Acababa de hacer una completa limpieza a fondo de mi Cessna Skyline que, gracias a Dios, estaba en el hangar de siempre en el García Lorca, acompañada de otras avionetas del mismo estilo. Estaba subido a una pequeña escalerilla para acabar de repasar el parabrisas y tenía planeado dejar los cristales impolutos dado que, esta vez, la lluvia que avecinaba no nos iba a pillar. Tenía apalabrado un vuelo a Bélgica para dentro de tres días y esperaba que para entonces las tormentas ya hubieran desaparecido de la zona. Mi trabajo es así. A veces me paso cinco días sin tocar la Cessna, y hay días que no sé dónde voy a acabar durmiendo. Bueno, es cierto que sí se dónde dormiré después de una jornada de transporte, porque para eso existen los planes de vuelo, pero en ocasiones aterrizaba en lugares alternativos si amenazaba mala climatología o llegaba a horas muy avanzadas de la madrugada, con lo que lo mejor era esperar a que amaneciera para reprender un vuelo o ir a buscar algún hostal para echar una cabezadita.
Pensando en todas estas cosas me sobresaltó el timbrazo del móvil que tenía en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Procuré no balancearme mucho al coger el móvil para no perder el equilibrio. Vi que era Toni. Normalmente cuando me llamaba era porque se preparaba movida. Antes de descolgar miré a través de uno de los ventanucos del hangar para comprobar el tiempo. No podía ser peor: unos oscuros y espesos nubarrones negros iban encapotando el cielo de tal manera que, en pocos minutos, debería encender alguna lámpara porque no iba a ver nada. Y estábamos a mediodía.
- Prepara la avioneta, nos vamos a Barcelona. Avisa a la torre. Calculo que estaré allí dentro de una hora más o menos. Ahora estoy yendo al hospital a recoger el encargo.
- ¿Una hora? Pero, ¿cómo pretendes salir con este tiempo?- argüí, temeroso de lo que se me venía encima: preparar el plan de vuelo, convencer a la torre para que, si la había, me diera prioridad, la tormenta, dado que no era agradable volar en esas condiciones- Sabes que podemos esperar, que gracias al aparatito que llevas tenemos un margen de tiempo...
- Sí, lo sé, amigo, el aparatito aguantará la mercancía, pero en Barcelona no se si esperarán mucho más. Una hora. Espérame en la pista- se oyó el chasquido del teléfono al colgar.
Así era, en muchas ocasiones, nuestra relación. No había posibilidad de discutir con Toni y, ni tan siquiera, hacerle ver lo improbable de sus predicciones. Es decir, en una hora, él debía llegar al hospital granadino, vestirse para quirófano, donde le entregarían el corazón del muchacho o muchacha que acababa de fallecer, alojarlo en el HB-15 aún con vida, conectarle toda serie de tubos, cables y electrodos, armar los mecanismos para que empezaran a bombear, configurar la temperatura deseada y verificar que todo estuviera con los parámetros estables. Normalmente, al HB-15, ante un corazón en buen estado, podía configurársele la temperatura dependiendo del tiempo previsto para el trasplante, con lo que se conseguía alargar el periodo de incubación, como yo lo llamaba, según el tiempo necesario para su traslado. Con todo a punto y el HB-15 herméticamente cerrado, se iluminaban unas luces exteriores de neón y la pantalla LCD iniciaba la cuenta atrás, que podía variar dependiendo del estado del corazón en cada momento. Después de todo este montaje, Toni debía trasladar el corazón al medio de transporte adecuado. Y ahí acababa su misión, aunque luego él se trasladaba junto al corazón a trasplantar como si dicha misión aún no hubiera acabado. Normalmente, Toni la acababa al hacer entrega en el centro hospitalario de destino, junto a otros médicos que le recibían en el aeropuerto o estación pertinente. Supongo que cada vez que hacía entrega y los familiares del receptor comprobaban que era él quien trasladaba la mercancía, se redimía de su fracaso profesional, cuando un adolescente murió en sus manos, años atrás.
Una hora, nada más. Yo sabía que él cumpliría su palabra, si no se dejaba los huesos por el camino. Tenía poco tiempo para preparar la salida: el plan de vuelo, los permisos de despegue, verificar niveles y parámetros de la Cessna… Ciertamente, no hacía falta que limpiara nada más; la avioneta iba a quedar hecha una porquería.
A pesar del poco tiempo, tenía la esperanza que en control aéreo me denegasen la salida temporalmente hasta que cesara la tormenta; eso me evitaría enfrentarme a Toni. Pero como todos los planetas debían estar alineados en mi contra y, ante mi incredulidad, me concedieron el permiso sin ningún tipo de problema. Debía salir a la 18:15, detrás de un 747 de British. Pilotaría de noche, como a mi me gusta, y sin llegar demasiado tarde, como también me gusta; el único problema consistiría en sobrepasar la tormenta. La climatología que me presentaron indicaba que debíamos ascender rápidamente por encima de los cinco mil pies, que era donde se preveía la capa más alta de nubes, y dirección sur durante más de cien kilómetros, lo que inevitablemente nos llevaría al mar para que, dando un pequeño rodeo, tomáramos contacto con la costa levantina. Se preveía una segunda capa de nubes hasta casi los diez mil pies, altura en la que ya no me manejaba tan bien, por lo que acepté la sugerencia de volar entre las dos capas, lo que me obligaría a realizar un vuelo por instrumentos, es decir, sin orientación visual hasta que no contactáramos de nuevo con la costa, a la altura de Alicante.
La prioridad fue el problema: no había manera de salir antes que el 747, me pusiera como me pusiera, y, si dicha aeronave sufría algún retraso, estaba obligado a salir detrás. Es decir, si algún pasajero llegaba tarde al embarque habiendo facturado equipaje, el avión no saldría si dicho pasajero no se personaba o bien si el equipaje no era evacuado cuanto antes. Los problemas terroristas del momento obligaban a dichos procedimientos. En cualquier otro aeropuerto del mundo, el avión que no está a la hora para tomar pista, pierde su turno y le deben asignar otro, pero en el García Lorca, con sus estrecheces, esto no era así.
- Venga, cariño –le había insistido a la jefa de salidas, intentando embaucarla para salir antes-, ¿es que no vas a hacer nada por los viejos amigos?
- Lo siento, hombretón –así me conocían algunas y algunos, debido a mi volumen y a mi prominente panza cervecera-, pero las normas son las normas. Y deberás esperar aunque, claro, si quieres puedes adelantar al 747 cuando maniobre para tomar pista, ya sabes, a través de los matorrales… No creo que les importe mucho –y sonrió para sí coquetamente.
- Si lo hago, ¿me considerarás tu héroe?
- Ya sabes tú que sí, quisho.
Camelarme al personal del aeropuerto era algo que repetía constantemente. Cierto es que no conseguía tales prebendas, pero al menos, me conocían bien. También lo es que nunca pedía favores si no los necesitaba. Aunque el corazón que venía en el HB-15 estaría bien custodiado durante cuatro días, no sabía si el paciente de Barcelona iba a aguantar tanto –siempre desconocía la situación del receptor- por lo que no estaba de más apremiar. Además, debería aguantar, en este caso, el chorreo de Toni, el cual esperaba que al cabo de la hora que había prometido tardar hasta su llegada al aeródromo, partiéramos inmediatamente.
sábado, 6 de febrero de 2010
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