desértica a continuación. Íbamos paralelos al litoral y tierra adentro nos quedaba a la derecha por lo que hice mis cálculos rápidamente: costa almeriense en dirección sur. Eso explicaría que tierra adentro nos quedase a la derecha. Joder, habíamos dado más vueltas que en un turmix.
Era cuestión de divisar un sitio más o menos llano para aterrizar. La playa húmeda, no. Las dunas, peor. Teníamos que encontrar algo mejor.
- Toni, Toni, eso que hay un poco más adelante, ¿es un camino? –pregunté intentando agudizar la vista.
- Me parece que sí. Es un camino que separa la playa del desierto. ¿Dónde coño estamos?
- Me imagino que en Almería, o quizá Murcia, pero debemos ir en dirección sur –contesté con absoluta credibilidad, dominando la situación aún sin saber dónde demonios estábamos-. Voy a intentar tomar tierra en ese camino. Parece bastante recto. Pero como vamos a mucha velocidad voy a aminorar y luego viraremos para aterrizar en dirección contraria a la que vamos ahora. Así que prepárate y agárrate bien.
El camino desapareció por debajo de nosotros y seguimos avanzando mientras disminuía la velocidad de la Cessna. A la velocidad apropiada viré ciento ochenta grados y busqué de nuevo el caminito, que parecía suficientemente ancho y recto. Recé dieciocho Padre Nuestros para no toparnos con ningún bache o pedrusco; eso daría al traste con nuestro objetivo de salir ilesos, después de lo que ya habíamos pasado.
Tomamos el camino con suavidad y no pareció, en un principio, que hubiera ninguna amenaza a la vista que interrumpiera tan simple aterrizaje, pero la había, sin duda, en forma de badén pronunciado y corto. El tren de aterrizaje topó con él y un estruendo metálico inundó la cabina. Perdimos y control y... No recuerdo nada más. En el último instante antes de perder el conocimiento me pareció que estábamos más solos que la una, que no había atisbos de población cercana y supuse que si no moríamos del impacto, lo haríamos por el calor, los escorpiones o los buitres. Luego, todo se volvió negro y ya no hice ningún esfuerzo por pensar.
jueves, 11 de febrero de 2010
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Pues no, no hemos llegado a Barcelona todavía.... habrá que esperar...... uuufffff!
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